La obra fotográfica de August Sander (Herdorf, 1876-Colonia, 1964) ha sido objeto de muestras retrospectivas en distintos países.

La que presenta en Barcelona La Virreina Centre de la Imatge es excepcional por su riguroso respeto a la estructura original del gran proyecto que este fotógrafo llevó a cabo en la primera mitad del siglo pasado: Gente del siglo XX (Menschen des 20. Jahrhunderts).

 

La exposición, comisariada por Valentín Roma y Gillermo Zuaznabar, reúne 196 copias modernas positivadas a partir de los negativos de vidrio originales. Salvo algún paisaje, todas las fotos son retratos, realizados en Alemania desde 1910 hasta mediados de los años cincuenta. El conjunto es un retrato bastante completo de la gente de ese país en aquella época, desde la República de Weimar hasta el ocaso del nazismo tras la Segunda Guerra Mundial.

Aparecen las distintas clases sociales y profesiones, hombres y mujeres de distintas edades, personas que vivían en el campo o en la ciudad… En algún momento puede parecer una reflexión puramente fotográfica sobre la condición humana, pero no pretende serlo plenamente, pues se centra únicamente en Alemania y por ello carece de la ambición de universalidad que sí tenía The Family of Men, el gran proyecto internacional que Edward Steichen comisarió para el MoMA de Nueva York en 1955. Y creo que de todos modos no podría haberlo sido, pues el rigorismo de Sander excluía muchos registros que forman parte de la condición humana. Sander podía tomar una docena de fotos de una misma persona, pero al final solía escoger la imagen más neutra y rechazar aquellas en que alguien risueño sonreía o en que alguien expresivo se expresaba. Nadie es perfecto, tampoco Sander. Y tampoco la perfección.

Sander hizo alguna excepción –por ejemplo, con una joven y alegre actriz-, pero por norma procuraba ser distante como un antropólogo y objetivo como una cámara fotográfica, como una máquina registradora idealmente neutra. Sin embargo, a pesar de tanto materialismo histórico y de tanta austeridad alemana, sus retratos son excelentes ejemplos de una visión humanista fotográfica. Su mirada era antisentimental, pero no superficial ni indiferente a las situaciones de las personas que retrataba.

En la historia de la fotografía la obra de August Sander se considera como un referente del retrato fotográfico, uno de los primeros y más influyentes ejemplos de este género. En un sentido más general significa una reivindicación pionera de lo específicamente fotográfico, de una fotografía entendida como un medio de representación autónomo y consciente del valor del propio medio y de las posibilidades de sus elementos expresivos, distintos de los elementos propios de la pintura, que en la primera mitad del siglo XX era la disciplina artística más prestigiosa. La obra de Sander es uno de los primeros y más claros ejemplos de fotografía libre de complejos pictorialistas.

Aunque en su obra encontramos también paisajes industriales y naturales, Sander se dedicó principalmente al retrato fotográfico. Su visión específicamente fotográfica del ser humano -de sus compatriotas contemporáneos- se podría comparar con las visiones de Karl Blossfeldt y de Carl Strüwe. Estas eran muy diferentes porque sus temas eran otros: retratos de plantas el primero, retratos de organismos microscópicos el segundo. Pero los tres fotógrafos coinciden en su extraordinaria combinación de profundidad, neutralidad objetiva y aparente confianza en la imaginación del contemplador. Y también cabe mencionar otros equivalentes posteriores. Por ejemplo, la mirada de Sander anticipa las de Bernd y Hilla Becher en sus conocidos retratos de arquitectura industrial, también en blanco y negro.

Su hijo Erich fue encarcelado en 1934 por su activismo político contra la dictadura nazi.

August Sander representa un caso excepcional de autoencargo desmesurado, enorme, un raro caso de misión fotográfica imposible, o casi. De hecho, fue posible a pesar de todo. El valor de su obra radica también en su voluntad de inventario exhaustivo, de suma enciclopédica. Al fallecer, en 1964, su legado fotográfico era de 1.800 negativos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, en 1946, entre veinte mil y treinta mil negativos y muchas copias fueron destruidos por un incendio en su almacén. Y que diez años antes, en 1936, muchas de sus mejores fotos habían sido destruidas por los nazis: junto con los ejemplares de su libro El rostro de nuestro tiempo, destruyeron las placas originales.

Gente del siglo XX consta de 619 fotografías que se ordenan en un preámbulo (Los arquetipos) y siete capítulos: El campesino, Los artesanos, La mujer, Las clases y profesiones, Los artistas, La gran ciudad y Las últimas personas. La presentación en La Virreina ha respetado la estructura original y ha procurado resumir en 196 fotos -cerca de un tercio del total de esa gran serie- el sentido de todo el proyecto. Allá donde no podía llegar por sus propios medios, August Sander se dejó ayudar por su hijo Erich, quien fue encarcelado en 1934 por su activismo político contra la dictadura nazi y pudo así retratar a algunos presos políticos, incluido él mismo. Erich Sander falleció en la prisión, en 1944, víctima de la desatención sanitaria y la denegación de auxilio.

