Uno de los sueños de todo anticuario-cronopio es que venga un cliente-fama y te compre la tienda entera.

Las posibilidades son mínimas, pero en este oficio, como en la vida, todo puede pasar. De hecho, le ocurrió a un colega mío el día que llegó una clienta a su stand en una gran feria internacional y le compró de una vez sus mejores cuadros: un Retrato de Niña de Simon Vouet, una Susana y los Viejos del Guercino, una Vista del Gran Canal de Venecia de Bernado Belloto y un san Sebastián de Ribera, si no recuerdo mal. Nunca olvidará la sensación de plena felicidad que tuvo cuando cerró la operación con aquella distinguida dama que parecía salida de una novela de Henry James. Delgadísima, cráneo de Virgen de Malinas con el pelo lacio de azabache recogido en un moño antiguo, ojos grises de gata exótica y la piel de pergamino que asomaba en unos brazos de niña. Vestía como suelen vestir las grandes señoras: traje-chaqueta austero de sastre bueno, ropa sin estridencias, tonos grises, sabedoras que la ostentación del lujo, la apología de la marca es cosa de nuevos ricos.

Anonymous, Dama veneciana, Mediados del siglo XVII. © Museo Nacional del Prado.

A los anticuarios, la experiencia de la venta nos aporta un confort espiritual, una tranquilidad, la ilusión de disponer de nuevos fondos para volver a comprar, que es lo que más nos gusta. En rigor, para un anticuario de verdad, vender no es más que la consecuencia natural del proceso de la compra, pero lo que nos apasiona es hacer lo mismo que hacen nuestros famas-clientes, construir una colección, lo que nos diferencia de ellos es que a veces tardamos menos tiempos en dispersarla.

La dama en cuestión apuntó en una tarjeta su nombre, Caterina Prospero-Romallino y su dirección (un palacio en el Gran Canal de Venecia) mientras mi colega calculaba el precio del anillo de rubies que lucía en su dedo anular de la mano izquierda, zurda era. Quedaron que él personalmente llevaría los cuadros a su casa durante la feria (no hubo manera de que la señora comprendiese que, con su caprichosa decisión, le dejaba el stand desnudo y no tenía cuadros del mismo nivel para substituir). Pero el cliente siempre tiene razón y más cuando está dispuesto a gastarse casi diez millones de euros de una tacada. Así que concertaron una cita y mientras la señora se iba por el pasillo central de la feria dejando una estela de dinero y glamour, el anticuario no tardó ni un minuto en acudir a su ordenador y buscar el nombre de la misteriosa clienta. Se fue directamente a imágenes y las fotos que vio coincidían con ella: la misma piel arrugada y los ojos de hielo, incluso le pareció ver el mismo rubí aunque ahora no sabe si fue una proyección de su imaginación. Preguntó a un colega discreto y le confirmó que era una mujer muy rica que podía comprar esto y mucho más y se extendió en detalles que completaron un retrato de la dama que le dejó tranquilo.

Bernardo Bellotto, Venecia: El Gran Canal frente a la Santa Croce, c. 1740s. National Gallery, UK.

Pasó unos días intensos organizando el envío de los cuadros cuya logística no era ni fácil, ni barata. Encontró una empresa de transportes de profesionales eficaces que organizaron todo previa transferencia. Y así nuestro cronopio se vio navegando en un taxi-Riva por el Gran Canal en un día soleado que anunciaba la primavera, justo en medio de la feria y después de arreglar su stand como pudo. Entonces pensó en lo imprevisible que es nuestro oficio. Muchos colegas comenzaron a protestar por la falta de compromiso de nuestro anticuario con la feria diciendo que no es profesional sacar los cuadros antes de que termine, que podía haber esperado, que ellos nunca lo hubiesen hecho y maldades propias del gremio donde la envidia es el motor de las relaciones humanas. Algunos ya revoloteaban en las horas de hierro de la feria firmando cartas para pedir a la organización que lo expulsasen con esa vehemencia propia de los cronopios que entienden el oficio como una guerra entre competidores o tienen una visión darwiniana de nuestra especie. Son los mismos, -y créanme que conozco a muchos-, que disfrutan más matando ventas que vendiendo.

