Tal vez, las imágenes que mejor reflejan el trabajo del fotógrafo británico Richard Learoyd (Nelson, 1966) sean aquellos espejos oscurecidos por el tiempo, incapaces ya de cumplir su función original.

Learoyd ejerce la fotografía de una manera bastante original. No es que su en estudio tenga una cámara, es que la cámara es una habitación de su estudio. De este modo, él no se sitúa tras el aparato, directamente entra en él. Se basa en el principio de la cámara oscura, la caja cerrada herméticamente en la que, a través de un pequeño agujero –o lente– entran rayos de luz reflejados por los objetos del exterior. Leonardo da Vinci, en 1502, nos dejó la primera descripción escrita.

Richard Learoyd, Lost Oval, 2009. Private collection.

Learoyd, pues, coloca el modelo –humano vivo o animal muerto– en una posición a menudo forzada. Después entra en la habitación oscura, pone un papel fotográfico gigantesco, de hasta 170 centímetros cuadrados, activa los flases de sala y espera –unos 18 minutos– a que la imagen quede fijada. Un ejercicio descomunal, cerebral y algo inhumano.

Richard Learoyd, Melanie, 2015. Courtesy of the artist and the Fraenkel Gallery, San Francisco.

El resultado es espectacular: unos colores que parecen pintados por el mejor pintor holandés de género del siglo XVII, unas texturas que sugieren la presencia real del modelo, y una sensación inquietante de algo vivo y muerto a la vez.

Richard Learoyd, Fish Heart I, 2009. Samuel Merrin Collection.

Freud lo pasaría en grande, psicoanalizando a Learoyd. Porque retrata, como un Chardin aficionado al bondage, aquellos pulpos suspendidos en el aire, un corazón de pescado tensado por numerosos hilos negros, un puñado de garzas atrapadas en cordeles o la blanca cabeza decapitada –y sangrante– de un caballo, a medio camino de los mármoles del Partenón y del filme El Padrino.

Richard Learoyd, Twin II, 2012. Courtesy of the artist and the Fraenkel Gallery, San Francisco.

Y qué decir de sus modelos, a los que sujeta las extremidades con cinta y otros ingenios invisibles a la cámara para conseguir que se estén quietos durante los 18 minutos de exposición. «Lo controlo todo menos la expresión de su rostro», afirma Learoyd. Y sus rostros son de una tristeza infinita, quizá porque es más difícil aguantar la sonrisa durante un cuarto de hora largo que no poner cara de poker y abstraerse.

Y yo me pregunto, ¿qué pensarán los modelos durante los 18 minutos de suspensión temporal que dura este peculiar proceso de inmortalidad?

Richard Learoyd, Whale, Pacifica, 2015. Courtesy of the artist and the Fraenkel Gallery, San Francisco.

Que nadie se tome estas observaciones como una crítica negativa al trabajo de Learoyd. Su propósito, técnica y coherencia son impecables. La monumentalidad de unas obras únicas, irrepetibles –literalmente–, y sus amplísimos conocimientos de la historia del arte y de la fotografía hacen que sea a la vez tradicional y rompedor.

Construyó una cámara con ruedas que podía acoplar al automóvil, como si fuera un remolque.

La exposición, comisariada por Sandra S. Phillips, conservadora emérita de fotografía en SFMoMA, se extiende por la primera planta de la Casa Garriga Nogués, Sede de la Fundación Mapfre en Barcelona, y termina en la planta baja, donde podemos ver una serie de paisajes en blanco y negro del periodo 2016-2018. Learoyd, claro, no se llevó la habitación al campo. Pero construyó una cámara con ruedas que podía acoplar al automóvil, como si fuera un remolque. Para fotografiar estos paisajes de los Estados Unidos, Europa del Este y la isla de Lanzarote –esta última por encargo de Mapfre– Learoyd emplea película. Una película de hasta dos metros de la que positiva contactos en la gelatina de plata.

Richard Learoyd, Family Group I, 2016. Private collection.

Vanitas y paisajes nada fáciles, como algunos automóviles accidentados en carreteras estadounidenses, imponentes montañas en el parque nacional Yosemite, la lava solidificada en Lanzarote, el mar Báltico en su cambiante infinitud, e incluso una familia campesina bastante numerosa, imagino que en una de aquellas explanadas eternas que preceden a los Urales… la pintura de género aún tiene mucho recorrido.

La exposición Richard Learoyd se puede visitar en la Sala Fundación Mapfre de la Casa Garriga Nogués, en Barcelona, hasta el 8 de septiembre.