Desde la perspectiva propia de un siglo XXI en que abundan las noticias falsas y las imágenes y sonidos manipulados y fraudulentos, puede llamar la atención la gran confianza que Sander tenía en la imagen fotográfica, que identificaba con la representación fideligna, veraz. ¿Las apariencias fotográficas no engañan? ¿La cara es siempre el espejo del alma? ¿Acaso no hay rostros que son también máscaras?… A principios del siglo XX las antiguas creencias pseudocientíficas que identificaban y juzgaban a las personas por su aspecto físico todavía no habían sido desacreditadas. Los criminólogos y más aún los racistas estaban encantados con las teorías de la fisiognomía. Se pudo así describir una “mandíbula de criminal” –supongo que parecida a la del brillante director de cine Quentin Tarantino-, pero lo cierto es que la historia está repleta de asesinos y asesinas de rasgos suaves y armoniosos. En sus retratos Sander no cayó en ese determinismo superficial. Llevó su confianza en las apariencias fotográficas hacia un sentido más lúcido, ya no étnico y discriminatorio, sino histórico y biográfico. Y es cierto que las experiencias vividas dejan huella expresiva en el rostro, incluso cuando éste procura permanecer inexpresivo. Y eso es fotografiable.

Los retratos de Sander permiten jugar a las adivinanzas fotográficas. Pondré algunos ejemplos:

Pienso, en la primera sala, que ese hombre mayor de cierto retrato tiene una mirada noble, me parece simpático, inteligente y a gusto con la vida. En el pie de foto dice: El sabio. Junto a él, un señor con aspecto rígido, que me parece un académico, es descrito como El filósofo (1913). Más adelante hay un hombre con actitud despierta y tensa, que me parece un revolucionario. El título dice Líder comunista (1929). Interpreto que otro retratado es un hombre con mucho poder y por ello muy seguro de sí mismo, demasiado incluso, y el pie de foto dice: Banquero (1929). Tal vez en 1930, tras la crisis financiera, ya no estaría tan seguro de sí mismo.

En algunos casos la interpretación es evidente: el albañil que carga ladrillos en sus espaldas, el pastelero gordo que revuelve una olla (ambos de 1928), o el estudiante de filosofía con dioptrías, que parece a punto de estallar de tanto pensar. Otras veces, no tanto. Por ejemplo, un tipo con bombín y aspecto de jugador de cartas tramposo resulta ser un Aprendiz de carnicero. Y una mujer hierática como una estatua resulta ser una Profesora de danza.

Vemos que una Mujer de pintor (Helene Abelen en 1926 o 1927) tiene un aspecto totalmente liberado y desafiante: atractiva, vestida de hombre y fumando. Pero no menos moderno resulta el aspecto de una secretaria de una emisora radiofónica.

Ella parece excéntrica, pero quizá no tanto como un señor de aspecto autoritario que se pasea con un perro feroz y resulta ser un notario. Sin duda un hombre de orden, o más bien de “a la orden”. Cerca, hay un teólogo que parece un galán atormentado o un actor de teatro. Y un hipnotizador que, ese sí, yo diría que tiene aspecto de teólogo o pastor protestante.

Los que no engañan por su aspecto son los nazis. Los distintos retratados nacionalsocialistas tienen algo en común: parecen todos muy malas personas, tipos resentidos y agresivos, sádicos que pretenden salirse con la suya por la fuerza. Hay distintas variantes, desde el Capitán de las SS con siniestro uniforme de exterminador empoderado (en la gorra, un águila imperial vuela sobre una calavera humana, supongo que de judío, gitano o comunista), hasta el Miembro de las Juventudes Hitlerianas con aspecto de mediocre con pretensiones, que por fin cree que va a ser alguien gracias al poderoso uniforme que ostenta.

En el polo opuesto encontramos los retratos de las víctimas de la injusticia, la explotación y el genocidio. La dignidad invicta de una mujer acusada de ser judía, descrita como Víctima de persecución (1938).

O el sufrimiento crónico visible en los retratos de una lavandera o de un mendigo. Sander afrontaba los aspectos siniestros de la condición humana, esos que el poder establecido y la burguesía más hipócrita suelen esconder bajo alfombras y palabras. Y por ello también prestó atención a la enfermedad (Niños ciegos de nacimiento) y a la muerte: un cadáver llamado Materia.

La muestra Fotografías de “Gente del siglo XX” tiene suficiente entidad para suscitar reflexiones sobre lo que ha sido hasta la fecha el retrato fotográfico y sobre lo que podría llegar a ser en el futuro. ¿Cómo un retrato fotográfico podría acercarse a una visión más completa de la persona retratada?… Tengo algunas ideas al respecto, pero es un tema extenso. De momento, apunto sólo estas tres frases: Todo retratista se retrata. Todo retrato es el resultado de un diálogo entre el retratista y el retratado. Todo retrato es una imagen parcial.

La exposición de August Sander Fotografías de “Gente del siglo XX” se puede visitar en La Virreina Centre de la Imatge, en Barcelona, hasta el 23 de junio.