A principios del siglo XVI, durante los mismos años en que Leonardo componía el enigmático rostro de La Gioconda otro retrato, más cauteloso, también consigue desconcertar al espectador. Hoy continúa esa sorpresa, ese hechizo artístico.

Es el prodigioso Retrato de Michele Marullo, de Sandro Botticelli. O lo que es lo mismo, el retrato de un individuo que ya no se deja mirar sin más, como era antigua costumbre, porque ahora ha tomado la iniciativa. Nos examina de cerca, con gesto de contrariedad, severo, incluso con mal genio. Pasa de ser un simple objeto contemplado a ser un sujeto vivo que nos atraviesa espontáneamente con los ojos.

«El retrato de un individuo que ya no se deja mirar sin más».

El planteamiento es audaz, innovador. Parece que nos recrimine porque le estamos mirando. ¿Cómo nos hemos atrevido? Ya no se trata de la mirada desviada, de través, la del siniestro mercader Giovanni Arnolfini que pintó Jan van Eyck sino un rostro que busca el nuestro, que parece que nos reconozca, que nos observe abiertamente como en el Hombre con turbante rojo (c. 1433) —probable autorretrato del mismo Van Eyck— o en el Retrato de Margareta van Eyck, (1439) la esposa del pintor, los primeros retratos de la modernidad que nos miran a los ojos. La pintura te ve, te interroga, te sigue con la mirada porque es como si la figura tomara vida. La prueba es que Marullo te está observando malcarado. Es el virtuosismo de un arte cada vez más verista, más interesado por las personas individuales, concretas, por los temperamentos, y no tanto por las ideas o las alegorías o los ideales de belleza. La Mujer con un tocado de gasa de Rogier van der Weyden (c. 1445) te observa, como lo hacen los retratos de hombres jóvenes y maduros de Petrus Christus, de Antonello da Messina, como el Hombre con medalla de Cosme de Medici, de Sandro Boticelli, (c. 1475) o como el despampanante Autorretrato de Alberto Durero, (1500) tan hipnótico como una aparición milagrosa de Cristo. Antes de estas pinturas sólo el rostro de Jesús o el de los santos habían osado mirarnos a la cara con tanta autoridad.

Sandro Botticelli, Retrato de Michele Marullo, 1491. Detalle.

El hombre que te está mirando con dureza, Michael Tarchaniota Marullus, no es dulce ni hermoso como los muchachos que suele pintar Botticelli, como los muchachos que se gustan y quieren gustar. Marullo no pretende seducirnos ni que simpatizemos. No ha sido pintado como ejemplo de belleza sino de autenticidad. ¿Se puede saber por qué seguimos mirándolo, con tan pocos modales? Es un hombre de acción, un militar, un notable poeta, humanista, un aventurero griego que lleva toda la vida en Italia y que nunca ha olvidado quién es ni la dignidad que le acompaña. Va drapeado todo de negro, va tocado con un bonete del mismo color austero, sólo adivinamos una punta de la camisa blanca, el largo pelo, negro también, bien esponjado a la moda más sofisticada de Florencia, el rostro sombrío y duro, un poco oscuro, los labios cerrados y sin rojez, la narizota gorda, los ojos bañados de una seca tristeza. La pintura, el registro fiel de las características físicas del modelo, la imagen de un hombre en la plenitud de un gesto que le individualiza, que subraya su voluntad de ser. Si en tantos y tantos retratos anteriores a éste se celebra la belleza, la alegría, el encanto de un rostro, aquí lo que se subraya es otra cosa, el realismo, la autenticidad, la identidad de un individuo que no se puede confundir con ningún otro humano, el formidable poder identificativo de un gesto irrepetible que sólo pertenece a Marullo.

Sandro Botticelli, Retrato de Michele Marullo, 1491.

Sí, el retratado hacía exactamente ese gesto. Quienes lo conocieron lo pueden asegurar mientras le identifican señalándole con el dedo, boquiabiertos, al igual que identificarían a un mimo que lograra imitarlo. El gesto es particular. La pintura demuestra ahora que tiene la capacidad de mostrar la psicología de alguien, con la misma eficacia con la que, por ejemplo, hace muchos años que sabe mostrar la calidad de un tejido. Puede decir sin palabras cuál es el carácter de un hombre, e incluso puede volver atrás en el tiempo y reproducir la vida vivida a través de un gesto. La pintura italiana ya sabe reconocer el protagonismo biográfico de lo particular, ya se ha hecho suyas las innovadoras técnicas procedentes de los grandes maestros de Flandes. Probablemente el estudioso Carl Brandon Strehlke tiene razón y esta obra de Sandro Botticelli fue pintada poco después de la muerte del poeta, acaecida el 12 de abril 1500, y se trata, por tanto, de un intenso ejercicio de recuerdo, de un homenaje nostálgico que en recuperara la presencia para los amigos que lo añoraban, para la mujer desconsolada, Alessandra Scala. Sí, sólo con ese gesto característico que lo identificaba, Marullo había regresado, por un instante, y los miraba así, con contrariedad. Con insatisfacción. Y es que el personaje había muerto inesperadamente, ahogado mientras intentaba atravesar el río Cecina a caballo, bajo una lluvia torrencial, sepultado bajo el peso del arnés de guerra. Tenía 47 años.

T. Lucretii Cari de Rerum natura libri VI. Candidi Decembrii cura, Florència, 1512. Portada y anotaciones de Candido con alusiones a Marullo.

