A medida que iba avanzando el siglo XX, el retrato iba quedando, al menos entre nosotros, como un género arrinconado, cuando no maldito.

Se decía que en la época de la fotografía era un anacronismo continuar retratando al óleo, y que las nuevas corrientes del arte no iban por ahí.

Salvador Dalí, Retrato de la Señora Dorothy Spreckels, 1942. Fine Arts Museums of San Francisco. Gift of Mrs. Charles A. Munn.

No se tenía en cuenta que el mismo Pablo Picasso había hecho grandes retratos cubistas de Ambroise Vollard (1909-10) o de Daniel H. Kahnweiler (1910), ni que Salvador Dalí, entre los surrealistas, no desdeñaría hacer retratos de compromiso, pero dada su enorme fama, nadie le discutía que los hiciera a su manera, como el de Dorothy Spreckels (1942, Fine Arts Museum of San Francisco), entre tantos otros, aunque en algunos de ellos surrealismo y lisonja hacia el retratado no estaban reñidos.

Antoni Tàpies, Retrato de Pere Mir Martorell, 1950. Cercle del Liceu, Barcelona.

Uno de los nuevos tótems del vanguardismo local, Antoni Tàpies, de joven hizo varios retratos casi hiperrealistas, como el de Pere Mir Martorell (1950, Barcelona, Cercle del Liceu), pero con el mismo concepto también hizo retratos de las personas de su círculo más íntimo, obras de las que acabaría renegando.

Muchos creen que todos estos pintores son equiparables y se les descalifica por “pasadistas”.

Sea como fuere, a veces se buscaban alternativas al academicismo cuando había que encargar un retrato de compromiso. En España este papel lo jugaba a menudo Álvaro Delgado, con sus figuras respetuosamente expresionistas. En Cataluña había un amplio elenco de especialistas para hacer retratos destinados a galerías de consejos de administración o de presidentes de corporaciones de todo tipo, públicas o privadas. Armand Miravalls Bové fue uno de los mejores, ya que conjugaba el oficio con la seriedad; a menudo iluminaba los fondos en diagonal. Varios rectores de la UB tienen su retrato allí pintado por él. José Bascones fue también omnipresente en esta especialidad, y un andaluz trasplantado unos años en Cataluña, Félix Revello de Toro fue quizás el que se llevó más encargos de retratos del rango más alto de la escala social, realeza incluida. Pero seguramente el mejor de todos sea Joaquim Torrents Lladó, catalán –formado junto a Nolasco Valls, como Tàpies– radicado en Mallorca, con clientela internacional de gran altura social.

Joaquim Torrents Lladó, Retrato de Trinidad Campins. Colección particular.

Muchos creen que todos estos pintores son equiparables y se les descalifica por “pasadistas”. Pero dentro del “pasadismo” hay también niveles. Una cosa es el retratismo acartonado de algunos, y otra la fluidez ágil de Torrents Lladó, muerto en la cuarentena, un nostálgico del estilo de Sargent o Boldini, sí, cuando «no tocaba», pero con una factura a menudo extraordinariamente sutil , que pocos contemporáneos suyos podía igualar.

A veces algún pintor reconocido fuera del campo del retratismo, es llamado a plasmar la imagen de algún personaje, y ocasionalmente hace de retratista de compromiso, como Julián Grau Santos cuando retrató el rector de la UB Santiago Alcobé, con un peculiar trazo vibrante y reflejos de color. Es algo muy similar a la que sucedió al dejar el Ministerio de Sanidad y Consumo Ernest Lluch, y se decidió que su retrato lo hiciera Montserrat Gudiol (1986), que no renunció a su estilo etéreo y delicado. Por internet circula la contestación del Gobierno en el Senado sobre el precio que costó aquel retrato, que fue de un millón y medio de pesetas, a través de la Sala Gaspar. Era un ejercicio que la pintora no era la primera vez que hacía, como antes los retratos del Dr. Corominas Pedemonte (1969, Acadèmia de Medicina) o del escultor Frederic Marès (1980, Acadèmia de Sant Jordi).

Montserrat Gudiol, Retrato de Ernest Lluch, 1986. Ministerio de Sanidad, Madrid.

Estos últimos tiempos a menudo se sustituyen las galerías de retratos pictóricos por fotografías. Así, por ejemplo, es la galería de rectores de la UAB. Pero en otros lugares subsiste la pintura. En el decanato de Geografía e Historia de la UB, por ejemplo, hay varios retratos hechos por Miquel Quilez Bach, pintor que también había sido decano de la misma UB, pero de la Facultad de Bellas Artes. Alguno de estos retratos rompe la costumbre inveterada de hacerlos verticales y lo hace en cambio horizontal.

Muchos más pintores, sin duda, practicaron intensamente entre nosotros este género, profesionalmente lucrativo, en el que sin embargo habitualmente ni el pintor quería explorar nada nuevo ni el cliente tampoco lo pretendía en absoluto. Habitualmente el retrato iba de oscuro, estaba sentado, se le veía de tres cuartos y miraba hacia el pintor mientras tenía entre las manos algo más o menos alusivo a su actividad profesional o más característica. Cuanto más parecido fuera el resultado a los modelos precedentes mejor para todos. Algún día tocará que este género con rasgos y limitaciones especiales sea estudiado, entre nosotros, en toda su extensión, después de haber hecho, sin embargo, el censo más completo posible. Las conclusiones seguro que podrían dar mucho de sí.