Dicen que comenzamos a ver la luz al final del túnel. La plaga bíblica se va diluyendo por la simple razón que el tiempo lo acaba curando todo. El día más inesperado el patógeno que ha hecho temblar los cimientos del plantea global desaparecerá y no sabremos cómo ni porqué.

De la misma manera, en agosto de 1920 la gripe española se volatizó después de matar a cuarenta millones de personas y aún nadie sabe cómo ocurrió.

Hannibal Lecter (Anthony Hopkins), en The Silence of the Lambs, 1991.

No creo que haya un mundo antes y después de la pandemia simplemente está actuará como motor del cambio, acelerará procesos que ya se estaban gestando. Tampoco creo que salgamos mejores, ni que aprendamos lecciones de vida, el hombre es desmemoriado y frágil y acaba cayendo mil veces en la misma piedra. En la gestión política ha faltado eficacia, rigor, previsión y ha sobrado confusión, retórica y sensiblería. Mientras Sánchez hacía sus monólogos vacuos a lo Fidel Castro, frau Merkel en cuatro minutos de comparecencia resumía lo que pasaba tratando a sus conciudadanos como lo que son, adultos responsables. La Reina de Inglaterra también demostró lo que debe representar una Monarquía moderna en una locución sobria y tierna que no sólo dignifica la Institución, sino que la pone a otro nivel de sus colegas europeos, nuestro Rey entre otros.

Nunca antes se había experimentado parar el mundo a la vez. Dejar la económica en coma inducido y recluir todo el planeta. Si no fuese por la muerte y el dolor que ha causado el patógeno, este experimento antropológico es fascinante. Desde el primer momento me sorprendió la facilidad con la que acatamos las órdenes y lo poco que cuestionamos el debate entre seguridad y libertad, entre protección y libre circulación. La respuesta es tan ancestral como obvia y la viví en primera persona: el miedo es el peor virus que atenaza al hombre.

Si la crisis del 2008 puso de relieve que el economista es alguien incapaz de hacer ninguna previsión fiable y muy hábil en contar las cosas a toro pasado, la crisis del 2020 ha hecho de cualquier tonto un virólogo de primerísima. No sabía que teníamos tantos epidemiólogos entre nosotros y me ha sorprendido darme cuenta de estos geniecillos dominicales que dominan las estadísticas y debaten como doctores de la Iglesia y se reproducen como setas en un país donde nadie sabe nada.

“Los ojos que vemos recortados ya no son los espejos del alma, sino los faros de la angustia”.

Son ellos los que nos advierten qué tipo de mascarilla debemos usar. La Epi, FFP1, FFP2 o FFP3. Como soy de letras pensaba que me hablaban de cursos de primaria y no del bozal obligatorio con el que debemos salir a la calle, convirtiendo nuestra ciudades en el plató de The Walking Dead. La nueva normalidad (que frase más fea) nos ha robotizado, saludamos a la japonesa, sin tocarnos, sin abrazos. Nuestro contacto físico, cuando lo hay, es a codazos y los ojos que vemos recortados ya no son los espejos del alma, sino los faros de la angustia. La mascarilla nos animaliza y voy por la calle pensando que tipo de ave sería cada transeúnte con el que me cruzo. El otro día en la panadería uno se giró y me asusté, parecía estar delante de parecen Hannibal Lecter. De repente, pensé en la pobre Jodie Foster y en sus ojos azules de cordero. La primera que salí a cenar no sabía si la camarera, con su mascarilla personalizada como un jugador de fútbol, me servía el vino o me buscaba la vía para inyectarme la anestesia. Pronto irás a una reunión e imaginarás cómo es la cara de aquella mujer –también hombre, por supuesto–, que por sus ojos parece bella/bello y cuando se saque la mascarilla una boca necesitada de ortodoncia frustrará la utopía: solemos confundir el deseo con la realidad.

Comienzo hoy una serie en la que escribiré sin mascarilla, es decir, sin filtros. Contaré lo que pienso y no tendré que limitarme a lo políticamente correcto porqué estas columnas virtuales vienen sin hipotecas. Agradezco a Ricard Mas su apoyo y entusiasmo, no hay nada como escribir para los que creen en ti. De mi primera colaboración surgió un libro, de estas ya veremos. No podemos hacer demasiados planes a medio plazo. Habrá que volver al carpe diem de Horacio, no mi amigo enmarcador sino el poeta de Venusia.