Aquella noche Denise Sandell apareció por sorpresa en el hall del hotel donde estábamos todos reunidos. Dijo que había llegado desde Nueva York con su viejo descapotable después de una larga jornada conduciendo sin parar.

Enseguida se sentó con nosotros y empezó a relatarnos la historia de su encuentro con Salvador Dalí allá por el año 1969, y cómo éste había visto en ella al doble de Marilyn. En los ojos relucientes de la provecta mujer que nos hablaba, todavía quedaba algo de aquella Esfinge camuflada de muñeca virginal en la que se había fijado el ínclito pintor de los relojes blandos.

Imagen original de autor no identificado (cortesía de Denise Sandell) alterada mediante dreamdrugs by Ramon Blanquer.

Después de amenizarnos con sus palabras, entre copas y risas, alrededor de las once, Denise nos invitó a unos cuantos a recorrer las calles de St. Petersburgo con el descapotable que había dejado aparcado a las puertas del hotel. La noche era cálida. Todas las estrellas parecían estar pendientes de nosotros y la brisa del atlántico acariciando nuestros rostros era como si los dioses nos abanicaran desde el paraíso.

Cuando volvimos al hotel, al cabo de un rato, algo inesperado había sucedido y todo el mundo empezó a comportarse de una manera extraña sin motivo aparente. William Jeffett se frotaba los ojos insistentemente a la búsqueda de fosfenos fluorescentes que pudieran cristalizar en perlas marinas. Pilar Parcerisas hablaba con un torero alucinógeno que sólo ella podía ver y balbuceaba frases inconexas que nadie podía entender. David Lomas daba saltos de alegría y decía ser Leonardo Da Vinci. Elliott King se había hecho tan pequeño como el increíble hombre menguante y sus gafas parecían dos ventanales modern style. Frédérique deambulaba desnuda con una clámide sobre los hombros y Ricard Mas bailaba un charlestón completamente solo con su gorra habitual de bateador de béisbol. El sexo de Tani era una langosta americana que me miraba desafiante. La princesa Astrid caminaba del brazo de Guillermo Tell, que había cambiado el arco y las flechas por un revólver del calibre 38. Dawn Ades gesticulaba con un solo brazo porque el otro se lo habían robado en una tienda de suvenires. Y mi buen amigo Haim Finkelstein me mostraba sus pinturas y me hablaba en hebreo y catalán al mismo tiempo. Mientras tanto, yo me emborrachaba con la refrescante agua de piel de naranja que me recordaba a mi país natal.

Al final, todos nos fuimos a dormir y nos volvimos a encontrar con Denise, que se había convertido en El Monstruo de los Sueños. Y a media voz nos dijo: «Yo no soy, como pensaba Homero, un hermano de la muerte sino más bien un hermano de la vida».