Lo que le está sucediendo al dibujante barcelonés Sergio Mora (1975) desde la primavera del año 2015 hasta estos inicios del 2019 me parece que es un fenómeno de éxito y proyección internacional excepcional en nuestro contexto. Y más en tiempos de crisis. El libro Moraland, publicado por Norma Editorial, recoge una selección de su obra, realizada por el propio artista.

La noción de “dibujo expandido”, que empleo para definir su evolución reciente, no es un capricho conceptual. En las casi trescientas páginas de este libro podemos encontrar, por ejemplo, fotografías de sus grandes dibujos que viajan pintados en un camión del galerista Fer Francés, sobre visible soporte metálico. Y también de los que deambulan en chaquetas de marca Gucci, adornan enormes barriles de vino en un castillo de Burdeos y, sobre todo, los que son, en soporte de azulejos tradicionales, paredes de restaurantes y fondo de comidas y cenas marítimas en Miami (el Bazaar Bar, dentro del Hotel SLS Brickell) o de cenas carnívoras en el centro de Nueva York.

Sergio Mora, Truck Art Project, 2017.

Dibujo expandido en la ropa, en vehículos, en objetos, en la arquitectura de bares y restaurantes. Si yo me hubiese dedicado al dibujo, me habría encantado que me sucediera lo que le está pasando a Sergio Mora en estos últimos años. Es decir, poder hacer realidad unos cuantos sueños personales, además de otros proyectos por encargo cuyo resultado, finalmente, llega a ser también como una ensoñación personal.

Sergio Mora, Bazaar Mar Restaurant, 2016. Hotel SLS Brickell Miami.

En este caso creo que nada es casual y todo es merecido. Casi desde sus inicios, y tal vez sólo intuitivamente y no conscientemente, el programa artístico de Sergio Mora ha sido, paradójicamente, muy claro en su situación precisamente fronteriza y permeable, oscilante entre la pintura y el dibujo o la ilustración. Hace años su obra podía parecer demasiado artística a los editores de libros ilustrados más atentos a los nichos rutinarios que a la evolución de los tiempos y a la complejidad de las cosas.

Sergio Mora, Presagios, 2014.

Y podía parecer demasiado ilustrativa y anecdótica a los galeristas y los críticos anticuados y despistados. En realidad, ese era precisamente el lugar feliz y creador de Sergio Mora: a la vez pictórico único y popular reproducible, a la vez surrealista y pop (de un modo distinto que el “pop surrealism” californiano de Gary Baseman y Tim Biskup, aunque claramente influido por el primero), y a la vez internacional y local, rico en intercambios y guiños culturales. De este modo, Mora puede expresarse con igual frescura en una exposición de pintura, un libro ilustrado para adultos o para todos los públicos, un cómic bizarro, una portada de un disco o un diseño de moda o de interiorismo subjetivo y antineutro.

Sus imágenes populares y surrealistas o metarrealistas, son además intergeneracionales.

Otra clave es su gusto por las combinaciones “spanglish”, la asociación de tópicos made in USA y españoles castizos: sirenas y lemas de tatuaje y monstruos de película popular o de serie B por una parte, y jamones, rústicos botijos o bailarinas sevillanas por la otra. Ahí hay un peligro de caída en la fórmula y en el lugar común sin más, pero por ahora a este artista le salva el buen empleo del color y la capacidad para el cambio sutil de sentido a partir de lo groseramente tópico.

Sergio Mora, La peleona, 2009.

La comunicación figurativa le resulta fácil a Mora, pues le encantan algunos iconos de la cultura de masas, desde los tatuajes de guapas sirenas a una lisiada y peleona Frida Kahlo, pasando por ciertas pin-ups americanas o por cierto anfibio cinematográfico: el monstruo de la laguna. Sus dibujos y pinturas se podrían considerar como collages de imágenes ajenas, populares, apropiadas y compartibles. En la obra de Mora las ficciones ajenas se combinan de tal modo que componen un mundo que aparece como propio del artista barcelonés, un mundo tan compartible como personal. Sus collages narrativos -o casi narrativos- logran cambiar y extender los sentidos de las figuras que reúnen. Y sus imágenes populares y surrealistas o metarrealistas, son además intergeneracionales y por ello pueden llegar tanto a los nacidos en torno al cambio de milenio como a los que tenemos la misma edad que el rock.

