Acostumbro a desayunar en Casa Alfonso de la calle Llúria de Barcelona. Viví muy cerca de allí, y enseguida me acostumbré a esta taberna antigua que te recibe con las patas de jamón colgadas del techo, como bailarinas invertidas del Crazy Horse.

Me gustan sus mesas de mármol blanco, que contrastan con los cafés con leche servidos en vaso de cristal, y sus sabrosos bocadillos. Entre los camareros, sobresalía Joaquín, un hombre recio de verbo suelto que se parecía a Pedro Picapiedra. Nunca estaba contrariado o al menos lo simulaba bien, con sus bromas de maño y su sonrisa de bonachón.

Vincent van Gogh, La Méridienne ou La sieste, 1889. Musée d’Orsay, París.

Hace semanas regresé a Casa Alfonso después del paréntesis del confinamiento. Al entrar, ya noté que aquello no era lo mismo. Unas mamparas de metacrilato separaban las mesas como si estuviésemos en una sucursal bancaria, mucho gel y poco jamón: la nueva normalidad le llaman. Al pagar pregunté si mi amigo estaba en casa debido a un ERTE, y con voz muy baja me comunicaron que Joaquín había fallecido a principios de marzo victima del coronavirus.

Al salir pensé en todos los joaquines que se ha llevado esta peste negra. Pensé en amigos, como Juan, conservador del Museo del Prado, que fue a un hospital y no lo pudieron ingresar y murió aquella misma noche, solo en casa. Recordé a la madre de uno de mis mejores amigos que falleció en plena pandemia y que no llegué a conocer. Me acordé de mi amigo Jaime, secuestrado en una residencia de ancianos sin sus libros ni sus puros. ¿Cuántas personas se fueron solas entre médicos y enfermeras que parecían astronautas, sin poderse despedir? Nadie pudo cerrar bien el doloroso círculo del duelo.

También pienso en los que lo han padecido, amigos y conocidos, con la congoja de no saber qué pasará o qué secuelas les quedarán, quizá para siempre. También pensé en los sanitarios, los que han estado en primera línea desprotegidos, en los que han enfermado y en los que han muerto, y en los que han trabajado a destajo sin recursos, también en los políticos desorientados con sus rostros de miedo, en los maestros que han reconvertido diligentemente las aulas en nubes virtuales. A todos ellos no hay que aplaudirles tanto sino más bien valorar su esfuerzo sobrehumano, y sobretodo pagarles mejor: no hay mejor reconocimiento que un sueldo digno.

No sabemos qué será de nosotros ni del mundo, no dentro de un año sino en setiembre.

El verano es el simulacro de la felicidad, y para ser feliz hay que tener futuro. Estamos perdidos en medio del océano mientras aún no ha remitido la tormenta, y no sabemos donde vamos: no vemos ni la costa de día, ni faros en la noche oscura. Pero hay algo hermoso en el vértigo que supone vivir el carpediem de Horacio. Disfrutar del momento y no preocuparnos demasiado por lo que vendrá después porque nadie sabe nada; no sabemos qué será de nosotros ni del mundo, no dentro de un año sino en setiembre. Sigo pensando que el virus nos dejará cuando él quiera, no cuando nosotros queramos. La gran paradoja es ésta: un patógeno anda suelto y la humanidad tecnológica y soberbia es incapaz de controlarlo; la peste en tiempos modernos. Se irá como llegó, sin avisar. Los virus se parecen mucho a nosotros: nacen, se reproducen y mueren. Simples organismos son.

Mientras, el mundo va avanzando o mejor mutando, lentamente, como siempre. Sueño en volver al ayer y me equivoco. El ayer no volverá. Es la sombra de un recuerdo tan lejano como feliz: nostalgia. Refugiémonos en la cultura como salvavidas, en los libros que todo lo contienen, en la música como camino a la emoción, en el arte para comprender mundos perdidos.

Este es mi último articulo en el Mirador de les Arts. De momento. Sé que aquí está mi casa y Ricard Mas siempre me deja la puerta abierta. Ha sido un gusto escribir para un amigo, para ustedes. ¡Feliz verano (no es ironía) y mucha suerte (que la necesitaremos)!