Si los pintores catalanes fueron muchos años renuentes a pintar sus propias ciudades, menos lo serían a pintar aquellas otras que estaban muy lejos del país.

Con la excepción de París, que muchos de los pintores catalanes que fueron se sintieron fácilmente tentados de pintar algunas calles o monumentos, pocas otras ciudades europeas fueron objeto de interés pictórico por parte de artistas de aquí.

Felip Cusachs, Broadway, dibujo en La Llumanera de Nova York, publicada en febrero de 1875.

Y por lo que toca a América la cosa estaba peor, ya que eran muy pocos los pintores de aquí que iban. Y todavía a América del Sur, por las relaciones coloniales y post-coloniales de España, había más tendencia a ir, pero en los Estados Unidos, encontrar testimonios pictóricos hechos por catalanes ya es más raro.

El pintor romántico catalán Eduard Grenzner viajó ahí, sólo nos consta que dibujara las cataratas del Niágara, pero es un artista aún por estudiar. Después de esto, meramente episódica, está la etapa de La Llumanera de Nueva York, aquella revista en catalán publicada allí entre 1874 y 1881 –siete años, no está mal–, en la que dibujantes fijos eran Felip Cusachs, Frederic J. Garriga, y más adelante Domingo Mora, un escultor que hizo numerosas obras de escultura aplicada en edificios importantes de Nueva York, Boston o San Francisco. Aquellos colaboradores de la revista sí hacían ilustraciones costumbristas de la ciudad, que coexistían con vistas urbanas, pero en general las imágenes de La Llumanera … serían más bien de tema catalán, como si quisieran satisfacer más las necesidades del público catalán que vivía allí, que preferiría seguramente «consumir» ecos de la patria lejana, que no imágenes americanas que tenía bastante a mano. Cusachs dejó un dibujo magnífico, publicado en la revista en febrero de 1875, que representa un Broadway lleno de actividad, ya entonces la principal vía de esta gran ciudad.

El proyecto Hotel-Attration de Gaudí, destinado a Nueva York, a través de los dibujos de Matamala.

Nueva York, a pesar de no ser capital de nada –por no ser, no lo es ni del estado que lleva su nombre–, es desde antiguo la gran metrópolis de América, y esto favoreció que si algunos artistas catalanes iban al Nuevo Continente, aquella gran ciudad sería su principal punto de atracción. Maurici Vilomara fue a Nueva York en 1880, pero sólo a hacer un montaje de una de sus escenografías. Para encontrar artistas catalanes que tuvieran un poco más de arraigo cabría esperar, todavía.

Ricard Canals expuso individualmente, cuando era poulain de Durand-Ruel, en 1902, pero no hizo vida. En cambio, Francesc Pausas, que fue allí en 1906, estuvo hasta 1929. Fue un pintor de un realismo suave, esponjoso, presidido por figuras a menudo sonrientes, aunque tiene esporádicamente concomitancias con el Modernismo. A pesar de tantos años de residencia allí, seguramente su obra más neoyorquina sea la composición Brooklyn Galvanizing Shop, de 1925, en el Grohmann Museum, de Milwaukee, donde sin embargo en lugar de reflejar los rasgos característicos de la ciudad retrata el interior de una ferretería.

El principal artista catalán de la época, Antoni Gaudí, no fue ajeno a Nueva York. Él no vivió allí, pero en 1908 podría haber diseñado un rascacielos para Manhattan, que era como una especie de inmensa Pedrera, el Hotel-Attraction. Fue un encargo que no se llegó a llevar a cabo y que ha sido puesto en duda por algunos, ya que no se conoció hasta que habló de él Joan Matamala, escultor que había sido colaborador del arquitecto, cuando éste ya había muerto.

Sebastià Cruset, North View Queensboro Bridge, oli, 1910. Museum of the City of New York.

Uno de los artistas catalanes más presentes en Nueva York fue el gerundense Sebastià Cruset, nacido en 1859. Un pintor interesantísimo y hombre de intereses muy variados, del que no se sabía nada entre nosotros antes de que Imma Socias desenterrara su nombre de entre la correspondencia de Archer M. Huntington, y que Marta Camps Triay estudiara las exposiciones de artistas catalanes en Nueva York en su trabajo de máster del 2012. Cruset es autor de varios paisajes urbanos de la ciudad, tres de los cuales están en el Museum of the City of New York. Le gustaban las grandes perspectivas, y sus cuadros más característicos son muy apaisados, y centrados en visiones muy amplias de la ciudad, que muestran a vista de pájaro tanto su estética urbana como la suburbial, tan peculiares de ella, que no puede responder por nada al paisajismo urbano tradicional de raíz europea.

Sebastià Cruset, Painted From Queensboro Bridge During Snow Storm on St. Patrick’s Day 1910. Museum of the City of New York.

