El Museo de Arte de Girona presenta, con toda su complejidad y sus contradicciones, a Modest Urgell (Barcelona, 1839-1919), en el marco del año dedicado a este pintor con motivo del centenario de su muerte.

Urgell fue criticado por mostrar una y otra vez sus paisajes con horizontes infinitos, campanarios perdidos, en esta Cataluña «pequeña, destartalada, desmantelada (..) esta Cataluña quieta, triste y solitaria» con cementerios silenciosos y medio olvidados.

Francesc Serra, Modest Urgell, en su taller, 1903. Arxiu Fotogràfic de Barcelona.

Pero ¿quién era Modest Urgell? ¿Qué otras facetas practicó, aparte de la de pintor? ¿Qué viajes y estancias lo marcaron? ¿Quién lo acompañó a lo largo de su trayecto profesional y personal? ¿Qué huella dejó en la generación más joven de pintores? Estas son algunas de las cuestiones que aborda la muestra bajo el comisariado de Carmen Clusellas, directora del Museo de Arte de Girona, responsable del Año Modest Urgell, y el historiador del arte Miquel-Àngel Codes Luna.

Modest Urgell, Marina (Berck), antes de 1873. Museu d’Art de Girona. Fons d’Art Diputació de Girona.

Sin duda es una muestra que abre ventanas y puertas, para seguir indagando y poniendo incisos en momentos claves de Urgell, como su estancia en Girona entre las décadas de 1860 y 1870, cuando se dedica a abordar sus aleluyas bajo el seudónimo de Katúfol. O bien sus diversas estancias en París, desde donde se desplazaría a la localidad balnearia de Berck, cerca del paso de Calais, a más tardar en 1872, que marcaría su manera de enfocar el paisaje; aquel horizonte bajo, con la raya a ras de suelo.

Modest Urgell, Barques a la platja (Berck), c. 1868-1872. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Las tertulias en París con Camille Corot, el escritor Alejandro Dumas hijo, y la cantante Sarah Bernhardt, acompañado de Francisco Miralles, nos hacen entender su maduración interna y su interpretación tan personal de los paisajes de Cataluña, entre Barcelona, el Empordà y el Ripollès. Una experiencia vital que enlaza con la de lo sublime de los románticos, y con la de los simbolistas visionarios; «en el umbral de la modernidad» como lo llama Clusellas, en la frontera de lo que sucedería justo después con Joan Miró o bien con Salvador Dalí.

Modest Urgell, Muralles de Girona, c. 1871. Museu d’Art de Girona. Fons d’Art Diputació de Girona.

La exposición recoge algunas de las principales obras de Urgell, como Costes de Catalunya (1864) depositado por el Museo del Prado en el Museo de Arte de Girona, o Barques a la platja (Berck) (c. 1868-1872) de la colección Carmen Thyssen-Bornemisza. La impactante Girona (1880) –de la antigua colección Alfonso XII, actualmente en las Colecciones Reales– constituye una alegoría de la resistencia de la ciudad de Girona durante los sitios de 1808 y 1809, en el marco de la Guerra de la Independencia Española, representada por las murallas desnudas y el águila que huye del escenario. Se expone al lado de Muralles de Girona (c. 1871), pintada casi una década antes, de dimensiones mucho más pequeñas.

Modest Urgell, El toc d’oració, c. 1876. Depósito del Museo Nacional del Prado, 1932. Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona.

También está presente El toc d’oració (c. 1876) –MNAC–, que tanta fama le daría, con la que obtendría la medalla de segunda clase en la Exposición de Bellas Artes de 1876 en Madrid, y que representó su consagración como pintor. A partir de aquí le lloverán los encargos. Otra composición que llama la atención y nos hace entender su faceta como dramaturgo es Acte de fe (c. 1898); aparecen personajes vestidos con túnicas, hogueras de libros, y una atmósfera siniestra y enigmática. Y en las vitrinas de la exposición acompañan las aleluyas, los textos de teatro y sus memorias, La gitaneta o memòries d’un Katufol (c. 1915), El murciélago. Memorias de una patum (1913), Catalunya (1905), y el Àlbum “L’auguri d’una gitana o la història d’un Katùful ilustrada pel propi Katúfol en nits de plujas, trons, llamps y pedregada any MDCCCXL” (c. 1918) vitales para entender su pensamiento.

