Primera parte: el relato en verso

Imaginad tres escenas:

 

Dante ofrece sus poemas a un editor

y este no los quiere ni leer.

 

Leonardo da Vinci intenta

que alguien contemple sus cuadros

y no logra ni un minuto de atención.

 

Bernini ha esculpido un éxtasis

que nadie ha querido mirar

salvo algunos familiares y colegas.

Fragmento de La Divina Commedia illumina Firenze (1465), de Domenico di Michelino. Imagen alterada mediante dreamdrugs, by Ramon Blanquer.

 

Segunda parte: el relato ampliado, en prosa

Ese Dante quizá no se llamaba Dante, ni los Leonardo y Bernini de principios del siglo XXI se llaman necesariamente así. Ni siquiera es probable que fueran o sean italianos o italianas. Pero quizá sus obras no son menos dignas de atención que las de ese trío antiguo y justamente celebrado (justamente celebrado por ser antiguo).

Dante

Pues bien: a ese Dante no italiano le dijeron, sin necesidad de leer sus poemas -¡el tiempo apremia!-, que sus libros eran demasiado largos, que una editorial tan importante no podía publicar a un poeta como él, “no consolidado”, es decir, con poca obra publicada. Y le sugirieron con presteza la posibilidad de publicar en una pequeña editorial “independiente” (es decir, de escasa, irrelevante difusión) que podría sintonizar con ese tipo de poemas. Eso sí –le advirtió, quizá con otras palabras, el editor “importante”-, deberá usted tener paciencia, pues hace meses que nadie ha visto a ese pequeño editor independiente en su domicilio habitual, y en las últimas semanas algunos vecinos suyos se han quejado al presidente de la comunidad por las frecuentes visitas de un inquietante hombre que suele pulular por las aceras y se presenta en la entrada del edificio y ante la portera, a veces  disfrazado de gallina, o bien de payaso con maquillaje harinoso y brillantes lentejuelas, y que otros días ostenta un aparatoso traje de etiqueta, como para ir al Teatro de la Ópera, pero con accesorios absurdos, más apayasados que elegantes. Y el caso es que, además de asustar a la portera, ese hombre conspicuo suele lucir muy visibles pancartas contra “EL MOROSO”, donde se cita también el nombre y el apellido del editor que tal vez, como le dije, le haría caso y le comprendería, señor Dante.

«No más de cincuenta páginas, que el papel va muy caro».

Y fue tan extravertido y fluvial el editor de poetas consolidados gracias a la consolidadora cantidad de libros publicados, y fue tan generoso malgastando en nuevos y sorprententes consejos no solicitados su valioso tiempo que apremia, que –mientras apuraba su segundo vaso de whisky de malta con hielo, y sin haber llegado a invitar al desconocido poeta a probar el estupendo destilado- añadió esto a lo ya dicho poco antes al no consolidado señor Dante:

“Y, por supuesto, amigo Dante, olvídese de hacer una trilogía. El título de la primera parte está bastante bien. Así que mejor concéntrese en el primer libro y envíenos cuando pueda una versión resumida. No más de cincuenta páginas, que el papel va muy caro y, después de la crisis de los banqueros prófugos, el gobierno ya no da subvenciones a la edición literaria… (…) Pero anímese, que vamos a prestarle atención… Lo mirará primero el becario, y luego el comité editorial y el departamento de administración ya decidirán si la edición es rentable. Digo… viable… ¡Sostenible!… En cuanto a fechas de publicación… Si se aprueba… Mínimo tres años de espera. Y estooo… ¡Carmen!: ¿hay más whisky en el mueble-bar?”.

Leonardo

La experiencia posmoderna del posible Leonardo del siglo XXI, en su intento de obtener un poco de atención y el apoyo imprescindible para poder realizar al menos una parte de sus numerosos y extraordinarios proyectos multidisciplinares, tuvo un tono más psicodélico. Para empezar, el gran empresario y filántropo a quien acudió con la esperanza de encontrar por fin un mecenas, resultó ser un hombre que no podía parar de hablar. No parecía un mecenas.

Ya su saludo de bienvenida fue desconcertante, y no sólo por su tendencia a duplicar las palabras: “¡Así que usted es el artista!… ¡Vaya, vaya!… ¡Me dicen que es usted muy polifacético! ¡Como Leotardo da Vinci!…¡Le sigo, le sigo!… ¡Pase, pase!…”.

Tan atolondrado era o estaba aquel individuo –con fama, también, de patrón explotador, a la altura de sus antepasados esclavistas- que, durante la visita de Leonardo a su señorial residencia, el locuaz anfitrión llegó a tropezar unas catorce veces -mientras andaba, gesticulaba y hablaba sin freno- con los escasos cuatro muebles que se encontraban en su despacho: dos recias sillas oscuras, un armario de origen caribeño y una sólida mesa de madera, por desgracia para él muy aristada.

«Y usted… ¿Qué piensa de los semáforos?…».

