Trabajé seis años junto a Rafael Santos Torroella (Portbou, 1914 – Barcelona, 2002) y todavía lo siento como una presencia. Es la única persona a la que puedo llamar, sin lugar a duda, «maestro».

A pesar de los años que han pasado desde su muerte, veo muchas cosas con sus ojos; pronuncio palabras ocultas que me descubrió; entiendo el mundo con las herramientas que me regaló. Cuando lo leo, todavía oigo su voz.

De izquierda a derecha: Emili Grau Sala, Salvador Dalí y Rafael Santos Torroella.

Una voz que era capaz de recitar –con una prodigiosa memoria auditiva– de la manera que lo hacían, por ejemplo, Rafael Alberti y Federico García Lorca. Una voz cargada de emoción infantil anunciándome un fragmento de Josep Pla, Ramón Gómez de la Serna o Paco Umbral, donde acababa de descubrir una palabra nueva o una indicación vital.

Vital. No es una palabra vacía. A su lado descubrí que el arte lo hacían artistas, seres humanos de los que Rafael había sido compañero de viaje. Me contaba anécdotas vividas con Camilo José Cela, «Juanín» Hernández Pijuán, «Pepito» Llorens Artigas, Salvador Dalí, Joan Miró –su padrino de boda– o Sebastià Gasch. Cómo los artistas y pensadores de la generación del 27 pasaban por la casa familiar a visitar el genio adolescente de Angelita Santos. Cómo «Ramón», con las patitas colgando del sofá, le aconsejaba que para escribir bien tan sólo había que escribir cada día, lo que fuera… Y las desventuras de su hermana, un ser de luz y oscuridad insondable en la su mistérica simplicidad.

Entré a trabajar con Santos en noviembre de 1990. En enero, emprendía con Rafael y su esposa Maite mi primer viaje a la Residencia de Estudiantes. Volvimos a finales de febrero. En una parada para repostar y merendar, cerca de Medinaceli, vimos en la televisión como las tropas de Saddam Hussein se retiraban de Kuwait, hostigadas por la coalición de Bush padre. Este hecho de Telediario despertó los fantasmas ocultos de Santos. Él había vivido las largas retiradas del ejército republicano, había sufrido los ataques de un hidroavión que llamaban el «Zapatones», había sufrido la indefensión del fuego enemigo.

Él había sido, durante la guerra, comisario comunista de cultura.

Me explicó, en ese momento, la descomposición de la República en Valencia. Cómo la gente se tiraba al mar y se ahogaba, antes de ser capturada por las tropas de Franco. Cómo ocultó las armas en la playa de la Malvarrosa, y fue capturado y conducido a la plaza de toros. Él había sido, durante la guerra, comisario comunista de cultura. Y lo confinaron en el Penal de Alicante, bajo vigilancia de tropas moras. Miseria, humillación, piojos y una visita del padre. Este, se despidió diciéndole: «si pasa lo que los dos creemos que va a pasar, pórtate como un hombre»… Santos solía decir que, si la literatura norteamericana tenía una «generación perdida», la suya había sido la «generación atropellada».

Antonio Tovar, amigo suyo de Salamanca y falangista de primera hornada, intercedió secretamente y lo liberaron. Como no quería que le reinternasen en otro campo –lo habitual– vivió semiclandestinamente en Saucelle (Salamanca), en una finca de su padre no muy lejos de la frontera con Portugal; así podría huir en caso de necesidad. Fueron años de miseria y miedo hasta que volvió a Barcelona. En teoría, no podía ejercer el periodismo, pero Luys Santa Marina le permitió publicar en las páginas de la «Solidaridad», antiguo diario anarquista barcelonés reconvertido en órgano del nuevo régimen.

Vivió un tiempo en Madrid, compartiendo habitación con Carlos Edmundo de Ory, gran postista y onanista compulsivo. Frecuentaba el café Gijón abriéndose paso en el mundo de la poesía, mientras era desheredado por el padre. Un padre terrible, castellano, y una madre comprensiva, ampurdanesa, que conformarán su condición de hombre puente entre dos culturas que casi siempre han vivido de espaldas.

Con su esposa, Maite Bermejo, fundó la revista y las ediciones Cobalto, en Barcelona. También el Club Cobalto 49. Siempre en precario, malviviendo de las traducciones –inglés, francés, portugués–, redactando la sección de arte del Noticiero Universal, y aún ayudando artistas jóvenes como Antoni Tàpies. No era fácil vivir en la Barcelona de posguerra, aún menos como poeta y crítico de arte.