Sin esta inmersión en medio de la naturaleza, este flâunerismo silente, no hubieran emergido sus cementerios abandonados y pequeñas iglesias perdidas.

Sus telas y dibujos transmiten la interpretación de lo que quería pintar «sugestionado por la primera impresión», en palabras del propio Urgell, tal como podemos captar en la inmensa El Pedregal (c. 1895), de la colección familiar del pintor, o bien en Paisatge (1885-1895) del MNAC. De este modo, la identificación fidedigna de paisajes es una hazaña totalmente condenada al fracaso. Sin embargo, fue muy trascendente este nomadismo de Urgell por los pequeños pueblos de Cataluña como Albons, Ultramort, Campdevànol, Cinc Claus, Espinelves, Vilabertran, por citar sólo algunos; sin esta inmersión en medio de la naturaleza, este flâunerismo silente, no hubieran emergido sus cementerios abandonados y pequeñas iglesias perdidas, de una densa simbología, empapada de melancolía.

Modest Urgell, El Pedregal, c. 1895. Colección Ricardo Urgell Martí.

El planteamiento de la exposición del Museo de Arte de Girona consigue que «lo de siempre» precisamente no sea «lo de siempre», sino un Urgell exhibido bajo una nueva luz, mostrando los enigmas aún pendientes de resolución. Por ejemplo, queda pendiente localizar alguna de las telas de la que fue su mujer, la pintora Eleonor Carreras Torrescasana. Por otro lado, la muestra hace patentes sus contradicciones: a pesar de su rebeldía, al final de su trayectoria era un artista muy cotizado, con un gran espíritu comercial, y focaliza sus momentos clave, como las estancias en París y en Berck. Y, finalmente, prosigue su legado en discípulos y pintores del siglo XX, que ocupa el último ámbito de la muestra, uno de los más interesantes.

Modest Urgell, Paisatge, 1885-1895. Legado de Dolors Rodés Cucurny, 1971. Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona.

En este ámbito se plantea la relación de su obra con la de su hijo Ricardo Urgell, o bien con su discípulo, Hermen Anglada Camarasa, presente con Paisatge i pont, de la Biblioteca Museo Víctor Balaguer de Vilanova i la Geltrú. De los pintores de pleno siglo XX se indica la herencia y admiración de Joan Miró, –de quien fue alumno entre 1907 y 1910– a través de unos dibujos de la Fundació Pilar i Joan Miró de Mallorca que constituyen una serie de homenajes directos, además de un acrílico de gran tamaño de principios de los años setenta de idéntica procedencia. El vínculo íntimo de Salvador Dalí con Urgell se resuelve con una reproducción de El nacimiento de las angustias líquidas (1932). De Joan Ponç se muestra Cementiri (1975). También se recoge el débito de Joan Hernández Pijuan con Urgell mediante la obra Pati amb xiprer (1986).

Modest Urgell trabajando en su taller, 1903-1913. Productor Editorial López. Arxiu Fotogràfic de Barcelona.

Se trata de una exposición que hay que recorrer detenidamente, que nos ofrece una nueva interpretación de Modest Urgell, con hilos para ir siguiendo y enigmas por resolver. Pero muy especialmente en clave del pintor que abrió nuevas vías de experimentación a los pintores que marcarían la modernidad en Cataluña. Uno de ellos fue Salvador Dalí, a quien la visión de las telas del Urgell le despertaba «la nostalgia espacial», y le hacían pensar en «Böcklin y de Chirico»; o bien Joan Miró, que confesó en una entrevista que la huella de Urgell estaba presente a través de tres formas que le obsesionaban: «un círculo rojo, la luna y una estrella.» Modest Urgell emerge definitivamente, así, más allá del horizonte.

La exposición Modest Urgell. Més enllà de l’horitzó se puede visitar en el Museo de Arte de Girona hasta el 20 de mayo de 2020.