La desaparición repentina del humanista causó fuerte impresión. Fue todo un carácter, magnético, poderoso, un creador encantador, brillante, bien protegido por los refinados Médici que lo adoraban, el centro de atención de unos amigos artistas y literatos que no sabían estar sin él. Ludovico Ariosto no quiso creer la noticia y durante un tiempo pensó que, de alguna manera, continuaba vivo, que habría sobrevivido al accidente. No, el griego no creía mucho en Dios y hacía ostentación de ello, pero tampoco era el único en Florencia. En lo que creía, sobre todo, era en sus propias posibilidades, en la fuerza y en la determinación de su carácter impetuoso. No podía ser que se hubiera muerto, así, de repente. Pero si sólo había ido a Volterra, como quien dice allí mismo, a ver a Raffaele Maffei, aquel hombre de letras que conocía bien el griego antiguo y había traducido a Homero. Al final, tuvieron que esperar algunos días para conseguir encontrar el cuerpo de Marullo, enterrado en el barro y, su amigo, el humanista Pietro Candido aporta un detalle precioso. En el zurrón, el ahogado llevaba una copia suya, manuscrita, del De rerum natura de Lucrecio. El fabuloso libro de la antigüedad que acababa de ser recuperado a partir de un solo ejemplar perdido en un monasterio y vuelto a encontrar hacía poco. En 1512 Candido publicó una edición del libro de Lucrecio basada en las notas sabias de Marullo. Nadie lo había entendido como él ni lo conocía tan a fondo. Decían que no iba a ninguna parte sin el libro ni iba a dormir sin haber leído, una vez más, algunas páginas. Mientras algunos se desesperaban y se agotaban en autosugestiones místicas y apocalípticas, mientras algunos se dejaban arrastrar por los delirios integristas e iconoclastas de la espiritualidad extraviada de Savonarola —recientemente depuesto en la ciudad del Arno—, algunos hombres de letras como Marullo continuaban defendiendo la primacía del intelecto por encima del misterio, defendiendo el amor por la vida frente a la pulsión depresiva que adora la destrucción y la muerte.

El mundo había cambiado tanto que ya no podía decir cuáles eran realmente sus ideas, si le quedaba alguna.

Dicen que Sandro Filipepi —llamado Botticelli por la forma de barril del cuerpo de su hermano menor— habría acabado siendo, al final de su vida, un piagnone, un llorón, es decir, un seguidor de Savonarola, arrepentido seguramente de su vida pecaminosa anterior. Y que habría llegado a condenar al fuego algunas de sus extraordinarias pinturas. Lo cierto es que, una vez pasada ya la fiebre destructora, desconcertado, volvió sobre sus pasos, continuó trabajando y pintó el gran retrato de Marullo, un hombre al que conocía bien y con el que había compartido, años atrás, la fascinación por Lucrecio. El mundo había cambiado tanto que ya no podía decir cuáles eran realmente sus ideas, si le quedaba alguna. En cambio, sí que conservaba su oficio, ese trabajo que se parece tanto a una oración. Y es capaz de recuperar para la memoria el retrato fiel del amigo, de poner su técnica al servicio de lo que ha visto y que conserva en su interior. Del mismo modo que la pintura religiosa fomenta la devoción privada, íntima, el retrato de Marullo se propone suscitar el recuerdo privado, humanizar, en definitiva, al poeta humanista, un hombre que es mucho más que un erudito, mucho más que un brillante intelectual.

Sandro Botticelli, La Primavera, c. 1482. Galleria degli Uffizi, Florencia.

Los ojos del retrato son un prodigio, si nos fijamos bien. Miran al espectador, pero a la vez indican que el modelo se ha dado cuenta, también, que hay una tercera presencia, inesperada, procedente de la izquierda. Está a punto de aparecer. Siempre hay alguien o algo más de lo que creíamos, sorprendente. Botticelli es el pintor de la curiosidad, del deseo, del interés por la vida, por el cuerpo y sus trampas, por todo lo que físicamente le rodea. Si alguna vez se pintó una obra influida por la lectura de Lucrecio esa obra fue La primavera de Botticelli (c. 1482) y no parece probable que, ya envejecido, hubiera olvidado que la había pintado y por qué la había pintado. Es la celebración de la estación florida, del buen tiempo, de la fecundidad de la naturaleza, de la renovación constante del mundo, del movimiento, del cambio. Del gozo de vivir. Un mundo que es tan bello como efímero, tan merecedor de pasión como de melancolía, y luego de pasión, de nuevo. Lucrecio es el sabio antiguo que señala el poder de la materia y del materialismo, un poder que puede liberar al hombre del poder intimidatorio de los Dioses. O, mejor dicho, de los que se presentan como portavoces e intérpretes de la divinidad.

Dice Millard Meiss que probablemente la primera sonrisa de la pintura profana está en la boca de dos hombres anónimos, de dos personas que se ríen de un loco en una miniatura de Paul de Limburgo, que se conserva en la British Library de Londres. Probablemente el retrato de Marullo, por su parte, sea una de las primeras representaciones gráficas de la historia de la pintura de la insatisfacción humana. No del llanto o del sufrimiento. De la insatisfacción, de la contrariedad, de la lucha cotidiana del vivir, de la insubordinación contra la fatalidad, contra lo que nos viene dado. De la mala cara. Michele Marullo es un personaje que no se arrodilla, que no se conforma. Parece que después de más de quinientos años aún no haya aceptado su propia muerte, que no se resigne, como tampoco la querían aceptar sus amigos. De hecho, ¿quién estaría dispuesto a que le quiten la vida, a morirse, sin quejarse, sin protestar?