Nuestro anticuario llegó puntual a su cita. Imponía la fachada del palacio con su pórtico palladiano rematado con dos cabezas de león que se reflejaban en las densas aguas de aceite de la laguna. Tocó, impaciente, tres veces el timbre, nadie contestó. Cuando ya sacaba su teléfono móvil para llamar a Davide, el mayordomo de la señora, abrió la puerta una chica de unos veinte años, anoréxica con el rostro bañado en lágrimas. Se presentó como Mariana, la hija de la señora Caterina, y le comentó que aquella noche su madre había sufrido un ictus y estaba hospitalizada. Todo había sido muy precipitado y no le habían podido avisar. Mientras hablaba, sus ojos no paraban de llorar y el anticuario, paternal, la abrazó y le dijo que no se preocupase, que el estado de salud de su madre era mucho más importante que todos los cuadros del mundo ( un gran anticuario-cronopio es un artista de la mentira piadosa); quizás de todos los cuadros del mundo sí, pero no de los suyos, los cuales ya estaban a punto de llegar. Y así fue, mientras ella aún lloraba hablando casi sin respirar y agitando las manos como hacen los italianos, llegaron los transportistas, cuatro gigantes que en un momento descargaron los cuadros perfectamente embalados en cajas de madera y los dejaron en la entrada del palacio donde reinaba una consola Luis XV rematada por un espejo, un homenaje al oro y la rocaille. Más allá no se veía nada, solo una puerta de madera labrada que parecía original, de finales del siglo XVIII, tras la cual se prometía un mundo de cuadros, tapices, mueble y objetos extraordinarios propios de la colección de la Sra. Prospero-Romallino que pasaba por ser una de las grandes fortunas y coleccionistas de Italia.

Simon Vouet, Retrato de niña con paloma, 1615-1627. © Museo Nacional del Prado.

Nuestro anticuario estaba confundido y sin darse cuenta se le puso cara de cronopio, es decir, se le dibujó en el rostro una mezcla extraña de melancolía e incredulidad. Llevaba un albarán en su maleta de piel, mas propia de un vendedor de enciclopedias que de un profesional del arte, y sacó un documento con una relación de las piezas y sus valores y le pidió a la chica de ojos llorosos que lo firmase. Mariana lo hizo y antes de despedirse quedaron que él se quedaría en Venecia hasta que su madre se recuperase y pudiese transferirle el importe de los cuadros que allí dejaba. Se intercambiaron los números de teléfono móvil y se despidieron con un apretón de manos (dudó en besar su rostro acuático, pero le pareció excesivo). Cuando se cerró la puerta del palacio, nuestro colega pensó que era un hombre afortunado, había hecho la venta más importante de su carrera y respiró fondo y se dispuso a recorrer Venecia más como un Grand turista del siglo XVIII que no como un mal turista de hoy.

Se fue directamente a la Riva degli Schiavoni y reservó una suite en el hotel Danieli a tres mil euros la noche (cuando se tiene mucho el dinero es un concepto abstracto). Entró en su suite y se echó en la cama de sabanas de lino y colcha dorada y le dolió que estuviese solo mientras observaba los frescos de inspiración tiepolesca del techo. Luego abrió la ventana y el Gran Canal estaba justo delante de sus ojos como el mejor Canaletto en movimiento. Salió a la terraza y el atardecer pintaba de naranja la cúpula recortada de la Salute y pidió un Negroni que bebió a sorbos sabiendo que era un privilegiado, el hombre más afortunado y feliz del mundo, un James Bond del arte, el más listo de la clase, lo máximo. Al día siguiente quiso dar tiempo a su clienta que se recuperaba del ictus y no llamó a Caterina (él era un señor y la salud más importante que el arte) y decidió visitar la ciudad. Tintoretto, el Veronés, Tiziano, Giorgione, Bellini, Carpaccio, Tiepolo…. una cartografía del color en la pintura que degustó lentamente como el mejor gourmet. Por la tarde se dejó caer en la terraza del café Florian de la Piazza san Marco y miró con superioridad de clase a los turistas que hacían cola para entrar en la basílica mientras sonaba la música triste de una banda callejera dominada por el vientre espasmódico de un viejo acordeón. Quiso cerrar el día cenando en el Harry’s Bar, era rico, podía permitírselo.

Guercino, Susana y los viejos, 1617. © Museo Nacional del Prado.

