Nora Ancarola presenta en La Virreina un proyecto sobre la evolución del concepto de vigilancia; desde el panóptico de Jeremy Bentham hasta la mirada cruzada y horizontal de los dispositivos digitales contemporáneos, y su relación con la poblaciones migrantes y exiliadas.

En el catálogo de la exposición Panóptico_Frontera 601 de Nora Ancarola (Buenos Aires, 1955) aparece la foto de la artista saliendo en 1977 del aeropuerto de Ezeiza rumbo a España. Dejaba una tierra que, tras el golpe militar de 1976, estaba empezando a vivir sus años más terribles bajo una dictadura feroz y desalmada, que dejó un reguero de muerte y dolor cuyas repercusiones emotivas seguirán durante décadas.

Nora Ancarola, Caseta dels Alemanys. Panorámica, 2018.

En la imagen en blanco y negro se la ve confiada, sonriendo a uno de los fotógrafos que inmortalizaban los que se iban para que sus familias vieran que habían pasado la frontera y no los habían “desaparecido”. “Los jóvenes éramos peligrosos solo por ser jóvenes”, recuerda. Pese a su sonrisa, imagino que tendría el corazón en un puño, el mismo puño que le atenazaría la garganta y que ahora protagoniza la obra en la entrada de la Sala Miserachs de La Virreina. En ella el puño de plomo se abre en una mano de plata, así como en el interior de la sala se despliega una instalación abierta a múltiples interpretaciones y formada por diferentes capas, llenas de detalles y referencias.

Nora Ancarola, No puedo abrir el puño. Monotipo y pieza de plomo, 2019.

Pese al espacio reducido, la instalación suscita infinitas reflexiones. “El visitante tendrá la experiencia que quiera tener”, afirma Ancarola, que en la primera parte esboza un paisaje con frases escuetas, pero de gran poder evocador: “no puedo abrir el puño”, “no sabe nadar”, “tiene frío”, “imposible regresar”… Son frases sueltas extraídas del relato de dos adolescentes subsaharianos sobre su llegada en patera, que materializan el desasosiego y conducen al visitante hacia un espejo de vigilancia, de los que vemos en las series televisivas americanas, bajo el cual se puede leer la afirmación de Walter Benjamin: “La tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción es la regla”.

Nora Ancarola, Vídeo de la instalación Las maletas kafkianas. Fotograma, 2018.

Si el visitante dedica a este espacio el tiempo suficiente, una cámara atrapará su rostro y tras extrapolarlo del contexto, lo introducirá en el panóptico que le espera en la segunda parte de la instalación. Allí se aprecia el entorno desde la perspectiva de la Caseta de los Alemanes, construida por la Gestapo en la frontera entre España y Francia, en un punto estratégico de Port Bou donde Walter Benjamin se suicidó, antes de ser deportado a Francia por los franquistas.

Aunque la naturaleza le otorgue la visión de un mirador, la Caseta seguirá siendo un sitio escalofriante, concebido para espiar y reprimir, para ver sin ser visto.

Pese a las infaustas memorias y las imágenes en blanco y negro, se percibe la hermosura del entorno y la poderosa belleza del Mediterráneo, surcado por los cadáveres de migrantes que pesarán en la conciencia de todo europeo. Aunque la naturaleza le otorgue la visión de un mirador, la Caseta seguirá siendo un sitio escalofriante, concebido para espiar y reprimir, para ver sin ser visto.

Nora Ancarola, Panóptico, 2018. Foto @ArteEdadSilicio.

Los visitantes atrapados por la cámara aparecen como fantasmas entre las brumas, una sensación reforzada por los sonidos que les envuelven: el latido de un corazón, agua fluyendo y conversaciones de frontera. No todos se descubren en el dispositivo, si tienes mucha prisa no apareces, pero también hay quien se identifica y se hace una selfie por duplicado. Ancarola toma como punto de partida la arqueología de los dispositivos disciplinarios desarrollada por Michel Foucault, para poner de manifiesto la transformación desde el panóptico de Bentham hasta nuestra sociedad hipercomunicada, y cómplice de la vigilancia ilimitada por su necesidad de exhibicionismo y voyerismo. Y ello pese a la inicial paranoia de los años 90 y al terrorismo psicológico actual de algunos expertos en la fenomenología de la sociedad digital.

Nora Ancarola ante el Panóptico. Foto @ArteEdadSilicio 2019.

El tema de la militarización de los confines, del blindaje de las fronteras y la persecución de quienes intentan atravesarlas fuera de unos marcos legales, clasistas, racistas y excluyentes, enlaza directamente el proyecto Panóptico_Frontera para La Virreina –comisariado por Valentín Roma–, abierto hasta el 20 de octubre, con la exposición Tiempos de Plomo y Plata. Derivas obligadas, comisariada por Joan Maria Minguet Batllori, que se puede ver en el Centro de Arte Maristany de San Cugat del Vallés, hasta el sábado 27 de julio. Ambas muestras, junto con unas obras sonoras creadas exprofeso por José Manuel Berenguer, se presentarán más adelante en Buenos Aires en el Hotel de Inmigrantes, un espacio especialmente vinculado con el proyecto, que refuerza aun más la denuncia de los abusos de poder y la reivindicación del derecho a los desplazamientos territoriales para que, parafraseando a Benjamin, los poderosos dejen de convertir las fronteras en un verdadero estado de excepción migratorio.