Lo que inquietó a nuestro Leonardo del siglo XXI, aparte del talante hiperveloz del antes posible y pronto dudoso mecenas, no fue sólo el propio contenido de lo que dijo, sino también el modo en que lo dijo. Fue justo después de escuchar -con expresión bovina- la única breve explicación que el artista logró insertar en su exuberante y arduo monólogo, cuando el finalmente no mecenas cambió inopinadamente de tema y, mirándole fijamente a los ojos, inquirió, con un tono enfático y solemne: “Y usted… ¿Qué piensa de los semáforos?…”.  (… ??? …) Y, tras un silencio tal vez largo, prosiguió y aceleró su inconexa perorata, que a nuestro Leonardo –pese a su extraordinaria inteligencia- le pareció una deriva conceptual difícil de seguir. Concretamente, el ya imposible mecenas descendiente de negreros se explayó hablando fragmentariamente sobre temas tan diversos como lo peligroso que resulta llevar un reloj de oro al pasear por los alrededores de Caracas, “lo demasiado parecidos” que son los colores de los semáforos (rojo, naranja y verde), o lo “injustos” que fueron con él cuando se examinó para conseguir el título de patrón de yate (fue ahí, justo explicando ese episodio, cuando más chocó con los muebles).

Y tras una pausa –quizá respiratoria- que duró lo que un suspiro, prosiguió sus torrenciales reflexiones, esta vez en torno a asuntos como el precio de los percebes, el cultivo de cipreses, las dificultades de cierto cursillo de meditación “mindfulness”, las peculiaridades de la lencería fetichista en Bulgaria (“¡capital Sofía!”, dijo automáticamente), las abusivas tarifas de cierto chamán andaluz (de un pueblo llamado Zahara de los Atunes), los efectos estupefacientes de la ayahuasca en los indios del Amazonas y finalmente –quizás a modo de conclusión y epílogo- las costumbres invernales del lirón común y lo mucho que se mareó en su reciente viaje aventurero por la Patagonia y los Andes del Perú. Era un hombre muy cosmopolita.

Nuestro –a su vez– a estas alturas también imposible Leonardo de la era posmoderna, entendió que aquel daltónico hiperactivo, acelerado y posiblemente cocainómano o aficionado al peyote, definitivamente nunca iba a poder comprender el sentido de su obra plástica, que no sólo no era en blanco y negro, sino que exigía al menos un minuto de atención y, si no era pedir demasiado, incluso aquella difícil actividad espiritual y sensorial antaño llamada contemplación.

Por otra parte, observó que el anfitrión, durante su caótico monólogo ininterrumpible, no había acertado ni una sola vez a pronunciar correctamente su nombre (que no es tan difícil: Leonardo). Aquel tipo parecía tener un arsenal de nombres y motes erróneos: le llamó Leo, Eduardo, Leopoldo… incluso Poldo. Y, llegado el momento de la despedida, mientras el artista dudaba si ayudar a aquel pobre millonario antimecenas facilitándole la dirección de un buen médico hipnotizador, en realidad fue el rico no mecenas quien –más rápido de reflejos- logró sorprender a su visitante hasta el último segundo: “¡Me ha encantado hablar con usted!… ¡Vuelva cuando quiera, Leopardi!”.

Bernini

Más humillante fue la experiencia del Bernini no italiano y activo en los años de la barbarie posmoderna. Hasta aquel momento había logrado realizar, tras muchos años de trabajo, sólo una muy pequeña parte de sus mejores proyectos artísticos, debido a la falta de recursos económicos para su producción y de apoyo por parte de los poderes culturales de su difícil, antimeritocrático y corrupto país. A menudo sentía, pensaba o sospechaba que se había equivocado de país o de época, o de ambas cosas. Y esto es lo que tuvo que escuchar en su fracasada visita al quizá prestigioso y sin duda muy subvencionado CAPPA (Centro de Arte y de Proyectos Participativos de Aquí), en ese momento dirigido por una “exmilitante independiente” del partido en el poder:

«Veo difícil que a tu edad puedas encajar en nuestro relato».

“Lo siento, Bernini. Ya sabes que aquí empatizamos mucho con los proyectos disruptivos, pero ahora nuestro programa está tutelado por la ACCAA (Asociación de Críticas y Críticos de Arte de Aquí) y por la PAVA (Plataforma de Artistas Visuales de Aquí), y veo difícil que a tu edad puedas encajar en nuestro relato, en nuestra línea de actuación, que apuesta resueltamente por el arte emergente, crítico y de género, y por las nuevas tecnologías. Otra cosa te podría decir si nos propones otro tipo de proyecto, tal vez online, que implique al barrio, al territorio, al tejido social… Algo más participativo, o que reivindique la sostenibilidad, la visibilidad de las identidades sexuales alternativas, las nuevas resiliencias, la inteligencia artificial, el pensamiento posthumano… No sé, quizás algo con botones… Quiero decir, con pantallas táctiles… ¡Eso es!: Un proyecto digital, interactivo. Que el público abandone por fin su papel pasivo y cree su propia obra, con esas aplicaciones informáticas de última generación. Que son espectaculares…”.

Y Bernini escuchaba todo aquello con una paciencia y una serenidad casi incomprensibles.