“Qué pereza”, me dijo hace un año. “Sin haberlo visto, ya sé lo que veré”, me dice hoy.

Un año más, le pido al mismo fotógrafo un favor de amigo: que me acompañe al World Press Photo (WPPh). Pero esta vez lo noto con un punto menos de pereza. Ya sabe lo que verá. Pero, sobre todo, ya sabe lo que me dirá, y lo veo con ganas de decirlo. Ama demasiado la fotografía como para no soltar lo que siente.

Mulugeta Ayene, Relative Mourns Flight ET 302 Crash Victim.

–Oye, ¿lo que vamos a ver es arte? –le pregunto mientras bajamos por el Eixample hacia el CCCB.

–¡Qué coño va a ser arte!

–¿Entonces qué es?

–Es el mundo. ¿El mundo es arte? ¿El mundo lo explica la estética? En el fotoperiodismo hay una adicción a la estética y la mejor estética es no tenerla.

–Pero necesitamos la estética para transmitir el dolor –le contesto–. Nada ha difundido más lo que fue el Holocausto que La lista de Schindler, una película que es pura estética, ¿no?

–No. Es una película y nosotros no hacemos películas.

Entramos en el World Press Photo y mi amigo empieza disparando –los fotógrafos disparan– frente al trabajo de Muguleta Ayene, finalista en el story del año: familiares de los pasajeros del vuelo ET302 de Ethiopian Airlines en el lugar donde se estrelló el Boeing.

–Mira el llanto de esta gente. Ha disparado con teleobjetivo, probablemente en pool. Los familiares no saben que los están fotografiando. Estas noticias se tienen que cubrir y hay argumentos para que se publiquen estas fotos, aunque a las personas fotografiadas no les guste.

¿qué sentido tiene colgar estas fotos en la pared un año después?

–Entonces, ¿qué problema hay?

–Entiendo que se publiquen en los días de la noticia, pero ¿qué sentido tiene colgar estas fotos en la pared un año después? Aquí y ahora ya no manda la noticia. Manda la belleza. ¡No se puede hacer un story con teleobjetivo! Es el negocio del fotoperiodismo.

¿Es lo mismo una fotografía publicada en un diario que colgada en un museo? ¿Cambian el contexto y el paso del tiempo el significado de la imagen?, me pregunto ante estas hermosas fotografías de gente sufriendo.

Y nos aparece una imagen del fotógrafo Mark Blinch, primer premio en singles de deportes: todos observando una canasta de Kawhi Leonard en un partido de basket entre los Toronto Raptors y el Philadelphia 76ers.

–Blinch ha fotografiado EL MOMENTO –dice mi amigo–. En esta imagen pasa todo. Es lo que me enseñaron cuando estudié fotografía. La lectura de la imagen, su recorrido, como si la leyeras: empiezas por arriba a la izquierda, llevas tu mirada a la derecha y luego abajo a la izquierda y hacia la derecha. Y, cuando la foto es buena, vuelves a hacer el círculo. Una y otra vez.

Mark Blinch, Kawhi Leonard’s Game 7 Buzzer Beater.

Aplico la lección de mi amigo, con la mirada voy dando círculos a la canasta de Leonard y constato lo que ya sabía: las buenas fotografías son las que tienen más de una fotografía dentro. Las que atrapan más de un momento.

Junto a esta bordada imagen de basket cuelga el segundo premio en stories de deportes: el trabajo de Olivier Papegnies sobre un equipo de fútbol femenino de Benin.

–Las stories de deportes siempre premian componentes extra fotográficos, historias de superación africanas. Como si en Suecia no hubiera gente deprimida –dice mi amigo.

Me atrae una foto de talibanes en blanco y negro, me acerco y es como si me sintiera en casa. Es el trabajo de Lorenzo Tugnoli, primer premio en stories, contemporary issues.

–No sé. Nosotros somos notarios. Y éste no es un blanco y negro notarial –sentencia.

Lorenzo Tugnoli, The Longest War.

–¿Cuál es la mejor foto que has visto hasta ahora? –le pregunto en mitad de la exposición.

–No me acuerdo.

Nos detenemos frente a las fotografías de Romain Laurendeau, la revuelta de la juventud argelina, primer premio en long term stories.

–Quizá es un blanco y negro demasiado cargado, pero es una historia ejemplar. Es muy sólida. No lo ha hecho en dos días. Mirando su trabajo no siento que me estén metiendo un gol.

Romain Laurendeau, Kho, the Genesis of a Revolt.

Y llegados a este punto, el punto de los goles que nos meten, aparece el virus.

–Apúntalo bien con el boli –dice–: en España lo que impera es que yo tenga mis cromitos, cromitos, cromitos. Todos en un paquetito. Pero todos inconexos. ¡Pues no! Primero hay que pensar y luego hacer clic. Aquí primero hacemos la foto y luego pensamos.

Ni médicos ni empleados de funerarias tienen la ansiedad del fotógrafo. Entienden su trabajo.

–¿Lo dices por la Covid?

–Lo digo por la Covid como carrera. A ver quién fotografía el primer muerto. A ver quién fotografía el primer ataúd. La palabra es ansiedad. Ni médicos ni empleados de funerarias tienen esta ansiedad. Entienden su trabajo. Y nosotros deberíamos trabajar como ellos.

