El pasado sábado, la Generalitat de Cataluña rindió homenaje a los deportados republicanos durante el nazismo. El acto tuvo lugar en el campo de concentración de Mauthausen, ante la lápida que el consejero de Asuntos Exteriores Raül Romeva había inaugurado en 2017, con motivo del 72 aniversario de la liberación de aquel infierno terrenal.

El Gobierno en funciones –claramente desinflamatorias- asistió al acto. Cuando Gemma Domènech, Directora General de Memòria Democràtica de la Generalitat, aludió al consejero Romeva en su condición de prisionero político, la delegación española, encabezada por la ministra de Justicia, se marchó del acto.

Raül Romeva inaugurando la lápida conmemorativa, en ocasión del 72 aniversario de la liberación de Mauthausen.

Y bueno, ya tenemos a todos los periódicos hablando de una disputa política. Nadie resalta, sin embargo, que por Mauthausen pasaron hasta 200.000 personas, la mitad de las cuales murieron asesinadas o debido a las condiciones infrahumanas en que vivían.

Otro efecto colateral: la obra de arte más reproducida esta semana en la prensa ha sido, precisamente, la lápida que había inaugurado hace dos años Raül Romeva, obra de Jesús Galdón.

¿Son iguales todas las lápidas conmemorativas? ¿Qué tiene de especial, la lápida que colocó la Generalitat de Cataluña en un muro de Mauthausen? Se lo preguntamos al autor, un artista que ha convertido su obra en un diálogo permanente entre memoria y tradición formal, hasta el punto de que no es raro ver exposiciones suyas en museos arqueológicos en lugar de en museos de arte contemporáneo.

–¿Cómo surgió el encargo de hacer este monumento?

Plàcid Garcia-Planas, el entonces director del Memorial Democrático, me llamó. Me pidió hacer una placa con la inscripción «En memoria de las personas deportadas a los campos nazis» en catalán, castellano, alemán y hebreo. Hay una serie de condicionantes, establecidos por el Mauthausen Memorial, a la hora de hacer este tipo de monumentos conmemorativos, pero tenía absoluta libertad a la hora de elegir el tipo de piedra. También añadí el lema «Todo el dolor de un pueblo». El dolor como memoria colectiva, sin distinciones.

–Pero el muro donde tenía que ir esta obra no era un espacio cualquiera.

Garcia-Planas me hizo llegar varias fotos del lugar donde debía ir la placa, un muro construido por los propios prisioneros, con granito de la cantera de Mauthausen. Se veía una serie de placas que cubrían el muro. Y me planteé: ¿Qué puedo aportar?

En otros casos, la piedra sustituye la carne, la piedra es perenne, dura, y la carne es caduca, blanda. La carne desaparece, por lo que las esculturas están hechas para perdurar.

Encontraba que era absurdo utilizar una piedra para conmemorar a gente que murió sacando la piedra, tapando el fruto de su trabajo. El muro del campo es la verdadera memoria de este dolor.

Neus Català y Jesús Galdón.

–Un memorial que tapa el objeto de conmemoración, parece absurdo.

La solución más sencilla para preservar este recuerdo era hacer un agujero, vaciar. La placa enmarca un detalle del espacio de dolor que está condensado en estas piedras.

Cuando fui a supervisar el montaje, visité el campo. En un espacio expositivo se explican todas las barbaridades que hicieron los nazis. Y hay una piedra de granito de las que los prisioneros debían subir por la escalera de la muerte, piedras de hasta 50 kilogramos que, colocadas en bandejas de madera, eran cargadas a lomos de los prisioneros. Las jornadas de trabajo eran de hasta once horas diarias. Intenté cargar una de esas piedras y noté todo el peso de la memoria.

-Si la memoria tiene peso, ¿por qué conmemorarla con un agujero? Y ¿por qué este agujero es circular y no cuadrado o triangular?

La memoria es el muro. Y el agujero es un círculo porque el dolor es circular, infinito. Por otra parte, la inscripción era prisionera de aquellos muros, y tanto yo como el Memorial Democràtic teníamos la voluntad de esparcir ese gesto. Por eso hicimos una obra gráfica.

­¿Cómo se puede trasladar un mensaje sin preservar su materialidad ni su localización?

El formato era diferente, es verdad. Pero continué con la idea de la piedra como elemento de impresión y pensé en el proceso litográfico. La piedra de Mauthausen impresiona la memoria del mismo modo que la piedra litográfica impresiona el papel como fundición de la memoria.

El granito es una roca muy dura compuesta por cuarzo, feldespato alcalino y mica. En esta traslación sustituí los tres componentes del granito por la textura de la piel de tres personas: las huellas digitales de Neus Català –la última superviviente catalana viva de un campo de concentración nazi–, las del artista –como mediador en la continuidad de la memoria– y las de un joven, ausente aún de esta memoria que pronto heredará.

–¿Y cómo conseguiste la complicidad de una anciana de ciento dos años?

Fui al pueblo natal de Neus (Els Guiamets, 1915-2019), a la residencia de ancianos donde vivía.

Cuando me presenté le expliqué, a gritos, el proyecto. Ella era muy dura de oído. Al final me dijo: «No me cuentes más, que no he entendido nada. Sólo dime qué tengo que hacer». Llevé una piedra litográfica, extendí tinta grasa sobre un papel, ella mojó los dedos y fue dejando sus huellas en los bordes de la piedra. Al terminar, me exigió que la sacara a dar una vuelta por el pueblo en silla de ruedas. Me impresionó mucho aquella mujer, por todo lo que había sufrido y todo lo que representaba.