A menudo he dicho –y no siempre generando consensos- que si Pablo Picasso (Málaga 1881 – Mougins, Provenza 1973) hubiera muerto el mayo del 1904, antes de instalarse definitivamente en Francia, ahora estaría también en todos los manuales de historia del arte mundial, sin necesidad de haber hecho todavía su enormemente creativa carrera posterior, durante la cual se inventó el Cubismo, y lideró la pintura de Vanguardia del siglo XX, entre otras muchas cosas.

El Picasso de antes del 1901 había creado ya un estilo propio: un tipo de Fauvismo incipiente, muy vigoroso (el 1901) y colorista, muy suyo, y recrearía un Simbolismo muy personal, en su época Azul (1901-1904), estilo patético y extraordinariamente sobrio que, al endulzarse, derivó hacia la llamada época Rosa (del 1904 al 1906), después de la cual, habiendo pasado por la breve etapa de Gòsol, en la comarca catalana del Bergadà, ya estallaría el Cubismo.

Si a esto añadimos que antes del 1901 el artista ya llevaba cerca de un par de años siendo uno de los pintores jóvenes con más genio –todavía compitiendo con otros- del Modernismo catalán, detectaremos en él unos siete u ocho años de carrera comparables –o superiores-, en calidad y en fecundidad, a la de muchos de sus coetáneos de aquí y de fuera, que ya lo habrían hecho acreedor a un lugar excepcional en la pintura mundial de los inicios del siglo XX.

Vista de la exposición.

Ahora, en París –en el Musée de Orsay-, hay la prueba palpable de mi afirmación, en la exposición “Picasso bleu & rose” , inaugurada el 18 de septiembre, y que se podrá ver hasta el día de Reyes. Es una exposición completísima, de unas doscientas ochenta piezas, repartidas en dieciséis salas, cada una de ellas con significado propio, donde el visitante hallará la gran mayoría de las obras míticas que aparecen reiteradamente en las monografías de aquel Picasso, y en muchos libros de síntesis del arte del siglo XX inicial. Por este motivo la afluencia de público a esta exposición, que bien mirado sólo recoge cinco o seis años de la larguísima trayectoria de Picasso, el día en que la visité era muy grande, llegándose en muchas salas a una densidad casi excesiva de gente.

En realidad la exposición abarca bastante más de lo que su título proclama, puesto que unas setenta piezas son anteriores a la época azul, de forma que puede decirse que gran parte de su época catalana está muy bien representada. Sólo faltarían obras de las etapas formativas del artista, aquellas en las que él todavía era sólo una promesa cierta, pero antes de poner en marcha su formidable máquina de crear con originalidad total.

Las obras expuestas aquí mayoritariamente son del artista, pero también hay algunas otras de artistas de su entorno, muy vinculadas a aquel Picasso –Rusiñol, Casas, S. Junyent, Nonell, Max Jacob, Apollinaire-, así como documentos fotográficos, de archivo o impresos relativos a él. Algunas de estas obras otros son sorprendentes, como el magnífico retrato al óleo que Sebastià Junyent –mecenas y consejero del joven pintor- le hizo, posando ante La Vie (1903, Cleveland Museum of Arte), el óleo de gran formato que Junyent le había comprado. Y he sabido cómo costó que aceptaran incluir esta obra extraordinaria –en tanto que documento pero también como pintura-, por el hecho de que no aparece reproducida prácticamente en ninguna parte, y su autor no sonaba en Francia. Las grandes antológicas son siempre muy tópicas: quieren enseñar al público sobre todo aquello que el público ya conoce, y meterse en descubrimientos les da una gran pereza.

En la exposición, que es completísima –los visitantes tienen la oportunidad de ver en directo una gran cantidad de obras míticas, de aquellas que ha visto mil veces reproducidas en todas partes-, se constata, si cabe, que Picasso era de aquellos creadores que no se apuntaba a las tendencias de moda, sino que era él quien, en todo caso, creaba las novedades que después generarían –o no- gran número de seguidores.

