Si hay una exposición de la que podamos decir que «tiene muchas lecturas» sin caer en ningún tópico ni exageración, esta es, sin duda Lee Miller y el surrealismo en Gran Bretaña, que se puede ver en la Fundación Miró de Barcelona.

De entrada, el nombre de Lee Miller, que ha adquirido en los últimos años la categoría de mito de la fotografía del siglo XX con el añadido de tener una biografía atractiva y de ser una mujer valiente y hipercreativa en un mundo de hombres, parece un anzuelo perfecto para explicar al público de aquí el surrealismo en Gran Bretaña, en la periferia respecto al movimiento francés. Este es el tema central de esta muestra, producida por The Hepworth Wakefield, en West Yorkshire, otra periferia respecto a la centralidad de Londres.

En esta «trama», tal como la llama la comisaria de la exposición Eleanor Clayton, Lee Miller, junto a su última pareja, Roland Penrose, artista y crítico de arte, hizo de embajadora del surrealismo internacional en la isla, después de haber ejercido de fotógrafa en París desde 1929. Es en este momento, en el que Miller trabaja en la capital francesa, acompañada en lo profesional y en lo sentimental por el fotógrafo «oficial» del surrealismo, Man Ray, cuando arranca la exposición. Si fue un ratón que le pasó entre las piernas mientras Miller estaba en el cuarto oscuro revelando, lo que provocó por azar el invento de la solarización, esto es lo de menos en esta muestra.

Una de las lecturas de la exposición es mostrar el genio creativo de Lee Miller, que aprovechó para aprender fotografía observando, mientras hacía de modelo en Estados Unidos. El azar, la autorepresentación y autocontrucción del personaje, el sentido del humor, la contradicción, el misterio e incluso la denuncia están presentes en toda la obra de Miller, sea cuando realiza fotografía artística, moda o fotoperiodismo. Cuando para ganarse la vida hace fotos de operaciones quirúrgicas en París y «roba» un pecho cortado en una mastectomía y lo coloca en un plato como si se tratase de una comida deliciosa, Miller hace surrealismo. Cuando hace posar a una modelo de trajes de baño para Vogue con un pez inflable, hace surrealismo. Cuando para documentar el trabajo sanitario durante la Segunda Guerra Mundial, muestra una enfermera rodeada de guantes esterilizados que parecen manos amenazantes, hace surrealismo. Y Miller hace surrealismo, cuando se mete en la bañera de Hitler en Munich y construye una de las imágenes fotoperiodísticas más icónicas del final de la Segunda Guerra Mundial.

Esta es también una exposición de exposiciones, que refleja el papel crucial de las exhibiciones en la construcción del discurso de la historia del arte moderno. La muestra repasa y en parte reconstruye las muestras clave del surrealismo británico, sobre todo la más amplia y conocida, la Exposición Internacional del Surrealismo en las Burlington Galleries de Londres en junio de 1936. Estuvieron presentes allí los labios de Lee Miller, que flotan en un conocido paisaje pictórico de Man Ray pero también Salvador Dalí, que estuvo a punto de asfixiarse dentro de una escafandra de buzo en una conferencia de la exposición.

Esta es también una ocasión para descubrir artistas muy poco conocidos en España, como es el caso de Eileen Agar, pintora y escultora, la sombra de la cual reflejada en una columna aparece en una conocida foto de Lee Miller; el pintor Tristam Paul Hillier, que acusa las influencias de Tanguy, De Chirico y Dalí; el también pintor John Banting; y evidentemente Roland Penrose, muy por debajo, sin embargo, del talento artístico de su esposa pero con una gran capacidad de liderazgo y análisis dentro del grupo.

Otra lectura de la muestra narra las conexiones a ambos lados del Canal de la Mancha, las amistades y afinidades electivas entre los surrealistas. Gracias a este ir y venir, Lee Miller y también por amor, la fotógrafa se acabó estableciendo en Inglaterra. Cuando Penrose la conoce en 1937, la invita a «una repentina invasión surrealista» en Cornualles, y allí Miller fotografía a Paul Eluard y Nusch, a Max Ernst y Leonora Carrington, en un ambiente de libertad. Joan Miró también fue un gran amigo de la pareja. De hecho Roland Penrose comisarió la gran retrospectiva del barcelonés en la Tate Gallery en 1964.

Y por último, esta también es una exposición para simplemente pasear entre muchas joyas artísticas como las pinturas de bosques misteriosos de Max Ernst y Leonora Carrington; las formas orgánicas de las esculturas de Henry Moore; el pequeño cuadro Grajo y excrementos de Maruja Mallo; y evidentemente por todas las obras de Lee Miller. Por cierto, ¿sois conscientes de que la palabra genio no tiene femenino?

Lee Miller y el surrealismo en Gran Bretaña puede ser visitada en la Fundació Joan Miró de Barcelona hasta el 20 de enero de 2019.