Cuando pensamos en religiosidad durante la Semana Santa, a muchos, la primera imagen que nos viene a la cabeza son los pasos procesionales de esculturas profusamente iluminadas, levantadas por piadosas cofradías por todo el país.

Otros piensan en las repeticiones de las archiconocidas películas clásicas de Ben-hur o Los Diez mandamientos, protagonizadas por un épico Charlton Heston. Aun así, a menudo olvidamos que, en estas fechas y durante siglos, tenían lugar, dentro de las iglesias, algunas de las más suntuosas ceremonias del calendario cristiano.

Esculturas de Josep Sunyer y de su hijo, para el Monumento de la catedral de Barcelona (1735). Foto del autor.

Entre Jueves y Viernes Santo, muchos de nuestros templos religiosos decoraban sus interiores con unas suntuosas estructuras que tenían por objeto hacer de espacio de reserva de la Eucaristía, entre la misa del Jueves Santo y su combregación al día siguiente.

Estas estructuras, llamadas “monumentos”, se caracterizaban por ser obras efímeras; es decir, estaban ideadas para ser montadas y desmontadas en pocas jornadas. Durante el tiempo de exposición, estos altares no permanentes se transformaban en singulares espacios de culto que focalizaban la plegaria de los fieles.

La palabra “monumento” proviene del latín monumentum y se podría traducir como “instrumento de la memoria o del recuerdo”. Otra de sus acepciones es la que lo define como un sepulcro de importantes proporciones. Esta dualidad ha dotado de complejo simbolismo a estas piezas litúrgicas.
Desde el punto de vista religioso, el monumento funciona como un templete que aloja y exhibe la urna, colocada en distinguido espacio de culto, donde se guardan las Formas consagradas en la misa de Jueves Santo. También se lo ha interpretado como la tumba de Cristo después de su Crucifixión.

Túmulo dentro de la catedral de Barcelona en honor a las exequias fúnebres de Carlos II (1700).

Pronto hará sesenta años de la celebración del Concilio Vaticano II (1962-1965). Uno de la multitud de temas tratados en esta asamblea, fue el asunto de la liturgia durante la Pascua que, simple y llanamente, quedó drásticamente simplificada. La mayor austeridad y la implicación de los fieles fueron algunos de los elementos abordados en el concilio.

Así, por ejemplo, se decidió suprimir una de las ceremonias católicas más teatrales, el llamado «Oficio de Tinieblas» que, el Sábado de Gloria, dejaba a oscuras el interior de las iglesias y que proseguía con un enérgico repicar de campanas, que simbolizaba la Resurrección del Señor.

Después del Concilio Vaticano II, el culto a los monumentos perdió parte de su encanto. Hoy cuesta de imaginar, pero hace siglos, los colosales monumentos que decoraban el interior de los templos eran una de las obras plásticas más esplendorosas del poder simbólico de la Iglesia y de su multitudinario éxito social. No había ermita, parroquia, basílica o catedral que no reservara un fondo de los presupuestos a levantar estas fábricas y embellecerlas con profusión de luces y teatrales montajes.

A pesar de que disponemos de documentos de algunos primitivos monumentos de época gótica, no ha sobrevivido ninguno. Durante el Renacimiento, estos acostumbraban a seguir la tipología de planta centralizada, siendo probables las interferencias del mundo de los túmulos que, en ocasiones extraordinarias, se erigían dentro de los templos con motivo de canonizaciones, beatificaciones y exequias reales.

Litografía de Villegas, de mediados de siglo XIX, del Monumento de San Lorenzo del Escorial. Foto del autor.

Tampoco se descarta la influencia del mundo de las artes decorativas y la orfebrería, sobre todo de los tabernáculos de oro y plata, así como las custodias cuidadosamente guardadas en los Tesoros de las iglesias. El monumento de San Lorenzo del Escorial fue una obra importante. Diseñado por el italiano Giovanni Flecha en 1587, estaba destinado al crucero de la iglesia de los Jerónimos en época de Felipe II, y consistía en una estructura con un zócalo de planta rectangular al cual se accedía mediante cuatro escalinatas que levantaban un primer cuerpo clásico formado por columnas dóricas, que alojaba el arca sacramental, y se coronaba por arriba con un templete de planta octogonal rematado en una cúpula y un chapitel acabado en esfera. Realizado en madera de pino con policromía y dorados, era una pieza clásica y elegante.

Monumento de la catedral de Sevilla. Fotografía anterior a los años 70.

El monumento de la catedral de Sevilla es, probablemente, una de las obras cumbre del arte del monumento. Inaugurado en 1594, diseñado por Ascensio de Maeda bajo el asesoramiento iconográfico del tratadista y pintor sevillano Francisco Pacheco, la estructura fue cogiendo altura en el siglo siguiente hasta llegar a los 25 metros (!). De tipo turriforme, utilizaba un lenguaje de órdenes clásicos y se coronaba gracilmente con una pirámide escalonada, unas columnas, un arco rebajado y una cúpula calada. La fábrica se acompañaba de veintitrés esculturas de Sumos sacerdotes, apóstoles, profetas y en la cumbre una escena del Calvario.

