En la web del Museo Comarcal de Manresa ya lo avisan: «El Museo ha iniciado una importante reforma museográfica. Para poder llevarla a cabo hemos tenido que cerrar la mayor parte de nuestras salas de exposición».

Actualmente –prosigue el aviso– sólo hay dos exposiciones visitables: Pinturas de Antonio Viladomat (Barcelona, 1778-55) y la muestra Pequeño museo con una breve selección de piezas de nuestro fondo.

Vista de la exposición «Pequeño museo».

Pero, si a pesar de ello queremos descubrir los tesoros del museo, podemos hacer clic en el botón rojo que reza «Entrada», y vivir, en su esperanzadora virtualidad, pasado, presente y futuro de un espacio que reúne arqueología, historia, memoria y arte, mucho arte.

Francesc Vilà, director del Museo Comarcal de Manresa, explica que la actual sede de la institución, el monumental colegio de San Ignacio, un edificio de mediados del siglo XVIII construido por los jesuitas se está transformando para adecuarse al siglo XXI, aprovechando el quinto centenario del “rapto de Loyola”, la revelación del fundador de la Compañía de Jesús en la Santa Cueva de Manresa.

Antoni Viladomat, La primavera, c. 1730-1755. MNAC. Llegat de Ramir Lorenzale, 1918.

Os sonará extraño, pero Ignacio de Loyola es uno de los abanderados de la Contrarreforma, una reforma doctrinal, mental y espiritual de la Iglesia católica que constituye la base, sobre la que se asienta el arte barroco, e incluso el concepto moderno de propaganda.

Vilà quiere aprovechar esta remodelación para ampliar el espacio expositivo del museo, que pasará a tener 1900 metros cuadrados, y reordenar sus contenidos. La primera planta estará completamente dedicada al barroco, un estilo que se identifica erróneamente, en Cataluña, con un periodo de decadencia económica, social y artística. El resto del espacio estará consagrada al territorio, la arqueología, el arte medieval, el siglo XIX y el XX. Diría que se trata de una de las reformas más ambiciosas llevadas a cabo en el mundo de los museos catalanes desde 2008.

Plano de la cueva de San Ignacio, 1731.

Si insistimos en visitar las dos pequeñas exposiciones abiertas actualmente en el museo, no haremos el viaje en vano. En la planta baja, en una sala de aproximadamente cuarenta metros cuadrados, hay una selección de los múltiples contenidos guardados actualmente en el almacén. Desde una lipsanoteca –un recipiente destinado a contener pequeñas reliquias– procedente de Santa María de Lillet, del siglo X, hasta la cruz de término de la Culla (s. XIV-XV), pasando por un plano original de la cueva de San Ignacio (1731), que nos muestra el aspecto que tenía este monumento en el siglo XVIII.

Servidora de l’harpia, s. XIV. Ceràmica medieval.

Pero tal vez las piezas más características del contenido del museo sean un altorrelieve del retablo del Rosario (1642-1646), de la antigua iglesia de San Pedro Mártir, obra paradigmática de uno de los principales escultores barrocos manresanos, Joan Grau. Una vitrina con cerámica medieval decorada, del siglo XIV. Se trata, cronológicamente, de la primera vajilla de lujo catalana, y fue descubierta mientras se derribaba la iglesia del Carmen, durante la Guerra Civil. Finalmente, un monumental cuadro de Antoni Viladomat, La asunción de la Virgen con todos los santos (c. 1728-1750).

Antoni Viladomat, L’assumpció de la Mare de Déu amb tots els sants, c. 1728-1750.

Precisamente, en la primera planta encontraremos catorce pinturas de Antoni Viladomat, la mayoría depositadas por el MNAC, y una Aparición de Cristo a San Ignacio en Roma (c. 1700-1755) en versión boceto y definitiva, esta última procedente de la Academia de Bellas Artes de Sant Jordi, de Barcelona. Se trata de uno de los espacios donde se puede ver más obra de este artista, el más reconocido del periodo de la Guerra de Sucesión. Hay, por ejemplo, tres obras de la serie «Las cuatro estaciones»: La primavera, El otoño y El invierno (c. 1730-35). Viladomat abordaba todo tipo de temática: composiciones religiosas, retratos, naturalezas muertas o escenas de género.

Antoni Viladomat, Aparició de Crist a Sant Ignasi a Roma, c. 1700-1755. Esbozo.

El renovado Museo Comarcal de Manresa quiere erigirse en el museo dedicado al arte barroco más importante de Cataluña. Manresa, en el siglo XVII, experimentó una explosión demográfica. Además, había tantos órdenes religiosos, que la demanda artística creció de manera exponencial, convirtiéndose en uno de los centros productores más destacados de escultura durante la época del barroco. Estirpes como los Grau (Joan y Francesc), los Sunyer (Pau y Josep), Josep Generes, Jaume Padró, Jacint Miquel i Sors hacen que hoy en día podamos hablar de un «siglo dorado» (1630-1730) del arte producido en Manresa.

Y más allá del barroco, tampoco podemos olvidar que, en el siglo XX, Manresa dio nombres tan interesantes como el pintor Alfred Figueras, el escenógrafo Josep Mestres Cabanes –pronto veremos en la ópera del Liceu sus decorados para Aida–, o el pintor, restaurador y marchante Josep Dalmau, que en su galería de Barcelona introdujo en Cataluña estilos como el cubismo francés (1912), y apostó por jóvenes artistas como Joan Miró (1918) y Salvador Dalí (1925).

Se hará largo, esperar hasta 2022… Pero siempre podemos ir haciendo pequeñas degustaciones en las dos salas abiertas del Museo Comarcal de Manresa. El tiempo pasa volando.