Isidore Lucien Ducasse, conde de Lautréamont, abrió nuevos caminos a la definición de belleza citando el encuentro casual, sobre una mesa de disección, entre un paraguas y una máquina de coser.

Sigmund Freud estableció el marco conceptual de esta nueva mirada con la invención de «lo siniestro» (unheimlich). Lo familiar y reconocible se convertía, al mismo tiempo, en desconocido e inquietante.

Evaristo Benítez, Décalage.

Se trata de invasiones, de desplazamientos, de grietas. Educados en la práctica del cut & paste, quizá nos parece de lo más natural… pero imaginad el impacto del collage, en 1912, en la concepción del arte. La cosa y el nombre de la cosa colisionaban en un mismo plano. El universo se convertía multiverso. Imposible dar marcha atrás.

Precisamente, la penúltima exposición de Evaristo Benítez (Azuaga, Badajoz, 1957) en la galería Contrast llevaba por título Room XXIII. Collages: una serie de espacios amplios, casi deshabitados, rellenos de obras emblemáticas de las vanguardias artísticas, descabezadas, esparcidas, trituradas… pero reconocibles.

Benítez vuelve al ataque con una nueva serie que lleva por título Décalage. Básicamente, consiste en variaciones sobre un mismo tema: personajes de la cultura pop -como la Pantera Rosa o Johnny Zipper- en una biblioteca abandonada. A veces, ilumina la escena un corazón digno del mejor salón de tatuaje, inflamado, con el preceptivo puñal o incluso abrazado por una corona de espinas. Nada que no hayamos visto antes… por separado.

Según el Urban Dictionary, Johnny Zipper designa a aquella persona tan fea que nadie con cara y ojos puede desearla. Por ello, esta figurita de látex comercializada por Cha Cha se cubre el rostro con una máscara propia de determinadas prácticas sexuales, vinculadas a la sumisión.

¿Qué hace, pues, este personaje, a veces acompañado de un perro también enmascarado, en medio de una biblioteca destartalada? ¿Se trata, quizás, de establecer un paralelismo para indicar que la cultura clásica, la que pervive en libros llenos de polvo y de humedad, adocenados en frágiles estantes, destripados en pavimentos insalubres, no tiene nada que hacer ante la pantalla del móvil y unas redes sociales que divulgan el mundo a ritmo de tuit?

La paleta de Benítez se limita, en este caso, a tonalidades de hollín aguado, naranja y, a modo de contraste, breves notas de rosa y rojo. No importa que la escenografía esté pintada sobre tela o edificada a base de dioramas de madera. Si, después del impacto inicial, observamos con atención, encontraremos numerosos referentes: a Joan Brossa, a Benítez mismo, a pintores como Philip Guston, giros lingüísticos -como el célebre pulpo del garaje- y, por supuesto, lugares comunes de la sexualidad más trash, como las muñecas hinchables.

¿Acabaremos tatuándonos nuestras bibliotecas sobre la piel?

Fijémonos en el corazón que se aparece, como una iluminación, a los protagonistas de la mayoría de escenas. Se trata de un elemento lumpen, una imagen que se tatuaban marineros y presidiarios –para indicar una relación trágica o una traición amorosa–, procedente de la iconografía religiosa: el sagrado corazón de Jesús ¿Acabaremos tatuándonos, también, nuestras bibliotecas sobre la piel o, peor aún, acabaremos convirtiéndolas en un delicioso anacronismo decorativo?

La exposición Evaristo Benítez. Décalage se puede visitar en la galería Contrast, de Barcelona, hasta el 15 de abril.