No lo podía creer. Tantos años removiendo entre los Encants Vells, pero Manel estaba seguro: nunca había hecho una pescada como ésta. Sus ojos sabios, acostumbrados a batallas por razones alimenticias, con el tiempo se habían ido afinando hasta extremos inconfesables.

Por otra parte, su curiosidad innata y la memoria fotográfica supongo que debían hacer el resto. Ese día, sin duda, era su día.

Retrato de Enric Prat de la Riba (1917) por Ismael Smith. Imagen alterada mediante dreamdrugs, by Ramon Blanquer.

Entre un lote de revistas subidas de tono esparcidas por el suelo, una decena de vinilos de la época de Emili Vendrell, unas jarras pequeñas de calamina de aires tardomodernistas dispuestas en frágil equilibrio sobre un alto sifonier de chapa de los años treinta, se dejó entrever una cabecita de yeso grisáceo con una frente arrugada y una mirada potente y penetrante, que enseguida le hizo detener la búsqueda.

Cuando esto ocurre –y no es muy a menudo– es porque la pieza visionada transmite una especie de pulsión, un embate de vida, que va más allá de lo que, con tanta mediocridad, un taller o una fábrica pueden reproducir en serie, en molde, faltos de nervio.

No había duda, ¡era una escultura del gran Ismael Smith! Sí, el dandy y homosexual artista catalán elogiado por Eugeni d’Ors como uno de los pioneros del Novecentismo. Y, más tarde, exiliado voluntariamente en los Estados Unidos después de su aventura parisina donde, además de comprarse corbatas de seda, se puso à la page de las vanguardias de sus colegas como Picasso y el grupo barcelonés del Guayaba. ¿Como no reconocer esta fuerza turbadora de las piezas del genial escultor? Aquí, a inicios del siglo XX, no había nadie que se atreviera a hacer retratos donde los rasgos individuales de los retratos se deformaran en clave tan expresionista, dotándolos de una energía vigorosa y pavorosa como si fueran espejismos grotescos de ellos mismos. Esto sólo lo podía hacer uno, Ismael Smith.

Pero ¿qué caramba hacía esa cabeza de casi 60 centímetros medio escondida en el suelo? ¿Como había ido a parar a aquel rincón del mercado que cada miércoles por la mañana, muy temprano, visitaba en busca de alguna adquisición para sacarse unos eurillos para ir haciendo el jornal? Si las piezas hablaran, pensaba a menudo, la de historias rocambolescas que nos explicarían. Le costó serenarse, hacer bajar la tensión del momento, y preguntó al vendedor el precio como si nada. El hombre contestó con una cifra baja, impropia de un gran escultor como él –de los mejores de la época–, y que significaba una cosa clara: el vendedor no tenía ni idea de la joya que tenía bajo los pies.

Mirando con discreción alrededor, a ver si podía encontrar posible competencia, Manel sonrió al ver el campo libre, y le ofreció la cantidad indicada sin siquiera pedirle descuento (como casi siempre hacía, dado que, como es sabido, en los Encants nada tiene el precio indicado sino que una de las gracias es jugar a la oferta y la contraoferta). Con sólo una bolsa azul de Ikea que a veces llevaba encima cuando cogía trastos voluminosos, Manel se alejó del campo de batalla de objetos y curiosos, y fue tirado tranquilamente con cuidado hasta un banco a junto a la siempre inacabada Plaza de las Glorias. ¡Él sí que estaba en la gloria!

Fue entonces, en aquel momento de sentarse y abrir la bolsa, que pudo disfrutar de la certeza de tener ante sus ojos ¡una magnífica testa del maestro Smith! El yeso mostraba un hombre de mediana edad, con arrugas en la frente, las mejillas prominentes y la sombra de los ojos y las tramas del pelo pintadas con unos leves colores azulados que le otorgaban unos aires irreales, geniales. Entonces recordó que, en ocasiones, Smith encargaba a algunos amigos de oficio que colaboraran con él como, por ejemplo, Zuloaga, que iluminó algunos de sus frágiles yesos. Pero aún tenía una duda, ¿quién era el retratado? No tenía ni idea. Habría que investigar un poco.

Por suerte, en su piso tenía una copiosa biblioteca de libros de arte que había ido recogiendo y comprando con los años de oficio, y que venían a formar su corpus de obra donde, por supuesto, no podía faltar un volumen monográfico dedicado al estimado Smith. Al abrir el catálogo por las primeras páginas, las dudas se aclararon. Una fotografía en blanco y negro mostraba tan ilustre testa con un texto debajo donde se leía: «Busto de Enric Prat de la Riba (paradero desconocido)». En efecto, esta y otras piezas del taller del artista, en el Barrio Gótico, desaparecieron en los tumultos de la Guerra (In)civil. Y la cabeza del Presidente de la Mancomunidad de Cataluña era una de las más notables pérdidas.

