Tommaso quería ser pintor, pero en su interior ya sabía que nunca sería nada más que un artista mediocre. Con la excusa de su vocación incipiente, cuando apenas la barba le empezaba a crecer, pidió entrar como aprendiz en el taller de Michelangelo.

No olvidó el primer día que vio al Maestro. Unos asistentes que se dedicaban a hacer de mediadores entre el escultor y los aprendices le habían dicho que no dijera ni una palabra mientras Michelangelo trabajaba, sólo que se dedicara a observar desde atrás. Como mucho, podía dibujar, pero nunca ninguna de las esculturas del taller.

Restauración del David, de Michelangelo Buonarrotti. Imagen alterada mediante dreamdrugs, by Ramon Blanquer.

Sentado en un taburete, Michelangelo picaba el mármol que representaba el torso de un joven de gesto desesperado. La belleza no estaba sólo en la escultura inacabada sino en la precisión con la que el escultor modelaba la obra. Y, sobre todo, la manera. Michelangelo ya era un hombre mayor, pero la energía con la que daba los golpes al mármol era la de un hombre lleno de energía. No sentía nada, no veía nada, sólo picaba y picaba, con la seguridad de estar vaciando en el lugar preciso. Como si ya hubiera visto el golpe antes de darlo. Ese día, quizás era verano, Michelangelo sólo llevaba una larga camisola blanca, a la que le habían cortado las mangas, seguramente para convertirla en una pieza fresca para trabajar. Tommaso observó que los brazos del escultor parecían tan moldeados como los de una escultura. Escultura y artista se definían mutuamente. Los pequeños fragmentos saltaban del cincel en forma de lluvia de mármol. Todo el suelo del taller estaba salpicado de gotas blancas, como si una leve granizada hubiera caído entre aquellas cuatro paredes.

Después de tres o cuatro horas de aquella tarde luminosa, Tommaso pudo ver por primera vez el rostro de Michelangelo, cuando decidió hacer una pausa en su trabajo. Su mirada viva, brillante, también era la de un hombre mucho más joven. Con la comisura de los párpados ligeramente alargada y las pestañas largas como las de una mujer, los ojos de color avellana se clavaron en los de Tommasso. A pesar de los labios apretados, la piel oscurecida y llena de manchas y la nariz aplastada por el famoso puñetazo que un compañero de taller le propinó en una pelea cuando Michelangelo era adolescente, su rostro, en cambio, tenía una inaudita armonía.

– ¿Qué haces aquí? ¿Hace mucho rato que estás?

– Sí… los asistentes me han dicho que esperara aquí en silencio. Soy uno de los aspirantes a aprendiz.

Michelangelo se levantó del taburete y entonces Tommaso vio que caminaba y se movía ágilmente. ¡Dios! su abuelo debería tener la misma edad que el escultor y ya no podía ni andar…

– ¿Y qué quieres hacer?

– Pues pintar…

– ¿Pintar, qué?

– No lo sé, Maestro.

– Mira, chaval, no puedes aspirar a ser pintor si de entrada no sabes qué quieres pintar. Esto es lo más importante. Ya aprenderás cómo hacerlo si tienes un mínimo de habilidad. En Roma hay cuatrocientos artistas de tercera fila que te pueden enseñar. Lo crucial es qué quieres hacer, no cómo. Empezamos muy mal. Sólo con esto ya tengo una razón para no aceptarte aquí.

– Lo siento, pero verdaderamente no lo sé.

– Bueno, al menos eres sincero –sonrió levemente–. ¿De dónde sales? No eres como los otros chicos con el mismo discursito de «quiero ser artista» que suelen venir por aquí.

– ¿A qué se refiere, maestro?

– Estás bien alimentado y vistes con sedas. Eres muy alto para tu edad y esta piel no ha soportado horas de sol. No vienen demasiados chicos de buena familia por aquí.

– ¿Es que los chicos de buena familia no pueden aspirar a ser artistas?

