Hace bien poco se ha conocido que el nombre de un capuchino ya fallecido, radicado en Barcelona, se añadía a la considerable lista de eclesiásticos acusados últimamente de acoso sexual a menores.

Lamentablemente esto no sería en estos momentos noticia excepcional, pero el caso es que el fraile en cuestión tiene un relieve cultural considerable que lo singulariza entre otros casos parecidos de su mismo gremio.

Joaquim Mir, J. M. de Vera, 1940.

José Maria de Vera fue un pintor y escultor bastante conocido. Encontraréis su biografía en el famoso Diccionario de artistas catalanes dirigido por Josep-Francesc Ràfols, publicado los primeros años  cincuenta. Nacido el 1912 con el nombre de Alfonso Ramon Uribe, en Vera (Andalucía) –los capuchinos suelen tomar el apellido de religión del lugar en donde han nacido-, de muy joven se instaló en Cataluña, donde se adaptó completamente, y se ordenó el 1935.

J. M. de Vera, Joaquim Mir, 1940.

Fue discípulo en Olot de los pintores Melcior Domenge y Olivet Legares. Desde joven tuvo amistad con algunos de los principales artistas del postmodernismo catalán, como Joaquim Mir y Manolo Hugué. Una de las últimas obras de Mir, precisamente, fue un retrato magnífico del fraile cuando era muy joven (1940), que el gran pintor dedicó al retratado con la inscripción “Al amic fraret” (“Al frailecillo amigo”), y a consecuencia de esto, incluso quiso ser amortajado con el hábito franciscano precisamente por la simpatía que le despertaba el fraile de Vera.

J. M. de Vera, Fra Eloi de Bianya.

Josep Pla, en su libro sobre Mir, recrea este episodio y el entusiasmo que al pintor le despertaron las calidades cromáticas del hábito que tan cuidadosamente había pintado, que según Pla, le hicieron comprender mejor la estética de Zurbarán, y esto hizo que dispusiera que al morir él mismo lo vistieran con el hábito de capuchino. Mir amortajado de aquella manera fue pintado al óleo precisamente por Josep M. de Vera, en una pequeña pintura que Oriol Pi de Cabanyes reproduce en su libro Passió i mort de Joaquim Mir, retrato póstumo que ahora se conserva en el museo de la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi de Barcelona, por donación de Josep Mir Estalella, hijo del pintor.

J. M. de Vera, P. Esteban de Andoain, 1947.

Josep M. de Vera participó en varias exposiciones y realizó obras, especialmente de tema religioso, que mostraban no la ingenuidad de un amateur sino una personalidad artística sólida. La figura de piedra, de tamaño natural, que da entrada al convento de los Capuchinos de Sarriá, en Barcelona, y que representa al fraile martirizado Eloi de Bianya, portero que fue de aquel convento, es seguramente su pieza más conocida, o al menos la más visible en Cataluña, a pesar de que la inmensa mayoría de los que pasan ante ella a diario ignoren seguramente quién fue su autor. Tiene más obras públicas o imágenes religiosas en Cataluña, pero también muchas en su pueblo natal, Vera, igual que en Navarra, como el monumento al P. Esteban de Andoain en Pamplona (1947), y en el País Vasco, como el busto del músico Aita Donostia, en la vía pública, en San Sebastián (1974).

¿Los delitos asquerosos que se le atribuyen anulan toda la parte positiva de su vida?

También frecuentó los círculos de la psiquiatría y fue amigo de Jeroni de Moragas o de Ramon Sarró. Cinco años antes de morir, con motivo de su octogésimo cumpleaños, algunos de los muchos amigos que tenía promovieron un libro en edición de bibliófilo sobre su vida y obra, prologado por Luis Monreal y Tejada. Al morir, el diciembre del 1997, Albert Manent le dedicó una sentida necrológica en el diario “Avui”, que nos muestra la impronta que el capuchino había dejado en círculos de mucho relieve de la sociedad catalana. Y en el Diccionari d’història eclesiàstica de Catalunya el fraile de Vera tiene artículo propio.

J. M. de Vera, Aita Donostia, 1974.

¿Y ahora qué tenemos que hacer con el recuerdo de este personaje, tanto del artista como del hombre empático con tanta gente valiosa de nuestro país? ¿Los delitos asquerosos que se le atribuyen anulan toda la parte positiva de su vida? O tenemos que creer que, por horribles que sean, no pueden borrar el resto de su rastro. De hecho delitos peores, como es el asesinato, no nos han llevado a echar de nuestra memoria artistas y otros personajes históricos de envergadura. Es un dilema que habrá que resolver, en su caso y en otros que se puedan presentar, si no queremos caer en la creación de nuevos tabúes, que siempre, por justos que sean los cimientos donde se asientan, distorsionan la percepción clara de la realidad.