Cuando las cosas iban mal, Amelia siempre recordaba aquel paraguas.

Lo tuvo mucho tiempo en el paragüero de la galería; no lo había tocado desde que se lo había olvidado su propietario. Una mañana lo descubrió allí. La tarde anterior había llovido mucho, y alguno de los visitantes debería haberse olvidado de cogerlo a la salida.

Fragmento de Les vacances de Hegel (1958), de René Magritte. Imagen alterada mediante dreamdrugs, by Ramon Blanquer.

La galería atravesaba unos momentos muy difíciles. Parecía que el arte había dejado de interesar. No vendían nada y estaban muy endeudados. La situación era poco alentadora y muy desesperante. Pero el día que apareció el paraguas, Amelia hizo una buena venta y la semana siguiente otra. Poco a poco, y como por arte de magia, volvieron a venir clientes que daban por desaparecidos e incluso vinieron nuevos. Coleccionistas compulsivos y sorprendentes, como un empresario de Chicago, que vino varias veces con su amante, una joven suiza despampanante, o un señor de Figueras, tan gordo, que casi no podía caminar. Bajaba de un taxi y se sentaba en la entrada de la galería. Amelia llevaba los cuadros del almacén hasta allí para que eligiera, y compraba un lote entero cada vez que venía. Parecía que la mala racha había pasado…

Amelia comenzó a pensar que aquel resurgimiento había sido cosa del paraguas. Quién sabe si no lo había dejado allí un ser mágico, un hada como Mary Poppins que quería ayudarles. Lo que era seguro, era que todo había coincidido con la aparición del paraguas. Amelia se propuso protegerlo. Si el paraguas desaparecía, quizá la suerte también lo haría.

“Mañana te lo devuelvo», dijo. Pero no lo devolvió nunca más.

Un día se puso a llover fuerte a la hora de cerrar. Un compañero de Amelia, al salir, se dio cuenta de que no llevaba paraguas, y decidió coger el que ella custodiaba como si fuera el bien más preciado. Ella se resistió, pero no le hizo caso: «Mañana te lo devuelvo», dijo. Pero no lo devolvió nunca más. Por más que ella le reclamó, siempre le dio excusas. Un día, meses después, y viendo que las cosas volvían a ir mal, Amelia le reclamó el paraguas muy en serio. «Lo siento, se me rompió», le dijo. No había nada que hacer: había quedado claro que el paraguas no volvería nunca más.

Las cosas se volvieron a complicar. Los clientes volvieron a desaparecer, y la galería volvió a endeudarse. Pero a aquel compañero, que ya se había jubilado, las cosas le iban viento en popa.