Esto de comprar en subasta obras de arte con la pintura aún fresca, o con el cadáver del pintor todavía caliente, es una práctica muy reciente.

El mercado del arte contemporáneo se disparó en la década de 1980. Hasta entonces, nadie cuestionaba que un Greco o un Rembrandt valiera más que un Picasso o un Pollock. Esto cambia cuando el capital que manda es el financiero, porque no responde a la realidad física. Un selecto grupo de magnates financieros es capaz de hacer lo mismo con el petróleo o el trigo que con el arte. Y levantan y hunden valores según les interesa.

Van Gogh, Lirios, 1989.

En 1987, el magnate australiano Alan Bond compró en Sotheby ‘s NY los Lirios de Van Gogh, por 53 millones de dólares. Sotheby ‘s, para inflar precios, le había prestado la mitad de esta cantidad a Bond; al no poder devolver el préstamo, la obra terminó el Getty de L.A., por una cantidad aún desconocida pero bastante inferior. En 1989 el magnate japonés de los seguros Yasuo Goto compró los Girasoles de Van Gogh por 39 millones de dólares. Quería que lo enterraran con él, como los antiguos faraones… Los herederos se negaron.

Desde que estalló la crisis de 2008, los precios han alcanzado cifras nunca vistas. Los compradores, son siempre billonarios (con b) del sector financiero (fondos de inversión, capital privado, etc.) o gente vinculada al capitalismo de estado, como oligarcas rusos o magnates árabes.

Leonardo da Vinci, Salvator Mundi, c. 1500.

El cuadro más caro de la historia… hasta ahora. Adquirido por un consorcio en 2005, por tan sólo 10.000 $. Estaba considerado una copia, mal restaurada y sobrepintada. En 2013, el billonario ruso Dimitry Rybolovlev adquirió la obra por 127,5 millones de dólares, a través del marchante suizo Yves Bouvier. Finalmente, en 2017 se subastó en Christie’s de Nueva York, donde fue adquirido por 450 millones de dólares –más 50,3 millones de comisión–. El nuevo propietario es el príncipe heredero saudí Mohammed Bin Salman, que tiene el cuadro en su yate de lujo. Expertos en Leonardo, como Charles Hope, piensan que la obra no es de la mano del genio florentino, y que todo es fruto de una «astuta» campaña de marketing.

Willem de Kooning, Interchange, 1955.

Una venta del magnate del entretenimiento David Geffen –Asylum Records, Dreamworks, etc.– al billonario de los fondos de inversión de Chicago Kenneth Griffin, en 2015: 300 millones de dólares. En la misma operación también se vendió, por 200 millones, la pintura informalista Number 17A (1948) de Jackson Pollock. O sea, en un solo día Geffen facturó 500 millones.

Paul Gauguin, Nafea Faa Ipoipo (¿Cuándo te casarás?), 1892.

Este Gauguin, propiedad del hombre de negocios suizo Rudolf Staechelin, estuvo depositado en el Kunstmuseum de Basel durante cincuenta años. Fue adquirido, en 2014, por el estado de Qatar en una venta privada organizada por los herederos de Staechelin.

A Qatar le salió más barato adquirir este Gauguin (210 millones de dólares) que fichar a Neymar (222 millones de euros). Entre poner el dinero en arte o en futbolistas, lo tienen claro… Dicho esto, tampoco estaría mal que los grandes coleccionistas catalanes depositaran obras de este nivel en nuestros museos y que, después de gozarlas durante un montón de años, se las vendieran a quien quisieran.

Pablo Picasso, La Rêve, 1932.

¿Os ha pasado alguna vez que entráis en una tienda de souvenirs, o de platos y, sin querer, con un golpe de codo, rompéis una figurita o un vaso de vidrio? ¿Y qué hay que hacer? Pagar y pasar vergüenza. Pero los ricos son diferentes…

En 2001, el billonario de Las Vegas Steve Wynn –casinos e inmobiliarias– compró La Rêve (1932), de Picasso, al banquero de inversión austríaco Wolfgang Flotta, por unos 60 millones de dólares. En 2006, Wynn acordó vender La Rêve a Steven A. Cohen –propietario del fondo de inversión SAC Capital Advisors– por 139 millones de dólares. ¿Por qué? La postura francesa contraria la invasión de Irak (2003) motivó que Wynn se quisiera desprender de todas sus pertenencias de origen o título francés. No olvidemos que en Estados Unidos habían rebautizado las patatas fritas, que pasaron de llamarse «french fries» a «liberty fries».

Mientras Wynn estaba enseñando este retrato de la joven Marie-Thérèse Walter a unos amigos, puso el codo sobre la tela y le hizo un «siete». Después de una restauración de 90.000 dólares, la obra se revaluó en 85 millones. Winn reclamó los 54 millones de pérdidas a Lloyd’s de Londres, donde tenía la obra asegurada. El caso se resolvió y en 2013 Cohen compró la obra a Wynn por 155 millones de dólares.

¿Como se lo hace esta gente, que pase lo que pase siempre sale ganando?

Edvard Munch, El Grito, 1895.

Vendido en 2012 por el armador noruego Petter Olsen, a través de una subasta en Sotheby’s NY, al billonario de capital de inversión (private equity) estadounidense Leon Black, por 120 millones de dólares. Existen cuatro versiones, las dos pintadas al óleo han sido robadas. Ésta es al pastel.

Se trata de la única obra de arte, hasta ahora, que tiene un emoticono propio: 😱. ¿Quien tiene un emoticono de la Mona Lisa, de un reloj blando o de un cuadro cubista? Poca broma.