Los primeros museos públicos nacieron en Europa occidental a finales del siglo XVIII: En Londres, el British Museum abrió en 1759, precedido por un intenso debate sobre si el pueblo común tenía derecho a un privilegio reservado a nobles y respetables acaudalados. En el París revolucionario de 1793, abría el Louvre casi al mismo tiempo que todo el mundo, sin distinciones, conseguía la dignidad de ser llamado monsieur o madame, privilegio exclusivo de la nobleza. Democratización por la banda alta.

No es casualidad. Como tampoco es casualidad que la primera exposición de «maestros antiguos» –arte holandés y flamenco– fuera inaugurada en la British Institution de Pall Mall –Londres– la tarde del 4 de mayo de 1815. Según el historiador del arte Francis Haskell, este tipo de exposición abrió camino a nociones revolucionarias como la de cronología, o la idea de contemplar el desarrollo de la obra de un artista individual. Las clásicas exposiciones monográficas, antológicas o retrospectivas, nacieron a partir de entonces.

Great Court del British Museum de Londres.

Los artistas británicos protestaron contra este tipo de muestra. ¿Maestros antiguos? Su exhibición perjudicaba los intereses de los pintores británicos contemporáneos. En 1818, en el París de la restauración, se inauguraba el Musée Royal du Louxembourg, un «musée d’artistes vivants» del que, paradójicamente, cuando un pintor moría era expulsado. Identidad y memoria en conflicto.

El primer «museo de arte moderno» de la historia nació en Nueva York el 7 de noviembre de 1929, nueve días después del crack bursátil. Según sus fundadoras, aquella institución nacía con el objeto «de ayudar a la gente a entender, utilizar y disfrutar de las artes visuales de nuestro tiempo». Por poner un solo ejemplo, en 1934 ingresaba, vía donación, la obra de Salvador Dalí La persistencia de la memoria (1931). Arte moderno y, entonces, cronológicamente contemporáneo; dos términos que no siempre coinciden.

Auguste Jean Simon Roux, Louis-Philippe et Marie-Amélie visitant le musée du Luxembourg, 1838. En el siglo XIX, los museos de arte contemporáneo eran así.

El adjetivo «contemporáneo» tiene, según el DRAE, dos acepciones: «existente en el mismo tiempo que otra persona o cosa», y «perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive». Hoy en día se considera «arte moderno» el arte creado en el período 1860-1950/60, y «arte contemporáneo» el arte cronológicamente posterior. En 1960, cuando la sociedad civil barcelonesa intentó crear su primer museo de arte del momento, lo llamó «contemporáneo» en lugar de moderno. ¿Entrarían, hoy, las obras de aquel intento fracasado, en la colección permanente del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA) inaugurado en 1995?

Mientras las primeras vanguardias artísticas se convertían en centenarias, a principios de la década de 1970, en Nueva York, algunos museos pasaron de ser exclusivamente contenedores de obras de arte a ser, también, productores. Asimismo, la subasta de cincuenta obras de la colección de Robert C. Skull, en la sala Parke-Bernet de Nueva York –más de dos millones de dólares por obras recientes de Warhol, Jasper Johns, etc.–, la tarde del 18 de octubre de 1973, daba el pistoletazo de salida al mercado del arte contemporáneo.

En 1974, cuando el ICOM estableció el último cambio significativo en su definición de museo, se inauguraba en Cataluña el Teatro-Museo Dalí. En 1975, la Fundación Joan Miró. Centro de Estudios de Arte Contemporáneo. Y, a partir de la década de los años ochenta, el arte contemporáneo ha ido aumentando su presencia en más de quince espacios museísticos catalanes.

En este casi medio siglo, los cambios han sido vertiginosos: en España, transición política, administración autonómica, crecimiento de las industrias culturales; y en el mundo, globalización, revolución informática, nuevas tecnologías de la información y de la comunicación…

¿Cómo serán los museos tras el COVID-19? En el diario El País hemos podido leer una serie de excelentes entrevistas a responsables del Museo Picasso de Barcelona y del MNAC, entre otros, a cargo de José Ángel Montañés. Os las recomiendo. Pero la realidad será mucho más cruda.