– Claro, hijo. He conocido algunos, pero sus padres nunca me los envían a mí. No tengo buena fama de ser buen maestro. Dicen que soy huraño, avaro, impaciente, egoísta y malhablado. ¡Coño! ¡Y sodomita, claro! No lo olvidemos. Todos los marqueses y banqueros temen por los traseros de sus hijos, pero son los mismos individuos que luego te encuentras al atardecer agujereando ojos de culos tiernos en la isla Tiberina a cambio sólo de un trozo de pan.

– Messer, no sé de qué me habla y no han sido mis padres los que han decidido que le venga a ver, sino yo. Vivo muy cerca de la casa del mejor artista de Italia y no quiero desaprovechar esta casualidad. Quiero aprender de vos. ¿Me admitís o no?

Se produjo un largo silencio.

– Si no os va bien o os molesta que sea de buena familia, me voy. Sólo me lo tenéis que decir.

Tommaso se levantó.

– Vas al grano, chico. Yo también tenía esta prisa a tu edad. ¿Has traído algo de lo que haces para que pueda valorarte?

– Algunos dibujos, Messer.

– Bueno, ahora vuelve a sentarte, los trataremos después. Vamos ya a la primera lección ya que tienes tanta prisa. ¿Recuerdas lo primero que te he preguntado? Pregúntame ahora a mí.

Tommaso dudó un momento.

– ¿Qué deseáis pintar, maestro? ¿Qué deseáis esculpir? ¿Qué deseáis dibujar?

– Una única cosa. La obra de Dios.

Tommaso fue diariamente al taller de Michelangelo desde aquella mañana. Se dedicaba a copiar con sanguina fragmentos de escultura que el artista había descartado porque el mármol tenía vetas o simplemente porque la pieza no había salido como el maestro pretendía. Estaban arrinconados por el estudio, pero también había por el resto de la casa: en la cocina, en las escaleras, las habitaciones de arriba y, sobre todo, en el jardín. «Mira cuánta belleza hay en estos fragmentos, Tommaso», le había dicho Michelangelo. También copiaba los dibujitos rápidos que el artista había dejado en las paredes de toda la casa. En el muro de la escalera, estaba el dibujo de una calavera que inquietaba al joven porque a pesar de no tener ojos, tenía la extraña virtud de tener mirada: una mirada de terror. «Recuerda que todos vamos a morir, Tommaso». El joven también dibujaba los gatos que vivían en el huerto y los dos caballos del establo. Pero por más que entrenara la mano y le gustara dibujar, el joven sabía que sus bocetos siempre serían los de un simple aficionado. Junto a la obra de Michelangelo, cualquier pequeño talento quedaba eclipsado. Y seguía sin saber qué pintar. Era muy consciente de ello, pero Tommaso quería quedarse lo máximo posible en aquella casa porque estaba aprendiendo tantas otras cosas.

¡Siempre paseándose con aquellos aires de superioridad, lleno de collares y aquella melena rizada de niña!

La fama de malhumorado de Michelangelo era cierta, pero sólo en parte. Lo era cuando hablaba de cosas que le indignaban, de situaciones que consideraba injustas o de personajes a los que tenía especial aversión como su compatriota Leonardo da Vinci, a quien admiraba y odiaba con la misma intensidad. De vez en cuando Tommaso sacaba a en la conversación a Leonardo para provocar a Michelangelo. «¡Aquel afeminado arrogante y sesudo, que recojonudamente bueno era! El señor Perfección. Como me hubiera gustado compartir con él las paredes del Palazzo Vecchio para enseñarle cuatro cosas y demostrar quién era el mejor de los dos. ¡Cabronazo alfeñique! ¡Siempre paseándose con aquellos aires de superioridad, lleno de collares y aquella melena rizada de niña! Y no te lo miraras mucho, que no estabas a su altura, pensándose que era alguien, cuando sólo era un bastardo de un pueblo de mala muerte. Y lo llamó el rey de Francia. ¡Uy! ¡Qué privilegiooooo! ¡Pues ahí se quedó, y nadie nunca más lo reclamó desde Italia! ¡Ja, ja! Acabó muriendo en la corte más azucarada y de peor gusto de Europa. ¡No le envidio! «. Y mientras exclamaba todo esto, le daba todavía más fuerte al mármol como si la escultura que pugnaba por salir fuera el propio Leonardo. Tommaso reía.

[Fragmento de ficción en proceso]