«es de tanta sumptuosidad, que merece título de octava maravilla del mundo».

El militar y cronista del siglo XVIII Mesía de la Cerda afirmó: «por ser tan sumptuosa obra digna de no menor alabanza, que las çelebradas de los antiguos griegos y romanos… es de tanta sumptuosidad, que merece título de octava maravilla del mundo». En fechas próximas al Concilio Vaticano II se dejó de montar, hecho que no ha dejado de suscitar polémica, puesto que hoy muchos devotos reivindican su instauración.

La estética barroca, dada a la exuberancia y la complejidad escenográfica, llevó a la construcción de monumentos más elaborados. Se continuaron levantando fábricas centralizadas, pero la búsqueda de la sorpresa para conmover al espectador hizo erigir monumentos de nave profunda o perspectiva, con montajes de bambalinas, trampantojo, telones, etc.

Monumento en perspectiva de la Seo de Zaragoza.

Obras que, acompañadas de figuras alegóricas como las Virtudes cristianas, escenas de la Pasión, atributos como los Arma Christi y una cohorte de ángeles, producían efectos impactantes. Buen ejemplo de ello es el monumento de la Seo de Zaragoza (catedral de San Salvador), entendido como una sucesión de telas con perspectivas que centraban la atención en la urna depositaria de la Eucaristía. Después del Concilio de Trento (1545-1563), la potenciación del Santo Sacramento ayudó a elevar su importancia. Realizado hacia el 1711 por el pintor Joan Zabalo, se exhibía en la capilla del Santísimo (donde todavía se monta en versión reducida).

Un ejemplo más próximo lo encontramos en el monumento de la catedral de Barcelona. Construido entre 1734-1735 por el escultor Josep Sunyer Raurell y su hijo, policromado por Agustí Viladomat y Pere Rigalt, y con la colaboración del pintor Antoni Viladomat, funcionó de manera continuada hasta 1863. La fábrica se montaba a los pies del templo, ocupando toda la nave central, y consistía en un gran arco de medio punto avanzado y descubierto, que daba acceso a un templo circular rematado por una cúpula en cuarto de esfera.

Monumento de la Mare de Déu de Tura, Olot. Foto de Albert Domènech.

A pesar de no haber conservado ni la arquitectura ni las pinturas, disponemos de un precioso dibujo (MNAC) que se usó a la manera de traza, y yo mismo descubrí en mi tesis doctoral las ocho grandes esculturas de talla, de ángeles y virtudes, conservadas hoy en el Museo de Sant Sever (lamentablemente, escondidas de la vista de los curiosos). Esta pieza influiría en el precioso monumento de la Mare de Déu de Tura (Olot), obra de Joan Carles Panyó (1803).

Colossal monumento de la Catedral de Toledo.

El monumento del monasterio de San Martín Pinario (Galicia), mostraba más de treinta imágenes; el de Santa Maria de Tui (Pontevedra) era permanente; el elegante monumento de la catedral de Cádiz, en talla y piedra, obra de Torcuato Cayón (hacia 1780) era una obra italianizante de lo más elegante… No podemos cerrar este listado sin mencionar el mayor monumento construido en España, el de la catedral de Toledo, sufragado por el cardenal Luis María de Borbón, el coste del cual se elevó a más de un millón y medio de reales.

Inaugurado en 1807 e instalado en el trascoro de la nave principal del templo, tenía una anchura de cuarenta metros y una altura próxima a los treinta y cinco. Diseñado por el arquitecto Ignacio Haan, contó con la colaboración de los escultores Mariano Salvatierra y Antonio Folch, y consistía en una larguísima escalinata que desembocaba en un tabernáculo rematado en cúpula, con la figura de la Fe y un dosel que colgaba de la vuelta del techo otorgando gran teatralidad.

Pintura al temple de un monumento indeterminado, obra de los italianos Galli Bibiena.

A la hora de diseñar de estas obras, se tenían en cuenta tratados clásicos de arquitectura de Alberti, Serlio, Vignola, Palladio… además de estampas francesas de Le Pautre o libros como Perspectiva pictorum de Andrea Pozzo, además de tratados escenográficos de la saga de los Galli Bibiena, etc.

A pesar de su condición de obras efímeras, no eran menos importantes que otras piezas permanentes. Su pervivencia, y el uso continuado durante siglos, constatan su aceptación. Prueba de ello es el listado de reconocidos artistas, nacionales e internacionales, que desde época gótica hasta el siglo XIX, trabajaron en su creación y diseño. Autores como Gian Lorenzo Bernini, Pietro da Cortona, Andrea Pozzo, Galli Bibiena; pintores góticos como Jaume Huguet, Bernat Martorell, los Credença; artistas barrocos como los Rizzi, Valdés Leal, Viladomat, Tramullas, etc.; sin olvidar a pintores, escenógrafos y arquitectos del siglo XIX y XX como Lluís Rigalt, Francesc Soler i Rovirosa, Josep Vilaseca, Enric Sagnier, etc.

(Para más información: Santiago Mercader Saavedra, Els monuments de Setmana Santa de la catedral de Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, col. Textos i estudis de la cultura catalana, Barcelona, 2015. ISBN: 978-84-9883-810-7).