Hay que ir a la exposición de Lluís Hortalà en el centro Tecla Sala de L’Hospitalet dispuesto a un doble juego: el del ojo, sometido a la lógica engañosa del trampantojo, y al del concepto, articulado en el sólido relato sobre la exposición de Oriol Fontdevila. Vayamos por partes.

A primera vista, los espacios de Tecla Sala comparten su silencio blanco con unas estructuras de madera que el ojo descodifica como mármol.

Vista de la exposición. Foto: © Bjørn Badetti.

Acostumbrado a las texturas rocosas del alpinismo y a los paisajes minerales de sitios emblemáticos como Montserrat, Lluís Hortalà se formó en la reconocida escuela de Bruselas, la Van der Kelen Logelain, uno de los pocos lugares del mundo donde se enseñan las técnicas tradicionales de pintura decorativa europea. Hortalà aprendió a imitar la superficie del mármol, con sus vetas y sus aguas, sus filigranas y sus tonos con nombres propios. El azul belga, el granito sueco, el amarillo siena, el blanco de Carrara… Un bagaje técnico que él ha llevado hacia el campo del arte contemporáneo. Incorporados como dispositivos materiales con efectos conceptuales, este artista de Olot nos propone un viaje al momento fundacional de la modernidad.

Foto: © Bjørn Badetti.

Una reproducción impecable y a escala real de uno de los zócalos del Museo del Prado y el de la sala 700 del Museo del Louvre, donde se expone pintura francesa del XVIII y XIX, ubicado a una cierta altura, como un horizonte, nos sitúa en el marco de un museo. Sólo se muestran los zócalos. No se expone ninguna obra, ni hay tampoco ningún relato pictórico; en este caso, la representación consiste en la misma posibilidad del museo, este espacio que nació a finales del XVIII para democratizar el arte noble y sacro, y darle autonomía.

Foto: © Bjørn Badetti.

Además del museo, el trompe-l’oeil de Hortalà nos lleva también a algunos espacios privados de este mismo momento histórico: a los salones de María Antonieta y de Jeanne Bécu, conocida como Madame Du Barry, condensados en la simbología de la chimenea. La primera, procedente del Cabinet du Billard, que la reina Antonieta se hizo construir en sus dependencias, muestra ya un gusto neoclásico. La segunda, de un rococó borbónico, proviene del Salon des Jeux del palacio de Versalles, vivienda de Jeanne Bécu, esta plebeya amante de Luís XV que ascendió a condesa. La gran habilidad técnica de Hortalà remite así a la disputa palatina de alto voltaje que hubo entre estas dos mujeres y que terminó afectando a la geopolítica europea.

Foto: © Bjørn Badetti.

En este viaje material a Versalles, Hortalà nos ofrece también otros zócalos y elementos marmóreos, ubicados como si se tratara de un desmontaje, como si el Antiguo Régimen, reducido también a trampantojo por la Revolución Francesa, se mostrara en sus elementos físicos más mínimos. Y es que, de una manera muy sutil, la exposición convoca algunos de los conceptos básicos del nuevo régimen de la mirada que supuso el nacimiento de la modernidad.

¿Cómo volver a mirar después de la modernidad?

Los mármoles pintados de Tecla Sala remiten a una línea que une el fin del Antiguo Régimen con la invención de la guillotina (así acabaron tanto María Antonieta como Jeanne Bécu), pero también con el nuevo dispositivo que supuso el museo y el paradigma que entronizó la importancia del ojo y su dominio del espacio, un régimen escópico que ha llegado hasta hoy. Todo encaja: el museo como el reino de la mirada y uno de los lugares donde el arte del pueblo se reconoce como parte de una fraternidad universal, y la guillotina, esta nueva forma de muerte igual para todos pensada para acabar con las técnicas salvajes utilizadas hasta entonces y que se aplicaban según los estamentos sociales.

Foto: © Bjørn Badetti.

Es este el yo moderno que hemos heredado, un yo que tiene derecho a una muerte igual y al que el museo enseña a mirar y a reconocerse en un imaginario compartido. Un yo que mira, un yo pensante, como lo quería Descartes, reducido por Lluís Hortalà a puro simulacro, a puro engaño de los sentidos. A pesar de su sólida apariencia, los falsos volúmenes de Hortalà nos dejan en una situación de extrema fragilidad. ¿Cómo volver a mirar después de la modernidad? Quién sabe si tendremos que repetir lo que aseguran que decía Madame Du Barry mientras la llevaban a la guillotina un 8 de diciembre de 1793: «Un momento más, un momento más».

La exposición Guillotina. Lluís Hortalà se puede visitar en el centro de arte Tecla Sala, de L’Hospitalet, hasta el 21 de julio.