Hay museos que se rompen los cuernos diseñando estrategias para conseguir que la gente se implique. Y hay museos, como el de la Garrotxa, que cogen el toro por los cuernos y se lían la manta a la cabeza.

Esto es de lo que va, en el fondo y en la forma, la exposición Jo l’exposo! –¡Yo la expongo!–. La gestora cultural Marta Aumatell ha ido a visitar a los vecinos del edificio del Hospicio de Olot, donde está el museo, y les ha invitado a participar en un proyecto insólito. Ha escogido gente de todo tipo, edad, formación, sexo, origen y condición. De un estudiante de siete años a un camarero de… (las edades de los adultos no figuran, vayan a saber por qué), pasando por una enfermera, una dependienta, un técnico de la brigada municipal, y así hasta dieciséis personas.

Vista de la exposición Jo l’exposo!

Se trata de gente que no visita ni poco ni mucho el museo, que ha aceptado ir al almacén, examinar las seis mil piezas que hay, y escoger una. ¿El criterio? Libertad absoluta. La mayoría ha optado por piezas que les han «dicho» cosas, que los han apelado sin necesidad de intermediarios. Quizás es una mandíbula de ballena, tal vez una escultura de Miquel Blay, o una armadura de guerrero samurái. No importa.

Estas dieciséis piezas se han expuesto, cada una acompañada de tres etiquetas: la ficha museográfica, quien la ha elegido y por qué, y un número.

Las piezas elegidas por los vecinos se encuentran en el lado izquierdo de la Sala Oberta. Y en el lado derecho, unas ochenta piezas más, esta vez escogidas por los técnicos del museo y la comisaria, acompañadas tan sólo de un número. En una libreta a disposición del público podremos encontrar la ficha técnica. El efecto es de almacén, de cuarto de los trastos, de gabinete de curiosidades. Hay esculturas, dioramas, modelos de yeso, estandartes, carros, papel de fumar, óleos, carteles, santos –cómo no–, ropa, mobiliario, máquinas antiguas…

Y, al fondo de la sala, un gran círculo blanco donde los visitantes, después de haber admirado este anárquico despliegue, pueden pegar un papelito con el número de su obra preferida. ¿Populismo? No. Más bien implicación emocional.

La obra más votada será expuesta en el espacio de la colección permanente. Pero eso es lo de menos. Lo que ha conseguido el Museu de la Garrotxa es que la gente vaya, descubra obras de arte y objetos y, sin apriorismos, conecte.

El gran error del público de las exposiciones de arte –porque el público también se equivoca– es, a veces sentenciar: «como de eso no entiendo, pues no me mojo». En cambio, cuando van a almorzar, si lo que comen no les gusta, se quejan. ¿Y ya la entienden, una tortilla o una ensalada?

 

Bakari Diawara, dependiente de la frutería Ca l’Helena, ha elegido una mandíbula de ballena. El animal, entero, debía medir unos 10 metros de largo. A él le «parece un diente de elefante, y si lo miras de lejos tiene forma de pez, veo el ojo y la boca». ¿Como debía llegar esta mandíbula a Olot? A veces, las exponían en las iglesias diciendo que eran «costillas del demonio».

Marcel Castey ha escogido un sanguinario dibujo de Josep Berga y Boada, Alegoría de la Primera Guerra Mundial (1914). La obra le impactó de entrada, pero lo que acabó de decidirle fue cuando le dijeron que este autor «no se sentía muy cómodo en Olot y que hacía vida fuera de la ciudad, un poco como yo».

Mercè Aulina, dependienta del herbolario El racó de la llum ha elegido una espada y una armadura japonesa tipo Do-maru (siglo XVIII-XIX). Le atraía pensar cómo sería la persona que lo llevaba, sus inquietudes, costumbres y su manera de entender la vida.

A Carlos Tenas, técnico, lo ha atraído una máquina de desgranar maíz (siglo XIX). De pequeño le gustaba desmontar máquinas para saber cómo funcionaban. Domènec Moli, impresor, ha preferido una silla y un torno de madera (mediados del siglo XIX) con los que los trabajadores aprendían a hacer santos. Los mejores dejaban el oficio y se dedicaban a la pintura: «Hubo un momento, en Olot, que había 124 pintores y la gran mayoría habían salido de los talleres de santos, más que de la Escuela de Bellas Artes».

Santi Olivares, técnico de la brigada municipal, ha escogido una pieza bastante popular, la Cabeza del gigante de Olot (1888-1889), en yeso, del escultor Miquel Blay. En Olot todo el mundo conoce esta figura y, tal vez, sea el ejemplo más versátil de obra popular que, más allá de su materialidad, puede estar a un tiempo en la calle y en el museo.

La exposición Jo l’exposo! se puede visitar en el Museu de la Garrotxa, de Olot, hasta el 6 de enero de 2020.