La salida forzada de 44 piezas del Museu de Lleida, en dirección a Aragón al Monasterio de Sigena, en diciembre de 2017, fue una noticia ampliamente recogida por los medios de comunicación. Este hecho obligó a la dirección del museo a, entre otras cosas, replantear y remodelar algunas salas, como las de renacimiento y barroco.

Esta reelaboración del discurso museístico, sin embargo, hoy nos brinda la posibilidad de conocer más y mejor las obras de un período, el barroco, que no es tan conocido por el amplio público. Se trata de obras de los siglos XVII y XVIII, de los que el Museu de Lleida atesora una interesante selección, sobre todo de esculturas, así como de singulares piezas de cerámica.

Vista general de la sala dedicada al barroco en el Museu de Lleida.

La dedicación que, a mediados del siglo XX, emprendieron figuras como Cèsar Martinell, Josep M. Madurell o Santiago Alcolea, entre otros, fue crucial a la hora de desempolvar una etapa que hasta entonces en nuestra casa era tachada de decadente, y donde únicamente el nombre de Viladomat brillaba con luz propia. Pasadas unas décadas, prosiguieron los trabajos de historiadores del arte como Triadó y Joan Bosch y, detrás de ellos, una bandada de pacientes rastreadores que, poco a poco, ha ido dando a conocer que el panorama de estos siglos no era tan secundario como podía parecer a primera vista, tras la penosa situación del país a raíz de la derrota en la Guerra de Sucesión.

Pau Borràs, Maqueta de la Seu Nova de Lleida, 1762.

De hecho, y con el riesgo que tiene simplificar demasiado, podemos afirmar que en algunas disciplinas –escultura, orfebrería, xilografía– Cataluña tuvo una voz propia, singular, que la diferenciaba de otros núcleos artísticos nacionales. Nombres de escultores y imagineros como Agustí Pujol II, Joan Grau, Francesc Santacruz, Andreu Sala, los Roig, Morató, Costa, Sunyer, Bonifaç o los impresores Abadal, entre otros, hoy no son tan desconocidos por los especialistas gracias a la paciente labor de hurgar en archivos, bibliotecas o por la recuperación de fotografías en blanco y negro de antes de la Guerra del 36. Estos artistas manifiestan una calidad artística muy meritoria, superando con creces la estancada esfera gremial, y demuestran que el barroco arraigó en el sí del genio catalán, pasando a ser un estilo propio y particular (no exento de influencias foráneas).

Joan Grau, Martirio de San Juan Bautista, 1677-1678.

Con este espíritu recuperador y reivindicativo –superada ya la visión pesimista–, podemos encarar la mirada a las obras de estos siglos con orgullo y conocimiento. Así, pasear por la sala barroca del Museu de Lleida nos ofrece una pequeña pero selecta muestra de algunas de las mejores obras de los artistas de las tierras de Ponent. Joan Grau, seguramente en colaboración con su hijo Francesc, fue autor de dos pequeños pero magníficos relieves sobre la vida de san Juan, para el retablo mayor de la iglesia vieja de Sant Joan de Lleida (1677-78). Se trata de dos paneles que estaban en la predela del retablo desmontado a raíz del derribo de la iglesia en 1868 y que, tras varias vicisitudes, entraron a las colecciones del museo provincial a finales del siglo XIX. Uno nos muestra el Martirio de San Juan. Vemos al Bautista arrodillado junto a dos verdugos, en el momento anterior a su decapitación, mientras delante observamos una sensual Salomé –acompañada de una sirvienta–, ataviada con ricas telas y sosteniendo la bandeja donde, instantes después, se levantará la cabeza del santo como trofeo de batalla.

Joan Grau, Natividad de San Juan Bautista, 1677-1678.

La Natividad de San Juan Bautista es una escena más casera, deudora sin duda de la iconografía del nacimiento de la Virgen, pero donde los Grau no se olvidan de mostrar detalles curiosos como cortinajes, mesa con vasijas o, sencillamente, varios drapeados de los trajes con rameados –que imita la forma de los ramos– y policromía en vistosos colores.

Francesc Santacruz II, Asunción, 1679-1680.

La Asunción de Francesc Santacruz II (1679-1680), procedente del retablo mayor de la iglesia parroquial de Torres de Segre, es una excelente muestra de la calidad en el trabajo en talla de figura exenta, titular del altar. En palabras del historiador del arte Juan Bosch, se trata de «la de mayor entidad de todas las obras en madera que preservamos del autor». De medidas humanas y pensada para ser vista frontalmente, seguramente dentro de una hornacina o capillita, la pieza está vacía por detrás y revela una imagen triunfal de la Virgen. Va vestida con túnica de vistosos rameados, y con una testa de querubín que hace de valla a un manto adornado con motivos fitomórficos –de formas vegetales–. El rostro de la muchacha, con los pómulos rosados y el pelo largo y ondulado, incluso rezuma cierta sensualidad. Dos querubines con las alas perdidas lo acompañan, y también revelan la maestría del escultor en la captación del movimiento en la gestualidad de las piernas.

Virgen Niña, siglo XVIII.

Virgen Niña es otra joya. Se trata de una talla policromada de procedencia desconocida, fechada en el siglo XVIII. Revela el gusto por llevar a la cotidianidad algunas imágenes sagradas. En lugar de la típica Inmaculada o la Virgen con el niño en brazos y el manto rosado, aquí vemos una niña vestida como las criaturas del setecientos, con gesto amable y risueño, y solamente el cuarto de luna a los pies, y el demonio –símbolo del pecado–, nos dan la pista para su identificación iconográfica.

Cerámica polícroma leridana.

Una gran vitrina en la sala acoge una selección de cerámica polícroma leridana del barroco; así como piezas foráneas de diversa procedencia, adquiridas por la Generalitat de Cataluña y por la Diputación de Lleida, en 2016 y en 2017, respectivamente. Por su calidad, rareza y buen estado de conservación, se trata de la mejor colección de este tipo en el país. Se cuentan unas veinte piezas de loza leridana (de loza azul, pero también de piezas polícromas con forma de botes de boticario, frutales, platos, posavasos y un bacín de barbero). Destaca en especial un plato de loza polícroma leridana de hacia 1650-1675, de 42 cm de diámetro, con un papagayo de motivo central y una vistosa orla de vegetación floral. Un tema poco corriente que hace de este un ejemplar único y de gran tamaño. Los talleres de poniente tuvieron una producción escasa, y son difíciles de encontrar en el mercado del arte.

Cerámica de Sant Bartomeu de Bellpuig, siglos XVII-XIX.

La vitrina se completa con una cincuentena de piezas procedentes del convento de Sant Bartomeu de Bellpuig, de los siglos XVII-XIX, a raíz del sorprendente descubrimiento arqueológico en los años setenta del siglo XX de un silo en la iglesia con más de un millar de platos (leridanos la mayoría, pero también de talleres como Muel, en Aragón, o Alcora, Valencia). Vertidos allí después de haber sido usados para administrar la extremaunción a los enfermos y que, al contener los santos óleos, se lanzaron a modo de exvoto u ofrenda. Esta práctica es un caso del todo inusual, y permite enriquecer el estudio sobre los usos litúrgicos de estos objetos con lecturas de carácter antropológico y religioso. En cuanto a las tipologías encontramos cerámica de la ditada, de Poblet, de la Botifarra, de faixes i cintes, de la cirereta, de Aragón, etc.