Desde que el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA) abrió sus puertas definitivamente al público en noviembre de 1995, el museo ya ha expuesto 34 presentaciones de su colección.

No se puede decir, pues, que para quien es un visitante regular del museo, su fondo, que ahora ya cuenta concretamente con 5.248 obras, no sea más o menos conocido. La fortuna crítica de la Colección MACBA, sin embargo, que se nutre de las colecciones públicas de arte de la Generalitat, el Ayuntamiento y las de la Fundación privada MACBA, ha sido víctima de la propia génesis de la institución. Parece que la imagen del contenedor blanco del edificio de Richard Meier con sólo 14 obras expuestas en el fin de semana de puertas abiertas que se organizó para presentar la arquitectura del museo a finales de abril de 1995 ha perseguido el MACBA desde entonces. Nada más lejos de la realidad.

Los cuatro directores del centro -Miquel Molins, Manuel Borja-Villel, Bartomeu Marí y ahora, Ferran Barenblit- han tenido claro que la colección debía ser la base del museo ya que durante los mandatos de todos, las presentaciones del fondo han sido regulares, aunque los criterios y la selección se hayan ido modificando a lo largo del tiempo. Los primeros años, empezando por la presentación inaugural, las exposiciones de la Colección siguieron un criterio cronológico, aunque se amplificaba el foco en aspectos concretos. La primera exposición hizo hincapié en los años 80 y la segunda en las obras más dadá y surrealistas. En la tercera muestra, en 1997, comisariada por la que ha sido la jefa de la colección desde los inicios del centro, Antònia Maria Perelló, ya se introdujo un criterio más temático y reflexionaba sobre los conceptos de la existencia y la muerte. El mismo año, en otoño, se volvió a la cronología con una presentación que ocupaba todo el museo.

Con la llegada del siguiente director, Manuel Borja-Villel, las exposiciones de la colección se fueron sucediendo con regularidad, con algunas presentaciones ciertamente ambiciosas, como la que se hizo el otoño de 2002, que ocupaba también las tres plantas del museo. Volvió a pasar algo parecido en verano de 2009, en la que Bartomeu Marí reflexionó sobre la integración de la música, la danza, el cine y el teatro en el arte contemporáneo desde los años 60. De nuevo, la Colección MACBA ocupó todo el edificio Meier. Todas estas presentaciones, sin embargo, solían estar expuestas sólo unos meses, como si fuera una exposición temporal más.

Vista de la exposición. Foto: Miquel Coll.

En cambio, ahora a nueva presentación de la Colección MACBA pretende que la palabra «permanente» sea una realidad. Por primera vez en la historia del museo, la exposición del fondo, de momento instalada en la planta primera del edificio Meier, no se montará y desmontará entera cada tres, cuatro, seis o doce meses, sino que se quedará hasta que sea necesario. Eso sí, de manera regular, se irán haciendo rotaciones puntuales que irán configurando nuevos relatos y microrrelatos de manera progresiva.

Bajo el título Un siglo breve: Colección MACBA, la muestra incluye 194 obras y 165 documentos, que se distribuyen siguiendo un recorrido lineal y bien claro para el visitante. La muestra hace un viaje temporal histórico y artístico de prácticamente un siglo, desde la fecha emblemática para la ciudad de Barcelona de 1929, cuando se inauguró la Exposición Internacional y a las puertas de la Segunda República, hasta la actualidad. Los hechos históricos, ejemplificados en el relato cronológico que el visitante encuentra escrito en las paredes del pasillo, son parte crucial del recorrido de la exposición para dejar bien claro que el artista no trabaja nunca descontextualizado de su realidad y que su trabajo está comprometido con ella, sea como reflejo, denuncia o acción directa. El arte es producto de su tiempo. Esta conexión, muy bien explicada a lo largo de todo el recorrido, es tal vez la mayor virtud de la nueva presentación.

Vista de la exposición. Foto: Miquel Coll.

Con un montaje espaciado que ayuda a la contemplación de las obras también como objetos per se, la exposición repasa once momentos significativos de este siglo breve, correspondiente más o menos cada uno a una sala. Ejemplar es el ámbito de la Guerra Civil, con la mención del arte del Pabellón de la República en la Exposición Internacional de París de 1937, la reproducción en las paredes hasta el techo de algunos de los carteles más significativos del gobierno de la República y la proyección de las películas del Sindicato Unificado de Espectáculos Públicos de la CNT. La sala siguiente, que representa la reanudación artística en los años 50, es estéticamente agradable -con las fantásticas cerámicas de Antoni Cumella (toda una sorpresa en un museo como el MACBA), los Tàpies, Dubuffet, Gego o Palazuelo- pero quizás acaba siendo la más fallida a nivel conceptual de todo el recorrido porque parece que toda aquella riqueza de los nuevos movimientos artísticos, salgan de la nada. ¿Dónde está Dau al Set para ejemplificar el vínculo con el pasado artístico de antes de la guerra? Seguramente este momento del arte catalán se introducirá en las sucesivas rotaciones parciales.

Vista de la exposición. Foto: Miquel Coll.

Elipsis similares se hacen evidentes en las salas posteriores. Por tanto, que el visitante no se espere ningún canon artístico de ningún tipo en esta presentación, hecha más a partir de momentos y temáticas específicas. Un ejemplo es la elección del tema de la especulación inmobiliaria y arquitectónica en la segunda sala de los años 60 con las obras de acción directa de Hans Haacke y Gordon Matta-Clark; o el hecho de centrarse en aspectos tan concretos como la economía marítima en la última sala de la exposición y en la instalación Hydra Decapita, de The Otholit Group en la sala de la Torre, que cierra el recorrido.

A pesar de que en ningún caso el montaje es una presentación de las obras maestras de museo, sí que en algunos momentos la presentación pone en valor piezas de mayor impacto visual y que juegan más con la experiencia del espectador. Es el caso de las obras de Miralda, de la presentación ampliada de las instalaciones de Juan Muñoz, The nature of Visual Illusion (1994-1997), y de la emotiva Reserva de suizos muertos (1991), de Christian Boltanski, que hacía demasiados años que no se exponía. Y ahora que la pintura y el personaje de Jean-Michel Basquiat están «de moda» puede resultar atractivo para el público descubrir que el MACBA tiene piezas del artista, algunas tan remarcables como su gran autorretrato. Y es que el museo tiene todavía muchas obras en la reserva que podrían llegar a construir un imaginario para el público, sin tener que rebajar el nivel intelectual ni documental de lo que se quiere contar. La hibridación entre el objeto visual y las obras que invitan a la participación del visitante, y las propuestas más documentales podría ser una fórmula que ahora que la colección tiene un espacio fijo, podría ayudar a consolidar el imaginario del MACBA.

A pesar de la calidad aceptable del despliegue expositivo, la exposición deja un cierto sabor de coitus interruptus al llegar al final del pasillo del primer piso del museo. Nunca como en esta 34ª presentación de la Colección MACBA se ha hecho tan evidente que el museo necesita más espacio. ¿Lo han hecho de manera expresa los responsables del museo ahora que el futuro sobre una futura ampliación en otros espacios vecinos como el Convento de la Misericordia parece incierto? Lo desconozco. En todo caso, la evidencia de esta necesidad marca y marcará absolutamente cada nueva presentación de la Colección MACBA que tenga una intención cronológica y historicista.