Que el sector museístico de nuestro país no está viviendo un buen momento es una realidad. Los escasos recursos que las administraciones destinan a la adquisición de bienes culturales nos llevan a una situación indeseada, si lo que se pretende es ampliar nuestro horizonte cultural. Precisamente por eso debemos celebrar con alegría, e incluso con dulce extrañeza la noticia de que un particular haga una generosa donación a un museo público. Este es el caso que nos ocupa.

Hace unos meses un coleccionista particular se dirigió al Instituto de Cultura de Barcelona con la firme voluntad de hacer una donación de seis pinturas con pasajes de la vida de santa Eulalia mártir. Estas obras, paneles pintados al óleo sobre lienzo, de inicios del siglo XIX (hacia 1812) se atribuyen al afrancesado pintor neoclásico Josep Bernat Flaugier (Martegue, Provenza, 1757 – Barcelona, 1813). El conjunto no es inédito del todo; tenemos noticia de que en 1902 estas obras se presentaron en la Exposición de Arte Antiguo, organizada por la Junta de Museos. Por la documentación conservada sabemos que decoraban las estancias del elegante Palau de la Virreina de la Rambla, hasta que en 1835 el edificio pasó a ser residencia del coleccionista de arte Josep Carreras i d’Argerich. En 1944 el Ayuntamiento adquirió el inmueble, pero las pinturas continuaron siendo propiedad de la familia Carreras hasta que en 1989 las obras pasaron a manos del particular que las ha atesorado hasta hoy.

Josep Bernat Flaugier, Santa Eulalia interpelando al prefecto Daciano, c. 1812. MUHBA.

Un acto altruista, pues, el de este particular que prefiere permanecer en el anonimato, permite ampliar las colecciones de arte de época moderna en el MUHBA y, de paso, regala a barceloneses y curiosos la ocasión de disfrutar de un interesante y raramente visible conjunto de pinturas de nuestro mejor Neoclasicismo (con éstas, el Museo de Historia de la Ciudad amplía la colección de Flaugiers que hasta hoy se limitaba a cinco piezas, entre ellas el autorretrato del pintor). Hace años que los profesores de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona, Joan Ramon Triadó y Rosa M. Subirana iniciaron un minucioso inventario de los palacios y edificios de la ciudad que atesoraban repertorios pictóricos de época barroca y de inicios del XIX y, por desgracia, han ido constatando como, por causas económicas, sociales o bélicas, este patrimonio ha sufrido pérdidas en muchos casos irreversibles.

Josep Bernat Flaugier fue un pintor importante. Se le considera el introductor del gusto Neoclásico en nuestra casa, con un estilo influenciado por Anton Raphael Mengs y Jacques-Louis David. Fue autor de grandes ciclos religiosos para iglesias y palacios tanto de la ciudad condal (San Carlos Borromeo y San Severo, Casa de Erasmo de Gónima) como del resto de Cataluña (encontramos obras suyas en Reus, Tarragona, Poblet…). Recibió numerosos encargos oficiales –entre ellos pintó un retrato de José I Bonaparte (MNAC)–, y durante la ocupación francesa de Barcelona, en 1809, se convirtió en director de la Escuela de la Lonja hasta su muerte en 1813. Hombre viajero, intentó introducir las ideas afrancesadas para la formación de un museo público en la ciudad que reuniera las obras rescatadas de los conventos clausurados durante la ocupación.