Se sabe que pintaba desde el Queensborough Bridge, entonces recién inaugurado, y que renovaba anualmente, para pintar desde allí, el permiso que expedía la comisaría del puente. Parece que la etapa principal en que estas magníficas vistas al óleo de Nueva York fueron hechas, fue entre los años 1910 y 1914. Varios otros de estos óleos han ido apareciendo en subastas importantes americanas. Más adelante Cruset se fue, pero se instaló cerca de allí, en New Rochelle, donde moriría en 1943. A pesar de ser tan poco conocido es uno de los paisajistas urbanos más personales del arte catalán.

Lluís Graner, The new and old New York, óleo. c. 1912.

Lluís Graner también fue a Estados Unidos. Cuando fracasó su magnífico proyecto de los Espectáculos y Audiciones que montaba paralelamente en dos coliseos de la Rambla de Barcelona, marchó a América. En marzo-abril de 1910 ya estaba haciendo una exposición individual en Nueva York, en la galería Edward Brandus, de la 5ª avenida, donde al menos cuatro de las treinta y nueve obras presentadas eran de tema neoyorquino. Y haría más exposiciones en años posteriores, en la misma galería y en otras. Si bien las obras que mostró allí de entrada eran del estilo habitual en él hasta entonces, el nuevo contexto inspiraba vistas del Hudson, cuatro de las cuales ya expuso en su nueva individual de 1912, en The Ralston Galleries, en la misma 5ª avenida, adonde llevó sesenta pinturas, entre las que también una del metro de New York y otras de otros lugares de los Estados Unidos; y ya nos son conocidas obras muy interesantes, como el óleo The new and old New York, subastado no hace mucho en Artnet, donde el gusto de siempre por los claroscuros contrastados de Graner se pone ahora al servicio de la, insólita para él, visión de rascacielos al atardecer, dando origen a una pintura magnífica, de una modernidad muy personal.

Eliseu Meifren, autocaricatura delante de Nueva York, carta a Alexandre de Riquer (maig 1917). Barcelona colección privada.

Mateu Balasch, un paisajista más bien formulario, pero muy viajero, estuvo en Nueva York, parece que con cierto éxito, hacia 1913. De lo que hizo no se conoce gran cosa. En la misma época vivía allí, también, discípulo del gran Robert Henri, el pintor Guillem Bergnes, de quien sin embargo tampoco se conoce todavía demasiada obra inspirada en la ciudad. Uno de los pintores catalanes más viajeros, el modernista Eliseu Meifrèn, también pasó por Nueva York, donde llegó a tener taller abierto el 1916-1917. Sin embargo, no parece que se hubiera sentido muy impulsado a pintar la ciudad, que seguramente veía muy alejada del tipo de vistas rurales que su público estaba acostumbrado a pedirle. Seguramente, por eso los óleos de allí que le conozco son de parques o del Hudson, con nubes vistosas y con el skyline de Manhattan bien distante para evitar el protagonismo de unos motivos demasiado «modernos». Pero algún dibujo informal con rascacielos sí se le conoce.

Enric Pascual Monturiol, un pintor excelente en cierto modo a la estela de Nonell y del grupo de Els Negres, se establecería en Nueva York en 1914, y sin dejar de venir de vez en cuando a Cataluña, tuvo su taller allí hasta que murió en 1934. De él, sin embargo, no conozco obras inspiradas en la morfología de la ciudad.

Joaquim Torres-García, Port of New York, 1923, óleo. Subastado en Christie’s, New York en 2016.

Fue a Nueva York también algún que otro artista ya muy conocido, como Joaquín Torres García, hastiado por el final abrupto de su encargo de pintar el Salón de Sant Jordi del Palau de la Generalitat, que la nueva Mancomunitat de Puig i Cadafalch se empeñó en abortar, cuando estaba a medio pintar por encargo del anterior presidente, Prat de la Riba.

Joaquim Torres-García, dibujo de la cubierta del número único de la revista Catalonia. Nueva York, 1921.

Torres estuvo en Nueva York desde junio de 1920 al 1922. La experiencia urbana de la gran ciudad, con sus aglomeraciones de bloques de viviendas, insólitos en Europa, no hizo otra cosa que alimentar en él un constructivismo rectilíneo, pero que no destierra las formas circulares cuando quiere, tendencia que ya apuntaba en su obra en la última época catalana del pintor. El impacto del nuevo entorno hizo que incluso al volver de allí continuara pintando temas neoyorquinos.

Ismael Smith, Riverside Drive 98 Street (Nova York), 1933, óleo. MNAC, Barcelona.

Aunque algunos artistas catalanes también fueran a Nueva York, éste era todavía un destino muy poco elegido. Ismael Smith –que a pesar de su apellido era de familia catalana sólo lejanamente anglosajona– se instaló definitivamente en 1919, pero el aspecto urbano de la ciudad no suele aparecer en sus composiciones de aquella época, más centradas en dibujos y grabados. Sí aparece en algunas pinturas posteriores, que a menudo son vistas hechas desde su casa de Riverside Drive, a la altura de la calle 98, al borde mismo del Hudson, no lejos de la enorme mancha verde del Central Park.