El inglés lo aprendió solo, leyendo libros en la biblioteca de su padre, ayudándose con un diccionario. No lo sabía escribir, tampoco lo hablaba. Pero lo traducía tan bien que Ernst Gombrich decía que su versión española de la ya canónica Historia del arte era la mejor de todas. Cuando, por su avanzada edad, una enfermedad le impedía casi reconocer los que le rodeaban, todavía era capaz de coger un libro en inglés y traducirlo de viva voz en «tiempo real». Su capacidad para comprender los secretos del lenguaje era sobrenatural.

Lo primero que me enseñó: «un historiador del arte emplea la palabra, al igual que un relojero trabaja con muelles y ruedas dentadas. Es fundamental que entiendas los mecanismos del lenguaje». Tenía una biblioteca de diccionarios y cuestiones de idioma, y era capaz de emocionarse cuando descubría una nueva palabra. Recuerdo como me instruyó en los sentidos de «acedía», «Enciso» o «estilo Laña».

Después llegaron los secretos del oficio. Me sentía como un joven aprendiz de pintor que empieza barriendo el taller, después aprende a preparar la cola de conejo, a alisar un lienzo y a recoger la materia de los pigmentos para acabar pintando. Me dejó leer los tesoros de su inmensa biblioteca. Compartíamos pasión por Unamuno y Eugeni d’Ors, pero me descubrió una miríada de autores y de revistas de lo que hoy en día conocemos como «edad de plata» de la literatura española: Rafael Sánchez Mazas, Alberto Insúa, Rosa Chacel, Guillermo de Torre, Cansinos-Assens, el mejor Ortega y Gasset… a vanguardistas catalanes y obras casi inaccesibles de los surrealistas franceses. También a María Zambrano y José Ángel Valente. En fin, me aficionó a las librerías de viejo, un vicio caro que llena las casas de polvo y, a veces, de placeres sabios.

Quedan en su archivo los hirientes epigramas que dedicó a tantos creadores.

Tenía un sentido del humor finísimo aunque demoledor. No escribió, ni siquiera inició sus memorias. Y no me atrevo aquí a repetir sus comentarios sardónicos sobre compañeros de profesión y artistas. Quedan en su archivo los hirientes epigramas que dedicó a tantos creadores. Si un día ven la luz, habrá un escándalo de los gordos.

Pero lo que hacía grande, inmenso, a Santos Torroella, era su sentido trágico de la vida. Era un hombre que no creía en Dios, pero que creía en los creyentes. Siempre llevaba encima el crucifijo de su amigo íntimo José Antonio Coderch. Fue un obsequio que éste, en el lecho de muerte, le ofreció a cambio de que dejara de fumar. Y a pesar de los tres paquetes diarios de Ducados que se pulía, cumplió la promesa. La amistad entre Santos y Coderch es un tema que habría que estudiar a fondo. Eran como hermanos, espíritus complementarios.

Con su esposa, íbamos a menudo a Madrid, a la Residencia de Estudiantes. Allí trabajaría Santos en la trilogía del «Dalí residente». Hacíamos turnos al volante, y todas aquellas horas de camino se convertían en grandes lecciones de historia vivida. Topología, sintaxis, mística, anécdotas y grandes confesiones. Recuerdo cuando me explicó la primera vez que tuvo conciencia de la muerte. Tenía unos ocho años y estaba en un campo, tumbado de cara al cielo. Se estremeció ante el inalcanzable infinito que se abría ante sus ojos, de su pequeñez en un devenir impasible. Sin la muerte en el horizonte no puede haber verdadero conocimiento.

Por casa, en Santos siempre iba en batín y zapatillas. No me lo sé imaginar de otra manera. Un día vinieron a filmar para la televisión y pidió que le encuadran sólo de cara, que no quería vestirse. Al terminar la filmación, recordó que había quedado para ir a comer y, ante el equipo de reporteros, se despidió completamente acicalado…

Su casa era su reino. En el piso había vivido el grandísimo poeta Joao Cabral de Melo Neto, cónsul de Brasil y comunista de salón. Este le cedió la vivienda al tener que volver a su país. Los quince mil volúmenes de su biblioteca amenazaban la ley de la gravedad. Estaban en estanterías, sobre mesillas y formando montañas a cada palmo del suelo. En algunas paredes había cuadros increíbles del fondo del galerista Dalmau, de alumnos y de amigos como Joan Miró, Antoni Tàpies, Hernández Pijuan, Cuixart, Ramón Gaya; y de familiares como su cuñado Emilio Grau Sala o su hermana Ángeles.