Aquel Picasso casi Fauve volvía a mitad de 1901 al Simbolismo. Pero no era el Simbolismo de los prerrafaelitas, o entre nosotros el de Riquer o el de Adrià Gual, sino un lenguaje de elaboración propia, que denota que el autor tenía en mente a Puvis de Chavannes –cómo lo tenía también Torres-Garcia ya entonces mismo-, y que pasaba por la experiencia de haber conocido la obra de los Nabís, y de haber dejado libre la mano para desatar entonces su creatividad. Y todo esto lo hizo sin planteárselo, porque un artista auténtico las obras las tiene que generar directamente desde su experiencia, pura expresión, y no pasando por los esquemas de ninguna teoría aprendida o preconcebida. Ahora bien, la tristeza que en aquella época afectaba Picasso –hija en buena parte del batacazo del suicidio de Casagemas- hacía que los temas a través de los cuales él expresaba entonces su pintura fueran graves, meditativos, sombríos.

Personalmente, reencontrarme con La Flor del Mal (Hakone, Japón, Pola Museum of Arte) de esta época misma (1902), que de niño yo veía presidiendo el comedor de casa de mis abuelos, o con la figurita Femme assise, de barro crudo, el primer ensayo escultórico de Picasso, que lo realizó en la desaparecida casa familiar de la calle de Padua, en Sant Gervasi de Cassoles, de la mano de mi tío abuelo escultor Emili Fontbona, ya me justificaba –bien subjetivamente, claro- la escapada a París.

Justo después, por cierto, la época rosa no será otra cosa que la optimización de la época azul. Estéticamente serán muy parecidas una y otra, sólo que en la rosa –igualmente simbolista de base- los colores perdían oscuridad, de la noche se pasaba al alba, y los temas – antes de que nada pretextos para pintar- pasaban a ser amables: ya no eran figuras meditabundas, afectadas por posibles traumas, sino gente de la farándula, niños plácidamente juguetones, chicas discretamente prometedoras, incluso abrazos amorosos, que no exhibían el estallido risueño o la crispación vitalista de los óleos de la exposición de la sala Vollard de 1901, pero sí de nuevo la proximidad de un bienestar inminente. Y aquella delicadísima sensibilidad de la figura que estallaría mucho más adelante, en la época “neoclásica” de hacia 1920, cuando pareció descansar de la turbulencia de la Avantguardisme que él mismo había creado, aquí ya aparece una quincena de años antes –en el Retrat de la senyora Canals (Barcelona, Museo Picasso) o a la Femme à la èventail (Washington, National Gallery of Arte), ambas del 1905, por ejemplo-, porque en la llena y compleja mochila de Picasso, este tono de extrema elegancia del trazo y del concepto siempre estuvo, y afloraba cuando las circunstancias de todo tipo se lo permitían, o cuando el cuerpo se lo pedía.

La ubicuidad estética de Picasso, siempre coherente aun así, se constata, por ejemplo, con la puntaseca Le bain (París, Musée National Picasso) de 1905, inequívocamente de época “rosa” a pesar de que no es obra en color, la misma que se publicaba de Picasso en el més de junio del Almanach dels noucentistes (1911), en una tirada, de 1913, posterior pues a la prueba recogida en esta publicación emblemática del Noucentisme entonces naciente.

Una de las dieciséis salas de la exposición –la número 10- es monográfica dedicada al Picasso erótico. Un acierto, puesto que Picasso es, entre otras muchas cosas, hedonismo. Y en esta sección tienen un papel estelar la serie de dibujos de sexo explícito, del 1902-1903, conservados en el Museu Picasso de Barcelona provenientes de la colección Garriga i Roig.

La exposición tiene todo un equipo de comisarios, personal de la casa y del museo Picasso de París, pero a su lado se encuentra, de consejero científico, Eduard Vallès –difícilmente encontraríamos alguien que conociera mejor por todas partes la figura y el arte de de Picasso-, junto a una de las primeras personas que internacionalizó el arte catalán del Modernismo, la americana Marilyn Mc Cully.

Y después vendría el Cubismo, del que, en el mismo París, bien cerca de allí –en el Centre Pompidou-, otra exposición monumental da también ahora una amplísima antología (del 17 de octubre al 25 de febrero), en la que Picasso también está, naturalmente, pero aquí junto a Braque, Gris, Gleizes, Metzinger, Léger, los Delaunay, los Duchamp, Chagall y todos los demás, aparte de esculturas de Brancusi, Laurens o Modigliani.