La exposición Picasso Picabia. La pintura en cuestión es una de las mejores propuestas artísticas de este año. Una exposición de visita obligada, con 150 obras de primer nivel de Pablo Ruiz Picasso (1881-1973) y François Marie Martínez Picabia (1879-1953).

Dicho esto… en realidad estamos ante dos exposiciones paralelas que comparten espacio en la Casa Garriga Nogués, sede barcelonesa de la Fundación Mapfre. Una de Picasso y otra de Picabia. La propuesta de la comisaria, Aurélie Verdier, consiste en abordar las historias cruzadas de estos dos artistas contemporáneos. Pero no hay muchas afinidades, en la vida, el talante o la obra de estos dos creadores.

Uno de los puntos en común es, por ejemplo, la temática española -o espagnolade-. Y sí, toreros y “manolas” forman parte, en algunos períodos, de la iconografía de Picasso y de Picabia. Si en Francia aún triunfa Almodóvar es porque nuestros vecinos del norte no han dejado de aplaudir cierto exotismo bañado en aceite de oliva. La españolada artística no pasa de ser una concesión o un divertimento.

Picasso y Picabia fueron compañeros de viaje vital; y como artistas compartieron con muchos de sus coetáneos dos fenómenos revolucionarios: la muerte del estilo y la abolición del progreso artístico como camino de una sola dirección.

Tanto Picasso como Picabia se sirven de los estilos, no al revés. Y cambian de «forma» cada vez que les conviene.

Francis Picabia, Portrait d’Apollinaire (irritable poète), 1918-1919. Collection Natalie et Léon Seroussi. © Francis Picabia, VEGAP, Madrid, 2018.

Asimismo, ambos deshacen el camino que habían marcado los clásicos griegos y romanos, los humanistas del Renacimiento, la Ilustración, el racionalismo y el pensamiento científico. Picasso se inspira en el arte africano, la escultura de los íberos, el románico más primitivo … Picabia en las postales kitsch, la iconografía cinematográfica, los catálogos de máquinas e incluso el románico catalán. Alerta al título de este cuadro de 1928: Mujer que fuma (Virgen de Montserrat).

«Barcelona está llena de ladillas e intelectuales, que aquí son de sangre fría y prefieren el onanismo a la violación»

El pensamiento racional y la ciencia, en lugar de llevar la humanidad a un estadio superior de bienestar y fraternidad, desembocó en la Primera Guerra Mundial. Por primera vez la industria sirve para asesinar en masa. Es en el contexto de esta catástrofe que nace el movimiento dadaísta, del que Picabia fue uno de los actores fundamentales.

Picabia vino a Barcelona en varias ocasiones. La primera, en 1907, en el marco de la Quinta Exposición Internacional de Arte. Su estilo bebía aún del impresionismo. El 1916 regresó, procedente de Nueva York, y reencontró a todos sus amigos de París, refugiados debido a la guerra. Fue entonces cuando editó, gracias al galerista Josep Dalmau, la revista 391.

Francis Picabia, Espagnole, 1922. Col·leccions Fundación MAPFRE. © Francis Picabia, VEGAP, Madrid, 2018.

También pintó un retrato de la artista Marie Laurencin, donde podemos leer la célebre frase: «Il n’est pas Donne à tout le monde de aller à Barcelone» (no está al alcance de todo el mundo ir a Barcelona). De vuelta en Nueva York, escribió un artículo titulado Barcelona, con perlas de este estilo: «Como toda ciudad de mala vida, Barcelona está llena de ladillas e intelectuales, que aquí son de sangre fría y prefieren el onanismo a la violación, la suciedad al baño, el juego sutil de las insinuaciones contradictorias a la afirmación peligrosa».

En 1922 Picabia volvió a Barcelona con motivo de una exposición de sus pinturas en las Galerías Dalmau. Le acompañaba André Breton. El día de la inauguración, ante las obras, una dama de la alta burguesía le confesó que no entendía nada … El artista le preguntó: «le gusta, usted, el salchichón?». «¡Claro que sí!», respondió ella, extrañada. «¿Y lo entiende usted, el salchichón?» Concluyó Picabia.

Francis Picabia, Le Matador dans l’arène, 1941. Association des Amis du Petit Palais, Genève. © Francis Picabia, VEGAP, Madrid, 2018.

Picabia pertenecía a una buena familia y gozaba de recursos. No tenía ninguna necesidad económica de vender su obra, si bien sentía envidia del éxito de Picasso. Su estrella se fue apagando lentamente y, en 1951, recibió la visita de un joven artista que estaba rehaciendo puentes con las vanguardias históricas de Barcelona. Se trataba de Joan-Josep Tharrats, el cual le dedicó un monográfico de su revista, Dau al Set. Tharrats lo recordaba mudo. La señora Picabia le explicó que hacía unos meses habían entrado ladrones en su apartamento y que se lo habían llevado todo. Desde entonces, el artista no había abierto boca. Murió el 30 de noviembre de 1953. Su amigo Duchamp, al enterarse, le envió un último telegrama. Decía «Estimado Francis, hasta pronto».

La exposición Picasso Picabia. La pintura en cuestión se puede visitar en la Casa Garriga Nogués, de Barcelona, hasta el 13 de enero de 2019.