“Actuábamos por intuición, no sabíamos muy bien lo que hacíamos, sólo que estábamos cargados de intenciones artísticas”. Es lo que ha dicho siempre Antoni Llena, cuando se le pregunta por la época de la casa del Maduixer, en la que convivía y compartía experiencias artísticas con Jordi Galí, Sílvia Gubern, Ángel Jové y Albert Porta (Zush).

Corría la segunda mitad de la década de los 60 y mientras que en Europa y en América estallaban revoluciones icónicas, en Cataluña, en pleno franquismo, un grupo de artistas se apresuraban, sin ningún miedo al ridículo y amparados por el coraje de la juventud, a romper normas y traspasar disciplinas, sin importarles ni atreverse a imaginar sobre si algún día sus obras se verían en un museo. Eran poquitos, pero había un poco de todo: beatniks a la catalana, diseñadores, dibujantes y pintores impregnados de la estética pop, performers pioneros, cineastas de vanguardia…

Mari Chordà, Autoretrat embarassada, 1966-1967. Col·lecció Mari Chordà.

Esta frescura, alejada de la actitud más convencional del informalismo canónico de la época, se desprende de la exposición Liberxina. Pop y nuevos comportamientos artísticos 1966-1971, que se puede ver en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC). Y es que ha llegado la hora de poner orden en un período de la historia del arte catalán en el que hasta ahora parecía que pasaban pocas cosas. Es un período entre dos momentos bien estudiados: la pintura de corte abstracto y el arte conceptual. La prueba de que las etiquetas en arte huelen a obsoletas hoy en día es precisamente esta exposición, que pone de manifiesto la importancia de las microhistorias en los procesos creativos, como asegura Imma Prieto, que con Àlex Mitrani, ha comisariado la muestra. Es una exposición que, por su medio formato, tiene una función seminal que puede hacer de raíz para posteriores exposiciones y ensayos y que sienta las bases para la forma en que el MNAC debe afrontar patrimonialmente este periodo.

Jordi Batiste (design), Coberta del disc de Sisa L’home dibuixat, 1968.

Los momentos bisagra siempre son interesantes, aunque a primera vista parezcan un batiburrillo. Esta es la impresión que puede dar a primera vista la exposición, que ya lleva en su título toda una declaración de intenciones. Liberxina 90 -¡qué palabra más bonita!- es el título de una película de Carlos Duran -uno de los redescubrimientos de la muestra- en el que un gas que se reparte por las tuberías de la ciudad incita a la revolución. Una fantástica fotografía de Colita de 1970 muestra el joven director haciendo el signo de la victoria con los atributos de un cineasta reinante, con fragmentos de rollo de película como collar y una bobina como corona. Hay otros artistas muy poco conocidos en la exposición y que dejan ganas de más como Guillem Ramos-Poquí, Josep Iglesias del Marquet, Norman Narotzky o Mari Chordà.

Norman Narotzky, I am a Man, 1968-1969.

La muestra demuestra también lo buenos que eran también en sus inicios los artistas que hoy en día son referencia del mejor arte en Cataluña. Ejemplos son los papelitos de Llena, las fotos de soldaditos recorriendo un cuerpo femenino de Miralda, la silla de tortura de la no suficientemente reconocida Amèlia Riera, las acciones corporales de Muntadas o las increíbles obras psicodélicas con pinturas fluorescentes de Albert Porta / Zush / Evru. Estas últimas son piezas que fueron experimentadas por primera vez en la habitación negra del Maduixer, donde el artista tenía su taller, casa donde surgió la considerada la obra pionera del videoarte de España, Primera muerte.

Guillem Ramos-Poquí, Collage de la quadrícula, amb números, cotxes i els Beatles, 1965. Col·lecció Guillem Ramos-Poquí.

Muestra densa, que quizás hubiera necesitado dos o tres salas más para para una mejor digestión, la visita a Liberxina incita a la reflexión sobre cómo dentro de las situaciones más represivas y sin recursos, la creatividad es la salida para escapar de la mediocridad y la miseria moral. Una buena lección para la actualidad.

LIBERXINA, Pop y nuevos comportamientos artísticos, 1966-1971 se puede visitar en el MNAC, de Barcelona, hasta el 22 de abril de 2019.