Clàudia Rius publica un artículo para defender con uñas y dientes el programa This is Art de TV3. ¡No hay problema!

Le conozco una preocupación sobre el supuesto divorcio entre el mundo del arte y el grueso de la sociedad; sé que le inquieta que todos nosotros (ella incluida, supongo) estemos promoviendo fronteras entre la alta cultura y la cultura popular.

Escena del capítulo de This is Art dedicado al amor.

Más de una vez le he leído explícitamente o entre líneas esta preocupación; también hablamos en un acto público en torno a la exposición Ah, ¿el arte? Ah, ¡el arte! que ella había comisariado, en Can Palauet de Mataró, y dónde me invitó a participar. Una exposición, por cierto, en la que este divorcio era tan evidente como en tantas otras desde el momento en que Clàudia tenía que explicar una serie de cosas que la mirada de los espectadores no percibía. Ya lo decía Jacques Derrida, y yo no me canso de repetirlo: las imágenes son mudas, necesitan que alguien les otorgue palabras. Pero palabras lúcidas, claro, no las de un tipo fanfarrón al que los dirigentes de una televisión nacional le han conferido el poder de ser el único que habla de cultura en TV3. Y lo hace como lo hace.

En todo caso, la preocupación de Clàudia le honra. No quiero ser condescendiente, lo digo en serio. Llevo muchos más años que ella tratando de ser transparente cuando hago mi trabajo y nunca me han gustado los círculos de iniciados. Pero también he tratado de alejarme del populismo, de las concepciones utilitarias del arte, de las mentiras sobre el arte para todos y otras triquiñuelas. Es por eso, que no entiendo que Clàudia Rius, partiendo de esta inquietud compartida, pueda llegar a la conclusión de que banalizar la cultura en la televisión pública catalana sea positivo. Y tampoco entiendo por qué me mete a mí en sus guerras; a mí ya Ricard Mas, al que agradezco que me haya permitido responder desde su mirador. Ricard ya publicó una réplica con la que estoy de acuerdo en lo fundamental. Y por tanto trataré de aportar dos argumentos que, desde mi perspectiva, pueden ayudar a entender por qué Clàudia Rius está equivocada. Un argumento tiene que ver con los procedimientos de su texto; el otro, más importante, sobre la falacia que supone interpretar el programa This is Art como un proyecto de mínimos para acercar el arte a la sociedad catalana.

En cuanto a los procedimientos, encuentro que hace feo que, para defender sus criterios, ataque los que, previamente, han expuesto dos colegas suyos. Porque ella dice que no nos quiere atacar, pero lo hace desde el momento que simplifica y contradice lo que yo había escrito en un artículo en Vilaweb que no estaba centrado en este programa, sino en las políticas culturales de la Generalitat. Esto a ella le da igual, la cosa es ponerse en un punto alzado, ocultar las reflexiones de fondo que allí se daban, hacer ver que ella está en el lado de la gente mientras que nosotros somos unos elitistas depravados; y terminar con una frase que me parece éticamente desagradable: «no puedo entender la respuesta entusiásticamente afirmativa que estos argumentos –se refiere a los de Ricard Mas y a los míos– han recibido desde diversos estamentos del mundo del arte que luego se quejarán porque la mayoría de personas no va a sus galerías o salas de exposiciones.»

Éticamente desagradable, acabo de escribir, porque da por supuesto que la gente que abomina de This is Art es tan burra que no sabe ver las diferencias entre su trabajo y un programa que implica una maldad para todos los que nos dedicamos al mundo del arte, incluyendo a Clàudia Rius. Entre el arte comprometido con la sociedad y el espectáculo decididamente torpe y autocomplaciente que practica el señor Ramon Gener en la televisión pública catalana hay, afortunadamente, un abismo. Por lo tanto, me parece feo que arrogue esa pretensión ad hominem, ella por encima de todos los demás. Y le pido, desde la cordialidad, que no vuelva a usar mi nombre para librar sus guerras; con su empuje y sus más de 650 artículos publicados en Núvol en apenas cinco años, si no me equivoco, ha demostrado que no necesita ni apoyarse en otros ni, mucho menos, debilitar a los demás para fortalecer sus textos.

Y, así, llego a lo que me parece la esencia de la cuestión. Si TV3 abordara el hecho cultural desde múltiples perspectivas, quizás este This is Art no retumbaría de forma tan estridente. Pero resulta que a lo que Clàudia llama mínimos sobre el arte se inserta en una parrilla de emisiones donde priman la broma, la facilidad, la necedad, la frivolidad, la banalización de toda la sociedad. Decía Federico Fellini que «la televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural.» El problema no es sólo que el presentador de este programa salga haciendo estupideces para atraer la atención del espectador; el problema más grave es que «nuestra» televisión dedica horas y horas al deporte con una seriedad impropia de la materia mientras ridiculiza a la brava aquel campo donde debería ser más respetuoso.

Y no, si por favor, que nadie me venga con la cantinela de que la cultura es aburrida en la televisión. El mismo concepto de aburrimiento es propio de analfabetos secundarios, como llamaba Hans Magnus Enzensberger a quienes se dejan beber los sesos mediante la televisión. No hay nada más aburrido que una tertulia futbolística, todos haciendo ver que saben mucho, pero ninguno de ellos adivinando nada de lo que sucederá. ¡Viva el aburrimiento del arte! Vivan los programas que tratan la cultura con planos sostenidos en los que unas personas hablan a cámara y dicen sin prisas sus argumentos. No hay que embadurnarse, no es necesario remedar la voz, no hay que hacer ver que el presentador del programa es un genio incomprendido… todo esto es puro entretenimiento. Y el arte tiene que ser otra cosa.

Si al arte lo pintas como un puro divertimento, le arrancas toda su posible carga transformadora.

La televisión es un medio que, como sabemos desde Marshall McLuhan, si no desde escuela de Frankfurt, juega a favor del sistema. Es un medio alienador por excelencia. Puedes luchar contra esta condición ontológica, la alienación, la estupidización de las masas, pero el único camino para hacerlo es no intervenir en los pensamientos del espectador, no marearlo con aspavientos, risotadas, cambios de planificación repentinos… Es decir, todo lo contrario de lo que se hace en este programa obsceno, donde el espectador, cuando termina la emisión, sólo sabe que hay un tipo petulante que le ha venido a decir que lo sabe todo. Y el resto, somos unos ignorantes.

Porque, amiga Clàudia, el problema no es que los catalanes sepan qué es o de quién es El grito de Munch; esto es simple información. El verdadero conocimiento es acercarse a El grito en un libro o en un museo para poder empezar a vislumbrar que, en la época de Munch, se gritaba agónicamente tanto o más de como lo hacemos ahora en el mundo entero, más de un siglo después. Si al arte lo pintas como un puro divertimento, le arrancas toda su posible carga transformadora.

Ciudadanos de Cataluña: ¡absteneos de mirar este programa y todos aquellos de TV3 que nos tratan como imbéciles! Divulgar es una cosa, tratarnos de tontos es otra muy diferente. Si This is Art supusiera el mínimo cultural que nuestro país necesita, como sostiene Clàudia Ríus, estaríamos peor de lo que nos podíamos imaginar: por debajo ya no hay más que lodo y excrementos.