Los últimos tiempos ha habido una cierta polémica a raíz del encargo de un retrato del rey de España al pintor Hernán Cortés Moreno, especialista en este tipo de tareas.

Cortés es un buen retratista, y si no una historiadora del arte tan acreditada como Lola Jiménez Blanco no habría aceptado ser comisaria de una exposición de su obra. Sin embargo, el pintor tiene el temple medido de un Vicente López, que traducía las efigies de sus retratados con pulcra nobleza, y no la chispa de Francisco de Goya, que pese a ser también pintor oficial como el otro, en sus retratos exudaba quieras que no el carácter de sus modelos, aunque a menudo ofreciera aspectos poco halagadores.

En la valoración de la pintura clásica el retrato era uno de los géneros más valorados, y es lógico ya que en él se pueda demostrar la capacidad del pintor para reflejar lo más importante de la humanidad, que es el carácter de las personas. Así lo entendían las reglas clásicas de la Academia, que situaban en lo alto de la apreciación de los géneros pictóricos precisamente aquellos que representaban personas. Y no todo el mundo es capaz de aplicar sus conocimientos técnicos para hacer un buen retrato.

Vicent Rodes, Retrato de Damià Campeny, c. 1838. Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi.

Sin ir más atrás, a partir de la Ilustración, entre nosotros podemos encontrar retratistas tan dignos como Francesc Rodríguez o como Vicent Rodes, de quien Maurici Serrahima decía que «hubo un tiempo [la primera mitad del siglo XIX] que todos los barceloneses de buen gusto se hacían retratar por Rodes «. Ambos enriquecieron la galería de intendentes de los que dependía la Junta de Comercio de Cataluña, aún hoy conservada en la Real Academia Catalana de Bellas Artes de Sant Jordi. Y este tipo de galerías -como las de rectores de la Universidad, decanos de colegios profesionales, presidentes de Sociedades de todo tipo, etc.- fueron las clientas principales de los retratistas de compromiso. En Barcelona incluso el Instituto Balmes, el único de Enseñanza Media que hubo durante muchos años en la ciudad, desde 1845, tiene una galería pictórica de directores.

De los retratistas catalanes de la generación romántica sobresale Claudi Lorenzale, pero más especialmente Pelegrí Clavé y Joaquim Espalter, que retrataron respectivamente la sociedad mexicana y la madrileña de su tiempo, con un grado de refinamiento y de agudeza dignas de grandes referentes forasteros como J. A. Dominique Ingres o Federico de Madrazo. Está claro que el que quizá tuvo más éxito fue Josep Galofre, que sin ser tan sutil como sus colegas mencionados, llegaría a pintar al papa.

Sin ir más lejos, la galería de decanos del Colegio de Abogados de Barcelona contiene muestras sobresalientes de este género, y pese a que uno de los autores que intervinieron fuera el patriarca de la pintura realista catalana, Ramon Martí i Alsina , ninguno de sus retratos allí tiene la fuerza del de Manuel Duran i Bas, obra de Antoni Caba (1893), que sin una brizna de retórica seguramente fue el mejor retratista catalán de la segunda mitad del siglo XIX.

De esta generación, a pesar de ser Martí i Alsina un pintor mucho más determinante, son más convincentes como retratistas Francisco Torras Armengol o Pere Borrell del Caso, que a pesar de no apartarse en absoluto de la convención del género suelen tener un alto grado de verdad en sus obras. Jaume Pahissa, discípulo de Martí i Alsina y mucho más conocido como paisajista, tiene media docena de retratos de médicos en la Facultad de Medicina, donde el del catedrático Carlos Siloniz sale de la norma cuando el autor lo presenta, no con muceta y medalla como la mayoría, sino enseñando, con rostro expresivo, en la mesa de disección.

La pericia de los pintores se daba por descontada, pero la objetividad plena a menudo no era bienvenida.

Especialmente significativa es la Galeria de Catalans Il·lustres, iniciada en 1871 por parte del Ayuntamiento de Barcelona, y que ahora está instalada en la sede de la Real Academia de Buenas Letras. Los autores son pintores de entre los más significativos de cada momento, pero los retratos no responden a una ejecución del natural, sino indirecta, a partir de otros documentos gráficos, ya que ninguno de aquellos personajes estaba vivo en el momento en que se decidió entronizarlo. Es el mismo problema que ocurre con la colección de retratos de personajes que hay en el Ateneu Barcelonès, hechos también post mortem; pero a pesar de ello el retrato de Josep Yxart pintado por Lluís Graner (1895), rodeado de candelabros encendidos que dan un especial contraste lumínico a la pintura, es uno de los retratos catalanes más dignos de mención de la época.