Frank Alpresa, New York, 1923, dibujo en color. Barcelona, col. privada.

Un joven artista amigo suyo que aún se estaba abriendo camino, Frank Alpresa, también estaba en Nueva York en los primeros años veinte, si bien en 1924 retornaría. Allí también fue impactado por la volumetría de los edificios, si bien ese fue un camino estético episódico en su trayectoria, que se encauza hacia el cartelismo, la ilustración o el exlibrismo.

Un dibujante muy reconocido, pero más como ilustrador de prensa que como asiduo de las galerías de arte, Josep Simont, vivió once años en la ciudad desde 1921, procedente de París, con un contrato muy jugoso con la revista Collier’s. Pasó por allí también el caricaturista BON (Romà Bonet), en 1927, pero su estancia no tuvo continuidad.

La visión arquetípica de Nueva York sólo aparece en algunas obras menores de Dalí.

José María Sert hizo allí algunas de sus decoraciones murales más conocidas: el comedor del Waldorf Astoria en 1930-31 (conjunto adquirido por un grupo barcelonés en 1973, ahora propiedad del Grupo Santander), y para el Rockefeller Center de Nueva York (1933 y 1940). No se hizo eco del contexto urbano de la ciudad, pero antes en cambio ya había ambientado con rascacielos y una gran pista de hielo uno de los paneles –El invierno o América– del comedor de los barones de Rothschild, en Laversine (Chantilly) en 1917-1920, que pasó al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. Era una evocación que no respondía a ningún perfil concreto del skyline de Manhattan, así como haría también Feliu Elias, sin haber ido a América, en el panel principal de Can Masferrer de Vic (1935), titulado El gran mural del profeta.

Salvador Dalí, dibujo alusivo a Nueva York, 1938. Publicado en Secret Life of Salvador Dalí, 1942.

Salvador Dalí entró en contacto con Nueva York en 1934, y glosó a su manera aspectos de la ciudad en artículos ilustrados en The American Weekly, pero son visiones marcadas por su subjetividad. Incluso cuando se estableció allí entre 1940 y 1948, la visión arquetípica de Nueva York sólo aparece en algunas obras menores de él.

Salvador Dalí, Manhattan, 1964. Punta seca.

Otros vanguardistas catalanes llegaron a la ciudad: el independiente Josep De Creeft, escultor, se instaló en 1936, y aunque no reflejó demasiado el entorno urbano de la ciudad, sí dejaría un verdadero emblema: el famoso grupo escultórico de Alicia en el país de las maravillas, ubicado en el Central Park, popularísimo, y cabe decir que estéticamente muy diferente del estilo aristado de la obra habitual del artista. Joan Junyer, que llegó a la ciudad en 1941, avalado por Hemingway, no retornaría a casa hasta 1976, habiendo fallecido Franco.

Josep de Creeft, Alícia en tierra de maravillas.

Joan Miró, que tenía el marchante –Pierre Matisse– pasó por Nueva York en 1947 para hacer un mural para el Terrace Plaza Hotel de Cincinnati y adentrarse en el mundo del grabado, sin dejarse impresionar por los aspectos más vistosos de su entorno urbano.

Jaume Muxart, cartel de la exposición sobre Nueva York (Barcelona, 1992).

A medida que se iba entrando en el siglo XX, poco a poco Nueva York se hacía más habitual en el horizonte de los pintores catalanes, y por tanto la representación de sus calles y sus rascacielos cada vez era menos rara. Se establecieron un tiempo exiliados, como el dibujante Josep Bartolí, en 1945 –y con algunas intermitencias viviría hasta su muerte en 1995–, que realizó muchos dibujos de Manhattan y Brooklyn expuestos con éxito allí mismo entonces. Otro exiliado, el cartelista Carles Fontserè, en su también excelente faceta de fotógrafo dejó grandes series de imágenes de la ciudad, donde vivió de 1950 a 1973. Al margen del mundo del exilio, el tortosino Josep Benet Espuny realizó notables óleos y aguafuertes de sus calles y puentes en 1956, y más adelante Jaume Muxart, en un viaje a la ciudad de los rascacielos, creó una amplia serie de pinturas de formato considerable donde sacaba un gran partido de la volumetría contundente de aquellos edificios singulares.

Entonces, Nueva York ya había dejado de ser una rareza en los ambientes artísticos mundiales. Al contrario, se convirtió en el nuevo centro mundial del arte nuevo, haciendo el mismo papel que había jugado París anteriormente. Por ello la llamada Gran Manzana pasó a ser el gran destino de muchos pintores y escultores catalanes, el objetivo que muchos de ellos se ponían en su carrera. Por ello, Nueva York como tema dejó de ser la rareza que había sido en los tiempos que se han evocado en este artículo, empezando por aquel dibujo de un Broadway todavía embrionario, pero ya vocinglero, que trazó el todavía incógnito artista Felipe Cusachs tan pronto como en 1875.