El pintor barroco holandés por excelencia, Rembrandt Van Rijn (1606-1669), realizó más de 300 grabados, especialmente aguafuertes y punta seca.

Algo extraordinario. Aunque Rembrandt era un trabajador infatigable, investigaciones recientes creen que hay que rebajar este número y no adjudicarle la paternidad de tantas piezas. Hay que señalar que para Rembrandt los grabados eran una fuente de ingresos importante. Durante los cuarenta y tantos años de carrera artística realizó grabados bíblicos, grabados con autorretratos, grabados de pobres, grabados de ricos, grabados de escenas cotidianas…

La vida pasaba por delante de su estudio de Ámsterdam al mismo ritmo que las barcazas de los comerciantes entraban por los canales de la ciudad cargadas de las maravillas de oriente: maravillosos brocados, sedas imposibles y lujosas vajillas de oro que abastecían las mansiones de los comerciantes y banqueros holandeses, y que al pintor tanto gustaba de usar en sus óleos donde se retrataba con frecuencia como un príncipe.

Parte de este mundo se desmoronó tras el estallido de la burbuja de los tulipanes ocurrida en Holanda en 1637. Sí, una burbuja como las que tenemos hoy día. Cuarenta bulbos de tulipán se habían llegado a pagar a un precio de mercado de 100.000 florines. Y por uno de ellos, el Semper Augustus (un bulbo de tulipán, sí), se llegaron a pagar 6.000 (el sueldo medio de la época era de unos 150 florines anuales). Parece que a esto de las burbujas –hoy día no las llamaríamos tulipanes sino bitcoins–, ya hace siglos que eran aficionados.

Al visitar la sobria y acertada exposición de grabados de la colección Furió que se ofrece en el Centre Cultural Terrassa, uno se percata de que Rembrandt consideraba algunas diversiones de la época un aburrimiento. Este podría ser el caso del pequeño aguafuerte Los jugadores de golf (1654), que realizó con cuarenta y ocho años.

Un hombre nos observa confortablemente sentado en la penumbra de una taberna reposando una pierna sobre una silla. Ha vuelto la espalda a los jóvenes que juegan a golf o a algún juego de pelota parecido al hockey, y con cara de aburrido parece que les diga “no contéis conmigo”. Vemos enseguida que Rembrandt era un genio de la expresión humana.

Sus fiestas y su tren de vida eran archiconocidos.

Podríamos decir sin andar muy equivocados que al artista le gustaban más otra clase de diversiones. Es bien sabido que se le conocía como un bon vivant. Sus fiestas y lo que llamaríamos su tren de vida eran archiconocidos. Con frecuencia iba falto de florines y aunque los encargos no le faltaban y su arte era muy apreciado en la Holanda del XVII, tenía agujeros en los bolsillos. Cambió de casa dos veces y compraba toda clase de rarezas exóticas (bustos de emperadores romanos y armaduras de samuráis japoneses incluidos) que frecuentemente usaba en sus telas. Una afición y un gasto que finalmente terminaron arruinándole.

Esta situación se suavizó el año 1634 al casarse con Saskia van Uylenburgh que aportó al matrimonio una sustanciosa dote de 40.000 florines, una cantidad muy apreciable en la época. Rembrandt gastaba mucho en fiestas y buena bebida.

Retrató a su Saskia muchas veces y la exposición nos muestra un aguafuerte donde aparece retratada en cinco o seis ocasiones. Saskia murió en 1642 de tuberculosis. Contaba veintinueve años y había estado casada con Rembrandt durante ocho años. Sic transit gloria mundi.

El artista la sobrevivió veintisiete años y aún tuvo tiempo de seguir produciendo óleos a pesar de los acreedores y las deudas. Debía tanto dinero que sus parientes tuvieron que esconderle en alguna ocasión y poner el taller a su nombre, mientras Rembrandt figuraba como un empleado más.

La exposición Rembrandt. Genio del grabado se puede visitar en el Centre Cultural Terrassa hasta el 24 de febrero de 2019.