Lluís Graner, Josep Yxart, 1895. Ateneu Barcelonès.

Muchos pintores de aquella época tuvieron encargos de este tipo –Francesc Masriera, Francesc Torrescassana, Modest Teixidor, Dionís Baixeras– y algunos como el hiperrealista Cristòfol Montserrat se dedicaron a ello casi en exclusiva. Pero ese trabajo tenía sus limitaciones, y es que era muy complicado generar ese tipo de retratos sin dejarse llevar por el convencionalismo. La pericia de los pintores se daba por descontada, pero la objetividad plena muy a menudo no era bienvenida: los retratos, a parte de ir de etiqueta, debían aparecer envueltos en una aureola de dignidad que no siempre desprendían con certidumbre.

Los modernistas, por definición, se escapaban de estas servidumbres, pero a medida que pasaban los años todo un Ramon Casas, al dejar atrás rebeldías de juventud, podía retratar el empresario Charles Deering (1914, Maricel de Sitges) o al decano Juan José Permanyer (1917, ICAB) con toda la profesionalidad que él tenía, pero también con una factura que entonces ya no se distinguía nada de la de cualquier especialista pompier en ese tipo de retratos. Algunos coetáneos a veces se esforzaban en sacar una brizna de vida de las imágenes de sus retratos, como Fèlix Mestres cuando hizo la efigie de Prat de la Riba (c. 1918), a quien captó póstumamente como si le sorprendiera fortuitamente leyendo, sin que fueran demasiado evidentes los atributos de toga y medallas.

Los postmoderistas en general no se dedicaron a estas cosas, y si Isidre Nonell o Marian Pidelaserra retrataron a alguien fue a gente amiga, sin solemnidad, al igual que Joaquim Mir. Ricard Canals, en cambio, algunas veces se dejó convencer, y sus retratos cuando no eran de gente de su confianza sonaron artificiosos (Alfonso XIII, 1929, Barcelona, Capitanía General), y prácticamente tan convencionales como los retratos hechos por pintores sin sus inquietudes estéticas. Eveli Torent, autor de un extraordinario retrato del músico Enric Morera (c. 1910, Museu de la Música de Barcelona), en su madurez sabemos que ejerció de retratista solemne en Estados Unidos.

En cambio, Hermen Anglada-Camarasa, cuando personajes del gran mundo acudían atraídos por su gran fama internacional, él en lugar de adaptarse a los estilemas rígidos del género, reconvertía los encargos en exponentes aún más personales y desbordados de su estilo más característico, como cuando retrató la Condesa Sonia de Klamery (c. 1913, Madrid, MNCARS), que se convierte curiosamente una de sus obras maestras absolutas.

El valenciano Francesc de Cidón, que en Barcelona como grafista fue un modernista destacado, en cambio como pintor sería un realista de raíz harto decimonónica: la Facultad de Medicina de Barcelona posee varios retratos de médicos eminentes de su mano. Eduard Flò, José María Vidal-Quadras, Lluis Garcia Oliver o Víctor Moya fueron otros pintores que se dedicaron con creces a este género. De entre ellos sobresale Vidal-Quadras, que practicó un retratismo aristocratizante, de aire británico, que cuando quiere salir del tópico es muy atento a la atmósfera que rodea al personaje, y que no tiene muchos referentes similares en el contexto catalán. Su sobrino Alejo Vidal-Quadras, más cosmopolita pero menos refinado que su tío, retrató en directo a Grace Kelly, Maria Callas o Marilyn Monroe.

José María Vidal Quadras, Retrato de Juan-José Ferrer-Vidal Güell. Colección particular.

Los noucentistes no eran propensos a este tipo de retratismo. Cuando Torres-Garcia, Sunyer, Xavier Nogués o Francisco de A. Galí hacían retratos estaban lejos del formulismo de los retratos de encargo. Se puede decir que vivían al margen de este mercado artístico. Un novecentista particular muy valioso como era Feliu Elias, sin embargo, hizo con su peculiar estilo seco y preciso el retrato –post mortem– de Mossèn Gudiol en 1932, para la Galeria de Vigatans Il·lustres, que fue destruido poco después , durante la Guerra Civil por los «rojos», mientras el retrato imaginario que hizo de Pau Claris para la Generalitat hacia 1933, mi padre vio como los «nacionales» se lo querían cargar al entrar en la Generalitat cuando la ocupación franquista de Barcelona.