Resulta interesante señalar que el tema de las seis pinturas gire alrededor de la figura de santa Eulalia, primera patrona y mito de la ciudad (antes de la aparición de su rival, la Merced a partir de 1687, pero oficialmente aceptada en 1868). Según la leyenda, la santa nació en Sarrià en 290 y murió a la jovencísima edad de 13 años después de defender a ultranza su fe cristiana ante el pretor Daciano, en tiempos de Diocleciano. Su macabro martirio impulsó más si cabe su leyenda dado que la chica sufrió tantos tormentos como años tenía. El listado de agresiones duele sólo de enumerarse: fue azotada, le desgarraron la carne con garfios, la pusieron sobre brasas al rojo vivo, le cortaron los pechos, le rozaron las llagas con piedra pómez, le aplicaron aceite hirviendo a las heridas, la rociaron con plomo fundido y la arrojaron a una balsa de cal, también la metieron en una bota llena de cristales y hierros haciéndola rodar calle abajo, fue quemada, encerrada con pulgas para que la picaran y, finalmente, –como se ve que no había sido suficiente–, fue condenada a morir en una cruz en aspa (como san Andrés). En resumen, un ensañamiento propio de una película de Tarantino. Sin duda, el mito de Santa Eulalia ya estaba creado, y Barcelona era su escenario.

Josep Bernat Flaugier, Crucifixión de santa Eulalia, c. 1812. MUHBA.

Las seis pinturas conservadas no describen todos los tormentos, sólo unos cuantos. Empiezan situando el relato en la tierna niñez de la santa. En la primera tela la vemos entre sus padres en un patio interior. En la segunda vemos a Eulalia interpelando al prefecto Daciano, sentado en un trono de piedra haciendo un gesto de desaprobación, mientras el cortejo observa a la chica con mirada amenazadora. La composición de Flaugier aquí es simple y efectiva, tal como proclamaban dictados neoclásicos: un triángulo rectángulo en la parte derecha del cuadro (zona del gobernador) y por delante un rectángulo (donde se sitúa la santa y los dos soldados que la flanquean). La siguiente pintura recoge uno de los últimos tormentos, el undécimo, donde la santa es arrastrada medio desnuda por las calles de Barcino hasta que la nieve hace aparición para cubrir su cuerpo joven. El pintor recrea el ambiente urbano abriendo al fondo una discreta ventana donde una mujer, con sus hijos, acota la escena. El cuarto óleo nos muestra el primer tormento: el azotamiento de la santa en una columna. Igual que en una flagelación de Cristo, observamos las testas sádicas de los soldados dispuestos en variadas posiciones cogiendo los látigos y, de paso, cubriendo el cuerpo casto de la mártir.

Vista general de la exposición en la capilla de Santa Ágata.

La siguiente pintura muestra una cruel escena donde los verdugos le acercan una vela para quemarle los ojos y, por último, el sexto lienzo nos ilustra la famosa crucifixión de la santa en el Pla de la Boqueria donde, según la tradición, fue finalmente ejecutada. De todas las telas, esta es la de mayores dimensiones (152 x 148 cm) y la más rica en composición. Además de a los protagonistas, se describe el paisaje de la colonia romana, con sus torres y casas en perspectiva. Sujetada por dos hombres que le aprietan brazos y piernas, observamos a la santa que muestra un sufrimiento contenido, tamizado por los aires académicos y alejados de la teatralidad barroca. La obra respira la frialdad típica del Neoclasicismo, pero Flaugier sabe otorgarle cierta sensualidad por el uso de colores cálidos (la piel pálida de la chica, el pelo rubio o la tela roja que le tapa las partes) y por una pincelada precisa pero vibrante. Flaugier tampoco descuida la atención a las expresiones en los rostros, desde los fieles que imploran perdón hasta la actitud de burla del hombre joven barbudo, o el anciano que toca la cabeza a la chica. Es probable que el programa pictórico desarrollado por el artista incluyera más tormentos, pero no se han conservado.

Hasta el 19 de abril quien así lo desee, puede acercarse a la capilla real de Santa Ágata para hacer este viaje mítico en recuerdo de santa Eulalia. Después de esta fecha, las pinturas se moverán al Centro de Colecciones de la Zona Franca, espacio donde el MUHBA conserva y clasifica las obras que, por razones de espacio, no puede reunir el museo de la Plaza del Rey. Flaugier, se ha dicho, fue uno de los impulsores de la apertura de un museo público en Barcelona. Celebramos que el destino haya llevado a que seis obras suyas, este año, enriquezcan el museo de la ciudad.