El pasado jueves 16 de julio por la noche en el patio de la fábrica Lehmann presentamos el libro de Manuel Llanas, , La Canuda i el comerç del llibre vell. Converses amb Santi Mallafré (ed. Comanegra). Era el primer acto al que asistía después de la malicia, y pasó como un soplo de aire fresco, una celebración de la vida en tiempos inciertos.

La Canuda fue una librería singular. Puerta con puerta con el Ateneo y junto a las Ramblas, se desplegaba un espacio lleno de libros al que se entraba libremente en un viaje al pasado. Montones de libros de arte convivían con atlas y manuales de cocina, y con libros de bolsillo, y primeras ediciones, y libros de alta bibliofilia que se publicaban en los catálogos que los enfermos del papel íbamos a buscar en una cámara de las maravillas, a medio camino de la sacristía y el tesoro de un templo antiguo. El parqué crujía al pasar, y hacía ese olor indescriptible, tan barcelonés, del tiempo mezclado con la humedad.

Interior de la librería Canuda.

A Santi Mallafré, propietario de la librería, –hombre de cabeza leonina, cabello y barba plateados que contrastan con su piel yodada todo el año bajo el sol de Arenys de Mar–, le gusta decir que era la librería más popular de Barcelona. Creo que era mucho más. La Canuda era una institución cultural de primer orden, un dispensario intelectual que poco tenía que ver con el cementerio de los libros que perpetró el malogrado autor de La sombra del viento.

Recién casado, cuando los libros eran mis hijos, iba a menudo a buscar las obras que había encargado en el catálogo, y al entrar en la sala ya citada te sentías como uno de los escogidos. Después fui muy a menudo, en el camino que me llevaba del trabajo a casa o viceversa, a veces diariamente. Y entre libros hablaba con Santi, y él, obsesivo del orden como es, alineaba simétricamente los libros que alguien había revuelto. Él y Ramón Gómez, su mano derecha, te hacían sentir como en casa.

A la Canuda no ibas a buscar un libro en concreto, pero acostumbrabas a salir con uno entre las manos porque que el libro te escogía a ti, movido por los hilos invisibles e inenarrables de la poética del azar. Era el territorio perfecto para los que tenemos vocación de flâneurs literarios en el sentido más estrictamente baudeleriano de la palabra. Nunca podía mirar los libros bien mientras hablábamos en las horas robadas, y siempre me quedaba con las ganas de tener más tiempo, lo mismo que me pasa ahora cuando quedo a comer con Santi y tenemos un montón de temas en común que no acabamos nunca: la literatura, el arte y la belleza, en el orden que deseéis. Si Josep Pla viviera, le escribiría un homenot a este hombre genuinamente bueno y sobre todo generoso, lleno de vida y de historias que cuenta con una gracia extraordinaria, como un galán de teatro, tal como hizo el día de la presentación, ante la admiración de la audiencia.

La Barcelona globalizada y low-cost sustituyó la Canuda por una franquicia de ropa con nombre de fruta exótica.

El 23 de noviembre de 2013, –tras sesenta y seis años–, la Canuda cerró sus puertas para siempre jamás. La Barcelona globalizada y low-cost la sustituyó por una franquicia de ropa con nombre de fruta exótica. Muchos, también nosotros, tuvimos que emigrar de Ciutat Vella por la presión del turismo, que había convertido nuestro barrio en un parque temático. Inverosímilmente, aquel mundo que hervía no hace ni seis meses tampoco es el de hoy. Hace poco paseé por el Barrio Gótico –sin pasar ni por la calle Canuda, ni por la de la Palla para no caer en el abismo de la nostalgia– y parecía que caminara por un cuadro de De Chirico: silencio y vacío que han borrado de un solo golpe, por ahora, al homo turisticus.

A medida que avanzamos por el camino de nuestra vida la memoria nos habla. Por suerte, este libro de Manuel Llanas, que recoge metódicamente las conversaciones con Santi Mallafré, cristaliza y preserva el legado de la Canuda para las próximas generaciones. Cuando no queden librerías y la cultura sea un reducto marginal, como ocurría en la Edad Media, algún lector descubrirá que en Barcelona había una librería popular, singular y emblemática, y tras él un hombre de piedra picada, de primera, que abría cada día la persiana y de los que entonces se clasificarán como especies extinguidas.