Dalí es la bomba. Inventó los relojes blandos, el método paranoico-crítico, el museo como teatro de la experiencia y, aún después de muerto, la exposición en dos actos.

Si a finales de noviembre pasado la Fundación Gala-Salvador Dalí inauguraba en el Teatro-Museo de Figueres la exposición Dalí-Rafael. Una prolongada ensoñación, después de Reyes hizo media parte -como en las funciones de ópera o los partidos de fútbol- y ahora vuelve sustituyendo un Rafael del Museo del Prado, la Virgen de la Rosa (c. 1517) por un Dalí: Sin título. La basílica de San Pedro. Explosión de fe mística en el centro de una catedral (1.959-1.974).

Esta insólita «explosión de fe» hará compañía a la otra obra de la exposición, La ascensión de Santa Cecilia (c. 1955), inspirada en una Santa Catalina de Rafael … Para acabar de complicarlo, las dos obras de Dalí ahora presentes tienen en común la iconografía de esta Santa Catalina rafaelesca travestida. Esto sí que es desnudar una santa para vestir a otra.

Un detalle curioso: esta Explosión -permitidme abreviarle el nombre- formaba parte de una instalación, el altar del Cristo twisteado, que el público del Teatro-Museo de Figueres sólo podía vislumbrar a través de su reflejo en un espejo.

Por alguna razón eso debía ser así. No imagino a Dalí escondiendo de este modo su Cesta de pan, o la Leda atómica.

En la exposición se aportan documentos interesantes sobre esta pieza, como imágenes de un estudio preparatorio para la obra con una lámina plástica superpuesta, que nos revela cómo trabajaba Dalí -y los grandes maestros clásicos-.

Más allá, sin embargo, de la admiración por Rafael -yo hubiera escogido la obra estereoscópica Según La «escuela de Atenas» y «El incendio del Borgo» de Rafael (c. 1979)–, hay dos temas que no se abordan en la exposición y que me parecen muy interesantes.

Por un lado, Dalí empleó este mismo interior para pintar una obra gigantesca, El Concilio Ecuménico (c. 1960), que se conserva en The Dalí Museum de St. Petersburg (Florida). Y, no hay que dudarlo, se trata de un fondo que debía ejecutar, siguiendo las indicaciones del maestro, el escenógrafo Isidor Beà (Torres de Segre, 1910-Barcelona, 1996). Beà trabajó con Dalí entre 1951 y 1982, y será interesante el día que se aborde el papel de este asistente en la obra de genio ampurdanés. Bien tenía Rafael taller y asistentes y nadie se escandaliza por ello.

El misticismo de Dalí es un fenómeno puramente visual

Por otra parte, cuando Dalí comienza Explosión está obsesionado con… las explosiones. Los atentados anarquistas en la Barcelona del cambio de siglo -especialmente la bomba del Liceo (1893)- están presentes en la memoria oral de la familia. La bomba atómica también afectó al pintor. En el atolón de Bikini estallaron veinte bombas nucleares, entre 1946 y 1958.

Y en 1959 Dalí diseña las cubiertas de un gigantesco libro del Apocalipsis haciendo estallar una bomba cargada de clavos -que emulaba el modelo «Orsini» empleado en el atentado del Liceo- sobre una plancha de bronce.

La etapa mística y atómica de Dalí había comenzado con la explosión de Hiroshima y un retorno a la fe católica, y se cerraba con serie de pequeñas explosiones controladas. El misticismo de Dalí, como el erotismo, es un fenómeno más visual que no espiritual.

La exposición Dalí-Rafael. Una prolongada ensoñación se puede visitar en el Teatro-Museo Dalí de Figueres durante todo el año 2019.