Después de cuarenta y ocho horas decidió que era ya hora de llamar a Mariana, la hija gicomettiana de la clienta, y lo hizo varias veces sin éxito. Salia una voz femenina gravada de Telecom Italia que le anunciaba que aquel número de móvil ya no estaba operativo. Siguió insistiendo sin suerte y desesperado regresó al palacio del Gran Canal. Llamó varias veces y nadie le abrió. Parecía abandonado. Encontró a unos albañiles de un edifico próximo y les pregunto si sabía dónde estaban los propietarios del palacio. Cuando le dijeron que allí hacía muchos años que no vivía nadie y que lo usaban a menudo como un plató para televisión o publicidad sintió en todo su cuerpo todo el peso del mundo y se quedó sin sangre, helado y como en la película que dicen que vemos antes de morir recorrió todo el camino que le había llevado hasta allí: la dama de ojos fríos, su rubí, la hija anoréxica que parecía desesperada y enseguida comprendió que todo era mentira, una estafa. Se quedó sin aliento, se le heló el cuerpo, desfalleció. Cuando se despertó, estaba en una cafetería regentada por chinos que lo habían socorrido cuando desfalleció en la calle y sintió que aspiraba alcohol en un algodón mientras estaba en el regazo de una extraña oriental, la estampa de una Piedad postmoderna. Sabía que la ruina lo acechaba, de una estafa así un anticuario-cronopio no se recupera. Sintió la arrogancia de los últimos años cuando se sabía superior y en aquel mismo instante hubiese querido retroceder y cambiarlo todo. Del fondo submarino de su subconsciente escuchó entre risas la voz ronca de un competidor: Too late! No soportaba pensar como la noticia ya habría volado hacía la feria y como sus colegas se deberían regocijar al conocerla: no hay nada que guste más al gremio que hacer leña del árbol caído.

Se pasaba el día publicando estupideces en Twitter y haciendo apología del fascismo.

Pensó en suicidarse, pero la imagen de sus hijos mellizos pequeños esperándolo en casa paró súbitamente sus malos instintos. No podía dejar de preguntarse cómo le había podido pasar esto a él, un hombre cauto y razonable, como no había sabido ver que aquello tenia mala pinta, que podía ser una estafa, como había sido tan ingenuo de entregar las obras antes de cobrarlas o sin tenir un contrato. Y no encontraba respuestas que confortasen su tragedia personal y profesional porqué encontrarlas hubiese supuesto reconocer sus múltiples debilidades de hombre egocéntrico y ambicioso. Alguien que se pensaba más de lo que era, que se creía impune a todo, un macho alfa que no se había formado ni en ética, ni en estica pero que daba lecciones a todos. Un hombre que hablaba de moral siendo inmoral y de arte sin sentirlo más allá de comerciar con él. Alguien que siempre se pavoneaba de tener un ojo labrado por la experiencia y el error mejor que el de cualquier experto y ser un lince para los negocios. Alguien que despreciaba el esfuerzo intelectual y batía a sus rivales en las casas de subasta a golpe de talonario y era denigrante en la victoria y rabioso por qué no sabía perder. Un tipo sin clase, sin educación, zafío que se vestía de gran señor con trajes ajustados de los que salían pañuelos blancos de los bolsillos. Se pasaba el día publicando estupideces en Twitter y haciendo apología del fascismo. Un hombre que pertenecía a otro tiempo y se peinaba con brillantina y llevaba un bigote recortado absurdo de censor franquista y le gustaba en verano escuchar a Wagner mientras releía a Hitler. Alguien que solo se fiaba de él mismo y de su instinto y no quería reconocer sus inicios en una familia humilde, como había crecido superando adversidades y el desprecio con el que le miraban los otros niños en el colegio y como se había obsesionado por ser un día como ellos y poseer, al menos, la misma riqueza y tratarse de igual a igual con los que la poseían. Ya casi no recordaba cómo se había casado con una mujer de alta alcurnia a quien nunca quiso para llegar a ser quien no hubiese sido nunca y como habían tenido los mellizos que sí quería, pero a su manera, fragmentaria y egoísta. Y como había hecho todo lo posible por entrar en un mundo que no era el suyo y como había reconvertido su resentimiento social en una ambición desmesurada.

José de Ribera, San Sebastián, 1636. © Museo Nacional del Prado.

Este episodio era el colofón a una vida de mentira, el abismo en el final de camino de un necio charlatán e impostor, de un estafador amateur que se había cruzado por primera vez en el camino con unos profesionales de verdad. Y así, abandonó Venecia jurando que no regresaría jamás, porqué allí se desvanecían sus sueños y la vida, como si fuese un juego de azar, lo ponía otra vez en la casilla de salida, le devolvía de una patada a sus orígenes, de donde quizás no hubiera debido salir nunca y de donde ahora, desde luego, ya nunca podría despegar. Aquella misma noche tuvo una pesadilla y entre risas la voz trémula sentenció: “Game over, my fucking friend”….