El ojo de la cámara no tiene compasión: registra, registra, registra, nunca deja de registrar, tanto da lo que le pongas delante, un gusano o un rey, el dulce sudor de dos espaldas jóvenes haciendo el amor o las venas podridas de un pie septuagenario.

En el caso de Roi Soleil Albert Serra escoge, de nuevo, el cuerpo agónico de Luis XIV, encarnado en otro cuerpo mítico, el de Lluís Serrat, alias Sanchini, que el cineasta ha utilizado en casi todos sus proyectos. Dos historiales biológicos que a lo largo de la película se van descomponiendo y enlazando ante la mirada clínica de una cámara que no sabe distinguir entre reinos: el humano y el animal, el personaje y el actor, el oprimido y el opresor son igualados por la enfermedad y las catástrofes del tiempo. Envejecer, morir, es el único argumento de la obra. Un motivo barroco que se va repitiendo durante la película.

Albert Serra. Roi Soleil, ®Andergraun Films.

Roi Soleil empieza con la figura imponente del monarca paseando y suspirando de un lado a otro de una sala. Se trata de un espacio ambiguo, cuadrado y de diseño claramente contemporáneo. Un anacronismo que, ya desde el principio, nos situa en un escenario fantástico y delirante; impresión reforzada por el monocromo rojo de la imagen, que recuerda a un cuarto de revelado. ¿Qué razones debemos ver en el uso de un solo color, y del rojo en concreto, color incómodo, insistente, afilado, tensor de la mirada? Desde el primer instante el espectador es dominado por una sensación de alerta y de peligro. La visión, con más pena que gloria, se adapta a esta atmosfera. El artificio monocromático opera con ferocidad, trabajando la parte profunda del ojo: el nervio óptico. Roi Soleil busca el compromiso, la atención, la entrega total de nuestros nervios. «Ya no creo sino en la evidencia de lo que agita mis médulas», escribia Artaud, «no de lo que se dirige a mi razón. He encontrado estratos en el campo del nervio».

Albert Serra. Roi Soleil, ®Andergraun Films.

En Roi Soleil el espacio arquitectónico funciona como correlato de los límites del cuerpo del monarca. El rey acaricia los muros de su propia decadencia material, los observa, apático o indiferente, se arrastra y choca con ellos una y otra vez, como una mosca atrapada en una jaula de cristal (o como un escarabajo encerrado en una habitación: efectivamente, la mirada de entomólogo de Albert Serra convierte Luis XIV, uno de les reyes más poderosos de la historia de occidente, en el insecto Gregor Samsa). En esta lucha contra los desastres de la carne el lenguaje queda reducido a puro jadeo. El rey no habla. Los únicos sonidos que logra articular son los que se encuentran más íntimamente ligados a membranas, vísceras y mucosas: interjecciones, tos, inhalaciones, suspiros. Como el escarabajo de La metamorfosis, el rey se ha quedado sin voz, o solo puede expresarse con la lengua viscosa de los órganos. Una voz que, por ley, en la época de Luis XIV, era el canal directo entre dios y el pueblo. La comunicación entre el monarca y sus súbditos se ha interrumpido. Roi Soleil documenta el hundimiento de un mundo que también puede leerse en clave política.

No hay diálogo con el otro. El otro deviene el misterio del propio cuerpo.

A lo largo de la hora que dura Roi Soleil el espectador asiste, básicamente, a la circulación de aire, agua y materia a través de un organismo que, cuanto más se acerca a la región de la muerte, más se hermana con el resto de las especies. En el interregno solitario del moribundo el lenguaje pierde su función y su poder, se estanca o se vuelve fantasmal. No hay diálogo con el otro. El otro deviene el misterio del propio cuerpo, que tan solo puede comunicarse mediante el cruel código binario del placer y el dolor. En este interregno no hay espacio para la empatía o la desesperación, sentimientos que siempre se encuentran de la parte de los vivos, de los organismos que aún tienen potencia para sublevarse. El cuerpo del monarca es un cuerpo hundido en la soberbia, la gula y la pereza. A pesar del declive biológico, el Rey Sol no puede evitar seguir enguyendo bombones, mirándose al espejo o peinándose el bigote. Recientemente, en una conversación, el filósofo Alexander García Düttmann (uno de los actores de Personalien, instalación que Albert Serra exhibe estos días en el Reina Sofia de Madrid) proponía ver Roi Soleil como una parodia del sujeto “arte contemporáneo”, encarnado en un bebé-abuelo gordo y caprichoso, un sujeto quejica, impotente y afásico, que, como todos los que trafican con él, ha perdido la palabra. En cualquier caso, de todas las necesidades primarias de este bebé-abuelo, la que parece suponer un calvario más duro es beber agua, como si el cuerpo solo encontrara placer y fundamento en las actividades contrarias a su conservación.

Albert Serra. Roi Soleil, ®Andergraun Films.

Pero para comprender Roi Soleil se debe partir del hecho que la pieza, en realidad, es la filmación de una performance realizada por Lluís Serrat en 2017 en la galería Graça Brandao de Lisboa. Durante más de una semana, cuatro horas al día, el actor estuvo interpretando la muerte del Borbón. Albert Serra acostumbra a decir que la base de su metodologia es el trabajo con los actores. Roi Soleil confirma, una vez más, la intuición dramática del director y el talento inagotable de Lluís Serrat, que en esta pieza alcanza unos niveles de expresividad facial que rozan el estupor. Inolvidable la escena del rey Sanchini escupiendo su aliento contra el espejo, haciendo muecas y resollando ante la cruda realidad: el cuerpo es todo lo que tenemos y nunca logrará llevarnos más allá de nuestros vicios, de nuestras faltas, de nuestra finitud.

La exposición Albert Serra. Roi Soleil se puede visitar en la Fundació Antoni Tàpies, Barcelona, hasta el 16 de junio.