En CaixaForum Barcelona acaban de inaugurar una exposición de título engañoso: Toulouse-Lautrec y el espíritu de Montmartre. Uno puede imaginar un montón de óleos del enano de Albi, y algún cartel. Y no; de las 345 variadísimas piezas de la exposición –grabados, carteles, ilustraciones de libros y prensa, dibujos y, por supuesto, pintura- sólo 61 son de la mano de Toulouse-Lautrec, incluyendo seis óleos y un dibujo.

Pero no hay que desanimarse. La exposición es magnífica. Y nos relata un breve periodo –los últimos veinte años del siglo XIX– en un reducido espacio, el barrio de Montmartre, dónde tuvo lugar una de las revoluciones más importantes de la historia de la cultura.

Jules Grün, La chanson à Montmartre, 1900. Prueba litográfica para cubierta. © Colección particular.

Entre Gutenberg y la www hay un eslabón fundamental: el desarrollo de la cromolitografía y la aparición del fotograbado. Todo esto, claro, en medio de la segunda fase de la revolución industrial, con líneas de ferrocarril que conectaban las principales ciudades de Europa -de Barcelona a París, ¡en 24 horas! -, y con una nueva clase social -el proletariado- amontonado en gigantescas metrópolis.

Todo cambiaba a una velocidad jamás experimentada. Aparecen las marcas -antes los productos se vendían al por mayor, sin un envase ni publicidad-, y el ocio. Las ciudades están alumbradas mediante el gas, y permiten vida nocturna. Y se dotan de un sistema de alcantarillado y de agua corriente que las libra de epidemias.

Georges Tiret-Bognet (1855-1935), Caricatura de Rodolphe Salis en Le Chat Noir, c. 1890. Colección de Phillip Dennis e Isabelle Cate. © Collection of Phillip Dennis and Isabelle Cate.

Es en este marco que un grupo de artistas comienzan a reunirse en torno a un cabaré de Montmartre, Le Chat Noir. Gente como el grupo Les Arts incohérents, precursores de los dadaístas, que practicaban un humor absurdo y anti burgués que calificaban como fumiste.

En el Chat Noir Henri Rivière montó un sofisticado teatro de sombras con elaboradísimas producciones que incluían equipos de hasta doce mecánicos, guionistas, cantantes, músicos…

Henri de Toulouse- Lautrec (1864-1901), Moulin Rouge, la Goulue, 1891. Litografía. © Colección particular, cortesía de Galerie Documents, Paris.

Los bailes y cafés concierto tenían capacidad para entre 500 y 1500 espectadores. El Bal Bullier atraía estudiantes, el Moulin de la Galette –pintado por Casas y Rusiñol– era frecuentado por la clase trabajadora más pobre. Cada baile costaba 80 céntimos por pareja. El Moulin Rouge era para ricos, y la entrada costaba entre dos y tres francos. Ahí se bailaba el famoso cancán o chahut.

Precisamente, cuando el padre del cartelismo considerado una de las bellas artes, Jules Chéret, diseña el cartel para el recién inaugurado Moulin Rouge, en 1889, ¡ya rondaba millar de afiches! En 1891 le llega el turno a Toulouse-Lautrec: su cartel para el Moulin Rouge tiene tanto éxito que decide abandonar el sistema académico y el mercado artístico convencional.

Imagínense a un artista que, hasta entonces, estaba exclusivamente ligado a la venta de cuadros, dependiendo del galerista. Sus obras colgaban en el interior de las casas de los burgueses. Por el contrario, con los carteles, su obra podía ser apreciada por todos, y era una buena fuente de ingresos. Además, con las nuevas tecnologías de reproducción, el dibujo pasaba de ser un simple procedimiento preparatorio a obra autónoma por sí misma. Y las soluciones tridimensionales, el naturalismo o los colores retinianos, obsoletos a favor de la bidimensionalidad, el trazo esquemático y una reducida paleta de colores que se debía a las limitaciones de la técnica o a la coherencia de la composición.

Jules Chéret (1836-1933), Exposition Universelle des Arts Incohérents, 1889, cartel. Litografía. © Colección particular / Foto: Elsevier Stokmans Fotografie.

La nueva ley de prensa de 1881 daba mucho margen a la libertad de expresión. Y las técnicas de fotograbado permitían reproducir dibujos satíricos. Revistas como Le Rire, La Vie Parisienne o Gil Blas Illustré eran devoradas en Barcelona.

Cuando Picasso y tantos otros artistas catalanes viajan París, llegan influidos por el estilo Toulouse-Lautrec, Steinlen, Adolphe Léon Willette y muchos otros dibujantes de revistas francesas. El arte viaja y se propaga sin freno: en el Museo Picasso de Barcelona se conserva un papel donde el malagueño imita numerosas veces la firma de Steinlen… ¿admiración o falsificación?

Asimismo, en Montmartre aparecen iniciativas como La Revue Blanche, L’ Estampe originale –de André Marty– o el taller de aguafuerte de Eugène Delâtre, que promueven la obra impresa de tirada limitada. En este curioso juego de contrapesos, acababa de nacer la obra gráfica.

Si vais al CaixaForum y encontráis que hay mucho más papel impreso que pintura, no frunzáis el ceño. Pensad que estos papeles modestos, de mala calidad, son testigos privilegiados de una revolución que tuvo lugar en un espacio muy reducido, en una época muy parecida a la nuestra.

Toulouse-Lautrec y el espíritu de Montmartre se puede visitar en CaixaForum Barcelona hasta el 20 de enero de 2019.