Es viernes 31 de julio del año de la pandemia. La canícula cae sobre la ciudad como un sudario antiguo. La sensación de calor se acentúa con el bozal que llevamos cuando salimos, como perros peligrosos, a la calle. Estoy a punto de comenzar unas vacaciones extrañas cuando recibo una llamada de una mujer que por la voz parece joven. Me cuenta que su padre tiene una importante colección de dibujos y me cita al día siguiente para verla en Argentona.

De nada sirve que le diga que ya estoy de vacaciones y que podríamos posponer la visita a septiembre. Hay personas negadas para la empatía que no sólo anteponen el yo a todo y a todos sino que lo imponen de tal manera que cuesta contrariarles. Además, no escuchan; me doy cuenta que su boca corre más que su cerebro. Insiste que es vital que vaya enseguida, mañana a ser posible. Y mientras me lo pienso me da las señas y cuelga.

Fragmento de Pastor dormido, de François Boucher. Imagen alterada mediante dreamdrugs, by Ramon Blanquer.

Es mediodía del uno de agosto del año de la peste. Voy en tren y el mar es una superficie plana de papel Albal que se funde con el cielo incólume como una cúpula de lapislázuli. Viendo el paisaje que pasa vorazmente por la ventana recuerdo mis visitas de jóven a una finca cercana a Mataró al pie de la carretera nacional donde vivían mis cuñados: los partidos de tenis, las cenas, las confidencias, han pasado treinta años que me parecen siglos envueltos por la niebla de la memoria.

La señora vive en un edificio anodino a las afueras del casco antiguo donde llega la brisa de un mar que se intuye pero no se ve.  Por el interfono me dice que no me puede atender y me emplaza a que vuelva a las cuatro de la tarde. Algo pasa, su voz se ha vuelto grave y autoritaria, brusca. Contrariado (pienso que estoy perdiendo el tiempo de mis vacaciones) aprovecho para ver el Museo del Botijo y me entra una sed terrible. Leo que en el siglo XVII una peste asoló Cataluña y el pueblo de Argentona rezó a Santo Domingo de Guzmán, santo protector de las aguas, y al sobrevivir a la pandemia la población quedó vinculada para siempre al agua, vocación expresada a través de mercados y fiestas para acabar cristalizando en este museo único.

Después de comer acudo a la casa, un piso de los años sesenta, triste. Huele a caldo. La mujer tiene setenta años largos mal llevados y sólo su voz la rejuvenece. Tiene la mirada gris y fría de gata vieja, sin ningún atisbo de calor humano. La televisión está demasiado alta,- no comprendo porqué nunca la apagan- y escupe imágenes de un reality-show en una isla exótica. Me pasa a la sala con muebles alfonsinos y una lámpara de Bacarrá, y la mujer lanza sobre la mesa un álbum de dibujos bellamente encuadernado en piel verde mientras esperamos a que llegue su padre. Se oyen pasos por el pasillo y llega el hombre, acompañado por un ayudante, andando en un tacatá con gran dificultad con los pies abiertos como un quitanieves. Es ciego. Su cráneo me recuerda al de Homero que pintó Rembrandt. Va vestido de domingo y en la entrepierna asoman unas gotas de orina bien visibles sobre el pantalón crema. Se presenta de manera ceremoniosa y me doy cuenta que utiliza un lenguaje antiguo como salido del Siglo de Oro español, un léxico preñado de dones y doñas y de verbos barrocos que me recuerda al de los maîtres de Parador Nacional o al de los eficientes conserjes del Barrio de Salamanca en Madrid. Me cuenta que su padre era alemán, de Berlín, y que llegó en los años cuarenta y se instaló en Barcelona y luego pasó a Argentona, y rememoro un vecino alemán viejo que conocí en Sitges de niño y que iba a su casa a lavarle el coche por mil pesetas y parecía buena persona. Con los años intuí que era un lobo travestido de cordero, un oficial nazi fugado en la España de Franco, como quizás lo fué el padre de este hombre ciego y nonagenario que tenía delante.Quizás él no lo supo nunca y detrás de aquel hombre bueno se escondía un despiadado criminal de guerra: es insondable la capacidad humana para mutar de piel como las serpientes.

En una de las páginas me doy cuenta que faltan algunos dibujos.

Mientras la hija pasaba rápidas las páginas del álbum me fijé en sus zapatillas gastadas con dos letras capitales enlazadas, parecían dos «G» como el anagrama de Gucci, pero demasiado ostentosas (el lujo cuando es de calidad no chirría) quizás compradas a vendedores furtivos en el paseo marítimo. En una de las páginas me doy cuenta que faltan algunos dibujos, se perfila leve la sombra de las tintas que allí estuvieron en contacto con el papel, pero cuando quiero cerciorarme la mujer me aparta la mano con un gesto brusco. Entre tanto, su padre me habla de sus dibujos comprados a los mejores anticuarios del mundo, obras de Cano, Guercino, Conchillos, Tiepolo, una colección de grandes nombres del arte antiguo como los cromos de La Liga de futbol que coleccionabamos de niños. Veo que muchos de estos dibujos ya no están allí y han sido sustituidos ahora por papeles verjurados blancos. Acaricia las páginas el viejo ciego y toca los papeles blancos pensando que son sus obras maestras del dibujo de todos los tiempos y sigue hablando de sus tesoros como un cazador de sus expediciones, el ciego se recrea en el pasado mientras yo miro fijamente a su hija y el ayudante, interrogo a ambos con la mirada cuando me doy cuenta que, de repente, se han convertido en figuras estáticas. La escena es tan absurda como triste. Nosotros vemos lo que el nonagenario no ve. Su mundo negro ha sido la coartada perfecta que ha encontrado la família para construir el fraude que ahora se ven obligados a compartir conmigo. No sé qué decir, sólo apunto algunos detalles en mi libreta y balbuceo que les llamaré pronto con una valoración. El calor es insoportable y el piso un horno húmedo. Hubiese agradecido tanto un vaso de agua pero ya es costumbre no dar de beber a los anticuarios no sea que nos llevemos el vaso.

Me despido del señor sin poderle dar la mano. La situación es rara e incomoda, no quiero darle un codazo y opto por ponerme la mano en el pecho, como veo que hacen algunos a la manera oriental. Luego me doy cuenta que da lo mismo como lo despida porqué él no me ve, todo es ridículo y disparatado como en un film de Woody Allen. El viejo se me acerca peligrosamente y me susurra: “no encontrarás en tu vida mejores dibujos que los míos” mientras me fijo en sus ojos vacíos y su sonrisa desdentada.

Apresurada, su hija me acompaña a la puerta. No puedo dejar de mirar sus zapatillas falsas. Mientras espero que llegue el ascensor me dice con voz de niña: “de alguna cosa teníamos que vivir…”y dibuja una sonrisa cómplice a la que no sé cómo responder. Al salir, me llega la brisa salada del mar y pienso que todo fue un sueño o un embuste. ¿Acaso el arte no es eso?