Sergio Mora, Monsters in Paradise, 2017.

Una de sus mejores pinturas recientes, por cierto, se refiere al mismo icono cinematográfico con el que me despedí, en el lejano junio de 1986, de la primera temporada de Arsenal, un programa de televisión de vanguardia (parece increíble, pero fue cierto en Catalunya) que inventé junto con Manuel Huerga y Jordi Beltran. Aquella noche, el muy cambiante collage videográfico de Arsenal fue una asociación de imágenes y músicas fiesteras, adecuadas para la verbena de sant Joan, y en un momento dado el cinematográfico monstruo de la laguna aparecía por ahí andando como un borracho, haciendo eses, al son del eufórico Soul Finger de los Bar-Kays. En la imagen de Sergio Mora incluida en Moraland, que recuerda a la marmórea Piedad de Miguel Ángel, es la chica guapa y fuerte la que cuida de ese monstruo subacuático, ahí vencido no se sabe si por mal de amores o por maldita resaca.

Sergio Mora, Hay que regar el jardín, 2011.

En el contexto catalán y español, creo que el reciente y creciente éxito de Sergio Mora es comparable con el -ya lejano- del dibujante y diseñador valenciano Mariscal en torno a los años ochenta del siglo XX. O incluso con el reciente “fenómeno Rosalía” –así lo denominan-, aunque lo de esta maravillosa cantante ya se va pareciendo más a la celebridad global del caso Pedro Almodóvar. O Pedrito: así le llamábamos cuando aún no era famoso, en los ambientes del cine experimental y en las noches ochenteras en El Sol de Madrid. Por ello, no me extrañaría que próximamente Sergio Mora pueda dibujar la portada de un disco de Rosalía y también el cartel de una película de Almodóvar. Recibir un encargo de David Bowie ya no va a ser posible, pero nuestros admirados Iggy Pop y Nick Cave aún andan por aquí y hacen buenos discos.

Sergio Mora, Children of the revolution, 2013.

En cualquier caso, me parece que los logros del también llamado Magicomora son excepcionales para un dibujante, ilustrador o pintor, es decir, para un individuo no arropado por producciones como las del cine de género o la música pop. Por cierto, en los tres casos antes citados (Mariscal, Mora y Rosalía) el éxito –como el trabajo previo- fue primero barcelonés, antes de su posterior despegue internacional. Tal vez la política cultural y la política general no funcionen bien en Cataluña, pero me parece que es un hecho demostrable que la creatividad en Barcelona es sobresaliente en todas las disciplinas artísticas y literarias desde hace muchos años. El problema es que la mayoría de los gestores culturales han sido en estos años pésimos exploradores que no han sabido descubrir nada relevante desde Tàpies. Lo siento por ellos, pero más por todos los demás.

Sergio Mora, Truck Art Project, 2017.

Para acabar, quiero recordar que, antes de ser recomendado por Juli Capella en el año 2015 y de empezar a recibir encargos de marcas estelares del diseño como Philippe Stark y Bruno Borrione, de la cocina como el chef José Andrés, o de la moda como Gucci, y antes del premio Grammy Latino 2016 por sus dibujos para el disco de Love of Lesbian El Poeta Halley, Mora estuvo durante muchos años “picando piedra” en la capital catalana sin obtener apenas recompensas. Ya casi parece extraño, pero lo cierto es que a Sergio Mora durante bastantes años sólo le defendíamos la gente de la galería barcelonesa Iguapop y pocas personas más. Cuando lo descubrí en el año 2002 era un desconocido. Recuerdo que fue en el jardín de la escuela Orlandai, de Barcelona. Me llamó la atención la portada de un libro infantil suyo: La casa de la Mosca Fosca. Poco después, en la galería Iguapop, redescubrí a ese mismo dibujante en una faceta ya adulta, en una muestra colectiva. Mis elogios debieron de ser los primeros o los segundos publicados sobre su obra. Toda esa etapa –quizá demasiado remota y “picapiedra”- es la que no aparece en el libro Moraland, centrado en la muy exitosa producción de sus últimos años.