Cierro los ojos e imagino a los periodistas trabajando con la seriedad de los empleados de funerarias: sería la verdad absoluta, definitiva. No lo veo mal.

–Pero tú has hecho fotos de la pandemia y te presentarás al concurso, ¿no? –le pregunto.

–Sí. Estoy muy orgulloso de alguna de mis fotos, pero no tengo un story de la pandemia. No lo tengo –insiste–. Y te juro que si quedo el primero lo criticaré, porque yo sé que ninguna de mis fotos es la mejor que se ha hecho.

–¿Nadie lo está haciendo bien?

–Estados Unidos, por ejemplo, tardó en meterse en el tema de la Covid, pero son muy potentes. Tienen tradición, tienen cultura fotográfica. Se documentan antes. Tienen coherencia, coherencia metodológica. Y tienen editores. Aquí, no. Vamos a salto de mata. Vamos a las manifestaciones y fotografiamos sin pensar en porqué se manifiestan, interesándonos más en cómo queda la foto que en qué es lo que transmitimos.

–¿Cuál es la solución?

–Menos dramas y más currar el día a día. Intentando entender.

–¿Menos óperas y más músicos de calle?

–Menos espectáculo y menos llorar de plató en plató.

Las imágenes de esta edición del WPPh –nos dicen sus responsables– ya nos anuncian de alguna manera el mundo de la Covid, aunque las fotos son del 2019. Pero, francamente, la única relación con la pandemia la veo en el segundo premio categoría nature stories: la fotografía de un pangolín, el simpático bicho sospechoso de ser el origen del virus, tomada antes del virus por Brent Stirton.

Brent Stirton, Pangolins in Crisis.

Y por fin llegamos a la foto ganadora, obra de Yasuyoshi Chiba: un chico, iluminado de noche por móviles, recitando un poema contra el gobierno militar de Sudán.

–Dispara –pido a mi amigo.

–Es una foto correcta. Pero ¿de verdad esta es LA FOTO del año?

Yasuyoshi Chiba, Straight Voice.

–Cuando se acerca la temporada de premios, todos nerviosos –suelta mi amigo–. El ego, ¿sabes? Los premios marcan demasiado las agendas.

Y las miradas, añado en mi pensamiento.

–Y luego están los jueces de los premios –añade–. Todos fotógrafos. Fotógrafos que juzgan fotógrafos. Faltan antropólogos, historiadores, maestros, sociólogos y, sobre todo, los protagonistas. Los fotografiados. ¿No tienen derecho a opinar de sus espejos?

Mi amigo –“mira, te voy a hablar de jurados”– me lleva directo a las fotografías de Maximilian Mann, finalista en la categoría de Medio Ambiente. El desastre del lago Urmia, en el noroeste de Irán: el sexto lago de agua salada más grande del mundo se está secando.

Frente las imágenes del no-lago, mi amigo busca algo en el móvil y me lo enseña. Mann ha sido acusado de plagiar el trabajo de la fotógrafa iraní Solmaz Daryani, pero el jurado del WPPh ha desestimado la denuncia. Todo muy sorprendente viendo unas y otras imágenes.

–Y luego está la pandemia de hashtags de marcas de cámaras en el Instagram de los fotoperiodistas –dice mi amigo.

–¿Y eso es malo? –pregunto.

–Hay trabajos de minas de azufre pagados con hashtags de cámaras. ¿Cobran alguna cosa del hashtag los que se tragan el azufre picando mina? Te dirán que alguien tiene que despertar conciencias… ¿Las despertamos? Mira, hace ya cinco años que Aylan se ahogó, ¿ha cambiado alguna cosa? No sé. Se ha de refundar. Falla algo.

–Oye, y todo esto que me cuentas, ¿lo hablas con otros fotógrafos? –le pregunto mientras caminamos hacia el mercado de la Boquería.

–¿Con quién coño quieres que lo hable?

–Conmigo.

–¿Serías capaz de decirme qué has visto en la exposición? ¿Qué has entendido? ¿Qué hay de nuevo? Yo he visto algo que se está muriendo, algo que no ha entendido hacia dónde va el mundo.

–¿Deberíamos eliminar el World Press Photo?

–En absoluto. Es necesario. Pero el fotoperiodismo en este formato está en crisis, falla el formato y la edición. No es un problema exclusivo del WPPh. El formato no comunica una mierda, y no despertamos conciencias bajando a una habitación a ver fotos de 20×30.

La pietà como rutina, pienso.

–¿Y por qué sigues presentándote a la pasarela? –le pregunto.

–Porque es parte de mi trabajo. Y por ego.

Nos sentamos en el bar Pinotxo. Mientras picamos algo, hablamos de sus dos hijos. Me cuenta que la pequeña está en esa edad, seis años, en la que los niños le dan vueltas a qué es la muerte.

–Hace unos días me preguntó si yo sería el primero de los cuatro en morir.

–¿Son conscientes de qué es la muerte?

–Para ellos es estar radicalmente solos.

Es, sin lugar a duda, la foto más profunda e inquietante que el día ha colocado ante mis ojos.

 

[World Press Photo 2020. Muestra internacional de fotoperiodismo, se puede visitar en el CCCB de Barcelona hasta el próximo 20 de noviembre.]