La Niña muerta de Ángeles Santos presidía el comedor de Muntaner 448. Es un cuadro que siempre me ha atraído y me ha inquietado. Cuando murió Teresa Bermejo, no todas las pinturas de Ángeles pasaron a Girona, algunas fueron heredadas por sus sobrinos madrileños.

Angelita era un tema recurrente, la casa Santos. Yo me moría por conocer aquella adolescente rebelde y atormentada, también madre abnegada del futuro pintor Julián Grau Santos. Y llegó el día.

Ángeles Santos, Niña muerta, 1930. Colección Santos Torroella, Girona.

En un pisito de Sitges, Ángeles y su hermana Anita tomaban el té mientras disfrutaban, apasionadamente, de un culebrón mexicano. Estaban muy preocupadas porque un personaje atractivo, con bigote, quería engañar la heroína, una huérfana desgraciada. Aquella escena me recordó a la Abuelita Paz, dibujada por el genial caradura Manuel Vázquez. Sólo que la realidad superaba la ficción. Una mujer que había tenido una vida de película, se había casado con Grau Sala, que pintaba como un genio romántico… en fin, una leyenda viva, y resulta que tiene toda la apariencia de una pensionista de anuncio de seguros.

Entonces, le consultó a su hermano sobre el encuadre de un óleo que había pintado hacía varios años en Cadaqués. Yo la había visto reproducida en libros, aquella obra. Los dos hermanos coincidieron en que sobraba algo, cogieron una regla y un bolígrafo, y marcaron una línea por donde había que cortar el lienzo. Luego, me enseñó el dormitorio, donde había apilados en el suelo cantidad de cuadros suyos, de diversas épocas, que tan sólo conocía en fotografía, a veces en blanco y negro.

Ángeles y Rafael Santos Torroella en Portbou, ca. 1916. Archivo Julián Grau Santos.

De repente, en medio de una conversación intrascendente, aquella abuelita me hizo una observación y noté como sus ojos me quemaban el alma. Era la mirada más poderosa que jamás había sentido. Pura, casi inhumana, indescriptible. Le había explicado que me iba a Egipto, y se despidió pidiéndome que le enviara una postal. Al salir del piso, por las escaleras, Rafael se puso a llorar. Ángeles no era de este mundo, cuando menos te lo esperabas te daba la vuelta como a un calcetín.

Ante una reproducción de Un mundo, me explicó con sencillez infantil los elementos de su obra maestra. Se trata de una mezcla de genialidad y de inocencia. El mundo es cuadrado porque había oído campanas del cubismo. Fuera del cubo terrenal, flota la maternidad como motor del universo. El Sol es la figura del padre. No hay misterios, sólo vivencias. El tren, el paisaje, la familia que da caridad a los pobres, los niños que juegan en la calle, las almas del cementerio… e inquietudes de una mente desbordada, como los mundos ocultos tras las paredes de todo hogar.

Ángeles Santos, Un mundo, 1929. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.

Habrá que hablar pronto, en este mismo espacio, de cómo las instituciones catalanas dejaron pasar la oportunidad –ésta y tantas otras– para adquirir por un precio irrisorio las mejores obras de Ángeles Santos. Per no hablar ya de Un mundo, que estuvo depositado entre 1977 y 1992 en el Museo de l’Empordà, en Figueres. Un día el museo hizo postales… ¡y le cobraron el tiraje!

Rafael creció en un hogar donde la hermana era el genio, la preferida. La visitaban todos los intelectuales jóvenes del momento; incluso tuvo que rechazar el amor de Ramón Gómez de la Serna y quemar un montón de misivas suyas con aquella característica tinta roja. La figura del padre era asfixiante y sobreprotectora. Rafael huyó de casa, por primera vez, a los quince años. La hermana desaparecerá, también, antes de ser recluida en una casa de reposo.

Rafael aprovechó las lecciones Celino Perotti, el maestro que había contratado el padre para perfeccionar la técnica de Angelita. Y a cada rueda de prensa, conferencia o comilona oficial, no podía evitar tomar apuntes rápidos, preferiblemente retratos, de la gente que le rodeaba. También pintaba acuarelas, normalmente cuando salía de viaje, a primerísima hora de la mañana.

Me enseñó el espacio que había comprado para el reposo eterno.

Todavía recuerdo el día que descubrí, en medio del pasillo de su casa, el lomo de un libro que me era familiar. Dormía en el armario destinado a almacenar una copia de todo lo que él había publicado. Se trataba de una traducción del inglés, de un pequeño volumen del Reader s Digest: Historia de un anticuario. Memorias de Duveen, Rey de los anticuarios (1962). Pero se trataba, también, del primer libro que yo había leído en mi vida, a los siete años. Entonces, como no sabía lo que era un punto de libro, me comía el trocito de papel donde estaba el número de página. Al llegar a casa, lo comprobé. Seguramente se trata de una casualidad, una más. Pero a mí me pareció –todavía lo creo– un guiño del destino.

Rafael me hizo este retrato (1991) y me lo regaló. Al salir del despacho, Maite me dijo que de ninguna manera, y se quedó con el original… Pero me permitió hacer una fotocopia.

Podríamos decir que Rafael Santos Torroella era un hombre poliédrico: gran escritor, uno de los mejores historiadores del arte, excelente pintor y retratista, pedagogo influyente… Pero, por encima de todo, él se consideraba poeta. Nunca lo podremos entender sin captar su dimensión poética, incluso más allá de los poemas que escribió. A modo de ejemplo, comenzó a escribir poesía en catalán tras la muerte de su madre. La poética de Santos Torroella es siempre un diálogo con lo intangible, trascendiendo las palabras. Echemos un vistazo a algunos títulos de sus poemarios –Ciudad perdida, Nadie, Sombra infiel, Hombre antiguo, Cerrada noche– y descubriremos las mismas inquietudes de aquel niño de ocho años enfrentado al cielo infinito.

Un día fuimos a Portbou, donde me enseñó el espacio que había comprado para el reposo eterno. En un poema –Hacia Walter Benjamin–, concluía: «Allí me esperan todos: yo creo, como ellos, en algo más allá de las palabras».

Más allá de las palabras, la voz desnuda de Santos Torroella, indeleble en poemarios rellenos de sabiduría eterna, fruto de una experiencia trascendente que nos acompaña a cada momento. Yo me voy; os dejo, solos, con su voz:

No temáis, todavía

cabe mucho dolor en cualquier hombre.

No se enloquece así,

tan fácilmente. No se rompe

como vaso de vidrio el corazón,

al primer golpe. Estamos sabiamente

hechos para sufrir,

con materiales duros, por la fuerte

mano artesanal que hizo cada cosa.

Está tenso el cristal: por eso salta

tras su límite exacto. Mas al hombre

le quedarán sus gritos y sus lágrimas.