Antonio Rodríguez Hernández (Mora de Ebro, 1889-Madrid, 1919), artísticamente conocido como Julio Antonio, es uno de los escultores catalanes más interesantes de principio del siglo XX.

Y tenemos la fortuna de poder comprobarlo en el Museo de Arte Moderno de Tarragona (MAMT), donde se conserva un importante legado que abarca su breve –aunque prolífica– carrera: 1908-1919.

Espacio Julio Antonio en el MAMT.

Si buscamos el nombre de Julio Antonio los manuales de historia del arte catalán, sólo lo hallaremos de paso. La última etapa de su formación tuvo lugar en Madrid, junto al olotense Miquel Blay. Esculpía y fundía en Madrid. E incluso sus amigos artistas catalanes, como Miquel Viladrich o Lluís Bagaria, eran residentes en Madrid. Su obra, inspirada en Rodin, Donatello o Miguel Ángel, no se puede etiquetar como “noucentista”, tampoco se puede adjudicar a ninguna vanguardia. Podríamos definir su estilo como realista y, al mismo tiempo, platónico.

Julio Antonio, Autorretrato, 1907. MAMT.

La obra y el recuerdo de Julio Antonio fueron víctimas de una sociedad conmovida por el desastre del 98, que no sabe reaccionar ni regenerarse. En la revista La Campana de Gràcia del 22 de febrero de 1919, el anarquista aragonés Ángel Samblancat escribía a raíz del deceso del escultor: «Si se ha muerto, que lo entierren, dirán por esos planetas […] ¿Qué Julio Antonio era un genio? ¿Y qué? A patadas van los genios por ahí. […] Y nada digamos de esa prensa criminal, que silenció su obra, y de esa Tarragona, que hasta probablemente ignoraba que el escultor de nombre romano fuera tarraconense. Nada. No nos quejemos. España es así. Cataluña es así. […] Los hombres geniales, los grandes valores de la raza, mueren tísicos a los veintinueve años, en la cama de alquiler de un sanatorio, y con la cabeza sobre los pechos sin carne y sin fuego de la vieja madre. ¡Rabiad, perros! ¡Oh! Quisiera que España tuviese cabeza para cortársela».

Julio Antonio, Ávila de los Caballeros, 1914. MAMT.

Julio Antonio experimentó un proceso de olvido relativo hasta que, en 1962, las hermanas del artista ofrecieron a la Diputación de Tarragona toda la obra que conservaba la familia. La carrera del escultor se había podido desarrollar gracias a diversas ayudas de esta institución: una beca para estudiar en Madrid, en 1907; y una bolsa de viaje de 1.000 pesetas para ir a Italia, en 1909.

Precisamente, al volver de Italia, Julio Antonio se instala en la localidad de Almadén (Ciudad Real) donde inicia la serie «Bustos de la raza» –en aquella época, las referencias raciales no tenían el trágico sentido que adquirirían con los fascismos–, una serie de retratos de personajes populares de este municipio minero. Gente sencilla diríase revestida de una dignidad eterna.

Útiles de escultor de Julio Antonio. MAMT.

Con motivo del cincuentenario de la muerte del artista, en 1969 el historiador del arte Rafael Santos Torroella comisarió la primera exposición antológica de Julio Antonio –que visitó Madrid, Tarragona y Mora de Ebro–, y publicó en el catálogo una primera cronología documentada.

Julio Antonio, María, la gitana, 1908. MAMT.

La Diputación de Tarragona, consciente de que la obra de Julio Antonio necesitaba un espacio expositivo permanente –y que había también que adquirir y preservar la memoria de otros artistas tarraconenses– creó el Museo de Arte Moderno de Tarragona (MAMT), que se instaló en la Casa Martí –un edificio del siglo XVIII– en 1976. Julio Antonio es, con razón, el artista más representado.

Julio Antonio, Mausoleo Lemonier, 1917. MAMT.

La visita al MAMT arranca, a pie de escalera, con el Mausoleo Lemonier (1916-1919), el último encargo de Julio Antonio: una pietà con motivo de la muerte de un niño de once años, que fue admirada por todo Madrid. Ya en la primera planta, nos reciben los bustos de Almadén, y otros retratos de gente anónima, humilde, de Castilla, bronces claramente influidos por la escultura cuatrocentista florentina.

Julio Antonio, Proyecto de monumento a Wagner, 1912. MAMT.

La visita enhebra una serie de proyectos de monumentos: alegóricos –a las Américas, al “Faro espiritual”–, y dedicados a personalidades de la cultura, como el ingeniero, arquitecto y arqueólogo tarraconense Eduardo Saavedra, o los compositores Enrique Granados y Richard Wagner. Precisamente, este último proyecto quedó a medias por culpa del estallido de la Primera Guerra Mundial, que dividió a los melómanos en francófilos y germanófilos. El recorrido está ideado con una gran conciencia didáctica: en todo momento tenemos en pared, o en hojas de mano, escritos e imágenes que nos ponen en contexto y nos ayudan a entender mejor cada pieza. Además, como en el caso del proyecto de monumento a Wagner, se aprovecha para explicar al visitante técnicas escultóricas como la fundición del bronce a la cera perdida.

Los tarraconenses se escandalizaron y protestaron.

La colección permanente dedicada a Julio Antonio alcanza su cénit con el conjunto de piezas realizadas con motivo del Monumento de los Héroes de 1811, un episodio relativo al sitio de Tarragona durante la guerra de independencia.

Julio Antonio ganó el concurso, convocado por el Ayuntamiento de Tarragona en 1909. El escultor quería evitar la habitual decoración a base de cañones, escopetas, espadas y «figuras inverosímiles y de pésimo gusto… he sentido y siento como escultor dar la sensación de heroísmo por medio de la forma desnuda más bella y armoniosa que mi inteligencia y mis fuerzas alcancen».

Julio Antonio, Monumento a los héroes de Tarragona, 1916. MAMT.

Dificultades en la consecución del bronce impidieron que Julio Antonio pudiera ver su obra finalizada. La fundición la llevó a cabo, en Madrid, un alumno del escultor: Enrique Lorenzo Salazar. Cuando los tarraconenses descubrieron el sexo del héroe principal, teniendo en cuenta que la obra tenía que ocupar un espacio central de la Rambla, se escandalizaron y protestaron. El conjunto monumental no ocupó el espacio que le correspondía hasta la República, en 1931.

Julio Antonio se había inspirado en esculturas de Miguel Ángel que había podido contemplar en Italia, durante su visita de 1909, como la Piedad Palestrina y El esclavo moribundo. Algunos tarraconenses, sin embargo, ajenos a la historia del arte, ironizaban sobre el monumento y su alcalde, Andrés Segura, cantando:

«Las damas estropejosas

Al Alcalde han hecho cumplimiento

Y han dicho al Señor Segura

Que tape ese monumento.»

El monumento aún luce en la Rambla tarraconense. Si lo deseas, al salir de ver la obra de Julio Antonio en el MAMT, la puedes visitar. Será un acto de justicia.