La Galería Marc Domènech acoge la exposición Óscar Domínguez. El «triple trazo». 1948-1952, con voluntad de poner luz a una de las últimas etapas del pintor canario.

Óscar Domínguez (San Cristóbal de La Laguna, 1906-París, 1957) rápidamente se adhirió a los postulados artísticos del grupo surrealista, a los que siguió fiel entre 1929 y 1938. Con el tiempo, sin embargo, iría depurando este estilo reduciéndolo a expresiones geométricas.

Óscar Domínguez, El arquero, c. 1950.

En la penúltima etapa de su vida, Domínguez juega con la pintura y configura realidades extrañas, en las que el espacio sobrante se convierte abismo cromático. Igualmente, se evidencia una comodidad formal que encuentra en el esquematismo de la línea el logro de una sencillez conceptual sin pretensiones estilísticas.

Abandonado el surrealismo de los años 30, Domínguez parece que baile con el pincel sobre el lienzo, y trace una coreografía propia de ritmos elegantes expresamente descompasados. En estas obras bombea, por un lado, una figuración geométrica heredera de una tradición picassiana que ha asumido sin máscaras y, por otro, una sabia de fluidos sensibles, herméticos a veces inocentes, que encubren, siempre, un vértigo interior. Con todo, este periodo fue un paréntesis de calma poco habitual en su tumultuosa trayectoria vital y artística.

Óscar Domínguez, Le révolver, 1952.

Así pues, Domínguez desarrolla la técnica del triple trait o triple trazo, a través de la cual llena de color los márgenes del dibujo, sometido a los dictámenes de la línea negra; un camino interno pero independiente que va abriendo atajos. Con este procedimiento, el artista canario plantea un estar fuera estando dentro, es decir, ofrece un no-lugar habitable que permite observar el interior de la obra desde un exterior instaurado dentro de la misma obra. Esta técnica actúa como un marco irregular, un espacio de transición o una isla deliberada que da aire y delimita las múltiples profundidades subjetivas que se van sucediendo.

La obra de Domínguez es el reflejo de una personalidad dual, que se mueve entre la lucidez y el desconcierto, el sentimiento y la ironía.

La obra de Domínguez es el reflejo de una personalidad dual, que se mueve entre la lucidez y el desconcierto, el sentimiento y la ironía. Por ello, en muchas pinturas parece que el artista canario se rinda a la problemática de su propia persona y elabore una obra, a modo de coraza, en la que se sumerge movido por una pulsión y una incomodidad profundas con la vida.

Óscar Domínguez, Femmes, 1949.

En esta penúltima etapa, Domínguez tiende a objetivar las cosas, haciéndolas converger con una iconografía personal que apuesta por el secreto y el juego simbólico. De este modo, se sitúa magistralmente al otro lado del río desde donde, a pesar de todo, no construye nunca un puente directo a su sufrimiento interior, pero lo deja, eso sí, sutilmente desdibujado.

Óscar Domínguez, Composición con toro y animales, c. 1950.

En definitiva, Óscar Domínguez, viviendo en un estado poético continuo, convirtió su obra en refugio y compilación de diatribas. El arte sería, pues, su mayor confidente y el ring donde combatiría cuerpo a cuerpo con el peso de una vida que le acabaría engullendo.

La exposición Óscar Domínguez. El «triple trazo». 1948-1952 se puede visitar en la Galería Marc Domènech, en Barcelona, hasta el 30 de octubre.