Los dos momentos más pujantes del arte catalán son el gótico y el modernismo. Dos momentos, también, de florecimiento económico, cultural y nacional.

La Cataluña industrial de finales del siglo XIX alimentó una burguesía necesitada de símbolos de estatus: nuevos edificios en el Ensanche barcelonés, pintura de temas amables para los nuevos hogares, mobiliario exuberante, voluptuosas artes decorativas… y libros.

Fragmento de la cubierta del libro Boires baixes (Nieblas bajas), con textos de Josep Maria Roviralta, partituras de Enric Granados e ilustraciones de Lluís Bonnín. Editado por Oliva de Vilanova en 1902, se trata de uno de los volúmenes más apreciados de la bibliofilia catalana.

Y es que una de las industrias más potentes de Barcelona, la editorial, crece de manera exponencial en plena revolución de las tecnologías de la reproducción de imágenes. Especialmente, la cromolitografía y el fotograbado. Una industria que creció en el mercado latinoamericano y que, todavía hoy, es emblemática de la Ciudad Condal.

Este rico universo, que incluye alta bibliofilia, exlibris, ricas encuadernaciones, colecciones populares, y ejemplares bellísimamente ilustrados, se puede admirar en la exposición El libro catalán en tiempo del modernismo, comisariada por Aitor Quiney y Eliseu Trenc en el Museo de Maricel, Sitges.

Las exposiciones de libros son un poco frustrantes: no podemos pasar las páginas de los ejemplares y, por lo tanto, sólo podemos admirar una pequeña porción de aquello que se nos presenta. Por otro lado, sin embargo, podemos descubrir tesoros que, en una librería de viejo o en un comercio en línea, valen entre 10 y 100 euros. O sea, la posibilidad de tener bellísimas obras de arte modernista al alcance.

Cubierta del libro Fortuny. Noticia biográfica y crítica, de Josep Yxart. Publicado en Barcelona por la Biblioteca Arte y Letras en 1881.

Pero, aparte de los libros, producidos industrialmente por editoriales como Montaner y Simón –que tenía la sede donde está ahora la actual Fundación Tàpies–, Espasa Hermanos, Salvat, y talleres como la Imprenta de Josep Thomas, El Adelanto u Oliva de Vilanova, en la exposición encontraremos muchos originales de ilustradores como Adrià Gual o Apel·les Mestres –algunos nunca expuestos–, diseños de encuadernaciones y carteles.

Los mejores artistas de Cataluña trabajaban al servicio de una imagen que, a partir de entonces, adquiriría tanta o más importancia que el texto.

Fue un momento glorioso: se diseñaban nuevas tipografías, las portadas de los libros eran verdaderos ejercicios de virtuosismo, los mejores artistas de Cataluña trabajaban al servicio de una imagen que, a partir de entonces, adquiría tanta o más importancia que el texto. A veces, incluso, espíritus polifacéticos como Santiago Rusiñol o Apel·les Mestres escribían poemarios y los ilustraban, en un afán de crear la obra de arte total.

La ventaja del libro respecto de otras artes plásticas es que al tener que sostenerlo con las manos, cerca del rostro, nos transmite, además de la evidente objetualidad física, una sensación de intimidad difícil de superar. Es como si nos pudiéramos fundir con la belleza. Una belleza impresionante que, ahora nos damos cuenta, siempre hemos tenido al alcance.

La exposición El libro catalán en tiempo del modernismo se puede visitar en el Museo de Maricel, de Sitges, hasta el 28 de febrero.