Pues he aquí que no, que pasados más de ochenta años, la pieza había estado perdida pero ahora ya no; estaba en su piso pequeño situado en el corazón del Eixample derecho. ¿Quién sería el antiguo propietario? ¿Como había ido a parar a un lugar tan terrenal como los Encants, esta pieza digna de museo? Estas y otras cuestiones le asaltaban en este momento dulce, con sabor a victoria; al tiempo que también se mezclaban cuestiones sobre temas no tan elevados como, por ejemplo: ¿cuánto podría pedir si la vendiera a una venerable institución? Tenía claro que la pieza era maravillosa y de gran valor histórico-artístico. Pero él, por encima de todo, era comercial freelance y bien tenía que ganarse el pan (como decía el bueno del pintor Jaume Mercadé). Sin duda aquí tenía un problema. La media de piezas con las que se peleaba eran baratijas para subastas y anticuarios, pero esta escultura era insigne, mayúscula, y requería un contacto más potente que tuviera tratos con museos e instituciones importantes del país.

Hallazgos como éste pasan una vez cada diez años y había que trabajar deprisa.

De noche se le hizo la luz, pensó en Joaquín, que tenía tienda en Gracia. Joaquim era colega suyo hacía años y, precisamente, no hacía mucho, le había dedicado una exposición monográfica al dandy Smith con lo mejor de su obra gráfica, formada por dibujos y grabados estrafalarios pero geniales. Al día siguiente iría a verle. Fotografiaría bien la pieza y se la enseñaría, para ver qué podrían hacer. Hacia las 10 horas de la mañana ya estaba en la tienda de su amigo anticuario, un espacio que mezclaba piezas de alta época con otros de tipo etnográfico, eso sin descuidar una galería dedicada al mundo del papel, que lo transformaba en uno los pocos especialistas en la materia. Ambos reconocieron que había sido un encuentro excepcional, y después de hacer un hueco en la agenda para ver la pieza in situ, creyeron que enseguida habría que sacar adelante la redacción de un estudio sobre la historia y vicisitudes de la obra. Hallazgos como éste pasan una vez cada diez años y había que trabajar deprisa. Las instituciones del país tenían unos presupuestos limitados. Casi no contaban con inversiones para adquisiciones y al acercarse el calendario electoral había que moverse veloz como un guepardo. Los primeros contactos con algunos museos de ámbito nacional se iniciaron, pero, sorprendentemente, la respuesta no fue la esperada y quedó en vía muerta. Manuel no daba crédito a que una pieza como ésta, la del Presidente de la Mancomunidad, perdida durante tanto tiempo, no despertara la sensibilidad de las autoridades competentes. Sin embargo, no desesperó, y en pocos días se animó cuando Joaquim le llamó para informarle de que habían recibido una llamada del Museo de Historia; que habían recibido los informes y que habían captado la relevancia del encuentro, y que querían ver la pieza físicamente. Entonces Manel llevó la testa a la tienda de su amigo y después de dejar estipuladas las condiciones de venta –cuestión no menor porque alguna vez había tenido malas experiencias frente a otros colegas que habían pasado a ser traidores porque, uno sabe, las palabras a menudo vuelan ante el dinero–, esperó con paciencia las buenas nuevas de su socio; noticias que no tardaron mucho. Los del museo palidecieron ante la feroz testa de Smith que, sucia como estaba todavía con el polvo, tal como se había encontrado, le daba una imagen aún más decrépita y venerable. Estaban interesados. La comprarían, tan pronto como se reunieran con los del Patronato y se valoraran las diversas opciones en función de los magros presupuestos. Manuel brindó con cava. Hacía unas semanas de aquel feliz encuentro en los Encants y ahora sabía que en cuestión de meses, aquella reliquia volvería a estar en un lugar digno de la altura artística del retrato y de su creador.

La vida de comprador freelance a veces te da estas satisfacciones. La mediocridad del día a día y la estrechez de los tiempos actuales nos ahogan muchas jornadas pero, a saber, sea por cuestión de estadística, por un cúmulo de factores, como la buena mirada («el ojo» que dice Arnau, otro buen amigo, anticuario) o, sencillamente, por la casualidad de estar en el lugar y el momento oportuno, a veces un golpe de suerte nos puede cambiar temporalmente la vida. No, Manuel no se hizo rico, ni multimillonario. Por desgracia en este pequeño país los grandes talentos muy a menudo no se valoran tanto como se merecen. Esta misma pieza en otro estado norte europeo debería haberse vendido tranquilamente por un cero más de lo que hizo aquí; pero no todo es el dinero. La satisfacción que le dio a Manel llevar a su hijo pequeño al Museo de Historia un sábado por la tarde a finales de octubre, y explicarle que el hombre con gesto serio frunciendo el ceño, era una pieza que había pasado por sus manos hacía tan poco, y que había sido creada por un artista loco genial y que representaba a un mandamás y político, le dio una sensación de disfrute y de felicidad que no se traduce en dinero ni con nada de este mundo . El trabajo, cuando se vive con pasión, no es trabajo, es un placer.

* Esta historia está basada en hechos reales. El autor, sin embargo, ha cambiado los nombres de sus protagonistas. Si deseáis disfrutar de la escultura, podéis hacerlo dirigiéndoos al Museo de Historia de Cataluña, a las salas de historia del siglo XX.