CosmoCaixa hace una propuesta, que de entrada puede sorprender, una exposición donde se anuncia una relación entre la famosa obra de Hergé “Objetivo: la Luna” de 1950 y el viaje del Apolo 11 en 1969.

Una vez vista la exposición, algunos seguirán considerando la propuesta extraña, ya que lamentablemente no se ha hecho demasiado esfuerzo expositivo para explicar cómo se relacionan ambas cosas.

Aterrizaje en la Luna, página 22. © Hergé-Moulinsart 2018.

La muestra, de dimensiones reducidas, se anuncia como Tintín y la Luna. Cincuenta años de la primera expedición tripulada. Todo hace suponer que hay un hilo de conexión entre el cómic del belga y la misión norteamericana. En realidad son dos pequeñas exposiciones que hablan de cosas diferentes. Una sobre el viaje espacial y la otra sobre el método de trabajo de Hergé.

La parte más interesante es la del viaje lunar. La documentación y los audiovisuales son interesantes, da detalles de las diferentes expediciones que hicieron posible el alunizaje y se muestran algunas piezas originales de la astronáutica de la época. Sólo este tema merecería una exposición de mucha más dimensión y ambición donde se abordaran la infinidad de aspectos que desde un museo de la ciencia se pueden divulgar. Podríamos estudiar desde el combustible o la complejidad tecnológica de los equipos de filmación hasta las teorías de la conspiranoia que niegan el viaje, aunque fuera para refutarlas.

La sección de Tintín, sinceramente, se queda muy corta, sin ningún material original y limitándose a hablar de lo que se puede ver en algunos libros sobre Hergé. Los tintinófilos, creo que se sentirán decepcionados. Aún así, la visita tiene curiosidades, como el traje atmosférico desarrollado por el ingeniero Emilio Herrera en 1936, que bien valen una escapada hasta el Cosmocaixa.

Dicho esto, yo sí creo que hay conexión entre la ficción de Hergé y el relato que se nos ha hecho del alunizaje de Armstrong.

Tripulación del Apolo 11: Armstrong, Neil-A., comandante; Collins, Michael, piloto; Aldrin “Buzz”, Edwin E., piloto del módulo lunar.

Por un lado, está el papel de la ficción en los avances tecnológicos. Los únicos futuros posibles son aquellos que alguien ha imaginado antes. Cuando Julio Verne ficcionaba el futuro, estaba, de alguna forma, ayudando a que se produjera. Cuando novelistas, cineastas o dibujantes de comics imaginan un futuro, por muy improbable que sea en ese momento, se abre una ventana a que ese futuro sea posible. Porque el futuro ya no es algo que deciden “otros”. El futuro es, cada vez más, aquello que entre todos imaginamos y más tarde algunos construyen.

El diseño especulativo, que es aquel que mira hacia adelante, al margen de que aquello que se proyecta sea o no posible en ese momento, analiza a menudo la ficción del cine, la novela, el comic o la animación, para encontrar fuentes de inspiración. Y es un campo tan sugerente, que uno intuye al leer el título, todo un universo de cruces de influencias, y retroalimentaciones entre la ficción y la ciencia.

Vista de la exposición.

La otra relación es la necesidad, tanto para Hergé como para la NASA, de crear un relato. No entraré en disquisiciones sobre la posible falsedad del viaje del Apolo 11, no tengo nueva información que no esté ya colgada en centenares de webs sobre el tema.

Pero lo que sí es cierto, es que EE. UU. necesitaba un relato, para contrarrestar el poderío exhibido en los años anteriores por la URSS, en la carrera espacial. Pisar la luna, es ante todo, un cuento, una historia, un relato de éxito, poderío tecnológico, audacia y heroísmo. Tiene todos los elementos para ser leído como una narración épica sobre la grandeza de los EEUU. Ese era el objetivo principal. Bajo esta lectura, poco importa si fueron o no a la Luna. Lo importante es cómo explicaron que fueron y toda la narratividad emotiva que envuelve a la misión. Prueba de ello, es que la tecnología más avanzada fue justamente la que permitió la retransmisión del “pequeño paso para Armstrong y el gran paso para la humanidad”. Los elementos literarios que coexisten en los cómics donde Tintín pisa la luna y en la “gesta” de los astronautas norteamericanos, son evidentes. Así como Hergé construía sus storyboards antes de ponerse a dibujar, alguien creó el storyboard del viaje lunar.

La narración era tan importante o más que la verdad.

En 1959, diez años antes, la URSS y EEUU se retaron a una exposición cruzada sobre sus respectivos países. En realidad, era un intento mutuo de convencer sobre sus sistemas políticos. Los soviéticos expusieron en Nueva York su poderío espacial, su tecnología nuclear y su realismo heroico. Los americanos, encargaron a Billy Wilder un relato y este creó las condiciones para que Nixon y Kruschev tuvieran el famoso “debate de la cocina” donde ambos evidenciaron las diferencias entre capitalismo y comunismo. Al margen de lo que se dijo, que también estaba pautado, al menos por la parte de Nixon, Wilder introdujo elementos subconscientes como que Nixon siempre aparece en la derecha de las imágenes. Desde el teatro Griego, los personajes “buenos” aparecen en la derecha de la escena y los “malos” en la izquierda.

Pues bien, algunos dicen que el propio Wilder u otro cineasta, incluso Kubrick, fueron asesores de la NASA para crear el relato del viaje lunar. Sea o no cierto, lo que sí parece evidente es que la narración era tan importante o más que la verdad.

Nixon y Kruschev, 1959.

Puestos a rememorar narrativas ocultas, a mí me fascina la de la otra frase que Armstrong pronunció antes de volver a la nave espacial: “Buena Suerte Señor Gorsky”. Durante muchos años nadie supo que significaba. Hace unos años en una entrevista al astronauta, un periodista le recordó la frase. Neil Armstrong que siempre se había negado a contestar, por fin lo hizo, pues parece que los implicados habían fallecido. Neil Armstrong, con 10 años, estaba jugando con sus amigos por la calle de su barrio. Jugaban a baseball, corrían, bateaban, y en un golpe mal dirigido de Armstrong la bola fue al jardín de su vecino, el del señor Gorsky. Armstrong entró en su jardín sin hacer ruido, ya se les había caído la bola otras veces e incluso habían roto algún cristal y  mientras cogía la bola escuchó a la mujer del señor Gorsky gritar escandalizada.

-¿Sexo oral? ¿Sexo oral? ¡Sexo Oral, lo tendrás cuando el hijo del vecino pise la luna!

Todo esto y mucho más me sugirió la propuesta de exposición del Cosmocaixa, porque como en la expedición del 1969, el relato evocativo del título sobrepasa con creces la configuración final de la realidad.