La vida y la muerte; el día y la noche; la oscuridad y la luz; la tierra y el cielo. Son dualidades que siempre interesaron a Jordi Fulla a lo largo de su carrera, una de las más coherentes de los artistas catalanes de su generación.

La obra de Jordi Fulla rezuma austeridad, virtuosismo y un alto sentido poético y meditativo que se demostró ampliamente en el proyecto itinerante Llindars en el punt immòbil del món que gira, que ahora ha culminado en la exposición Llindar i celístia en el museo Can Framis de la Fundación Vila Casas.

Jordi Fulla, La pell de l’amnèsia, 2014.

En la hoja de la sala de la muestra se lee la frase: “Somos demasiado poco para comprender el universo desde el exterior”. Es una cita del mismo artista, que ahora resulta especialmente emotiva tras su muerte repentina el pasado 16 de abril, con sólo 51 años. Fulla tenía claro que nunca podríamos comprender el universo desde nuestra posición como humanos y se había dedicado a explorar este misterio desde su compromiso con el arte.

Jordi Fulla, I et seguiré tot d’una, 2017-2018.

El paseo por la magnífica y desgraciadamente póstuma exposición de Jordi Fulla en Can Framis es silencioso. No puede ser de otra manera. El artista ya nos invitaba al silencio cuando pintaba esferas y piedras flotando en el cielo. El tema recurrente de la muestra son las cabañas de piedra seca, un tipo de arquitectura rural, que fascinaba especialmente al artista. Fulla pinta estas construcciones con su especial técnica fronteriza con la fotografía, pero más que hiperrealista la pintura de Fulla resulta más bien onírica.

Jordi Fulla, L’habitació del gra, 2019.

Las piedras de las cabañas hacen de abrigo y refugio pero los agujeros de las entradas son el camino hacia el cielo. La mirada desde dentro de la cabaña vuelve a buscar el misterio de la vida. Fulla traspasa el umbral de la bidimensionalidad pictórica y construye volúmenes a partir de la forma de las siluetas de las entradas. Esculturas como megalitos reflejadas ante la pintura y en el suelo.

Un mandala rural y monocromo, bello arte participativo.

En la instalación La habitación del grano, Jordi Fulla ha ido más allá todavía y ha instalado en el suelo de la sala, 179 líneas hechas con granos de cebada, que meditativamente ayudaron a colocar varios amigos del artista antes de la inauguración de la exposición. Un mandala rural y monocromo, bello arte participativo, custodiado por un impresionante tríptico de pinturas de umbrales desde el interior del refugio, sin duda el punto álgido de la exposición. Ante la pintura La piel de la amnesia (2014), en cambio, el suelo aparece lleno de rocas de la Sagarra, como si las piedras hubieran decidido bajar de la pintura para ocupar el museo.

Jordi Fulla, Llindar i celístia, 2018.

Desde el interior de esta exposición, Jordi Fulla nos va dirigiendo la mirada a través de sus umbrales y nos vuelve a invitar a intentar encontrar el sentido del universo. Se nos hace inexplicable e injusto, sin embargo, que él ya no esté en este lado terrenal. Quién sabe si ahora, Jordi Fulla, una vez ha traspasado el umbral hacia el universo, muy cerca de la claridad de las estrellas, sí ha podido comprender el sentido de todo.

La exposición de Jordi Fulla Llindar i Celístia, se puede visitar en el museo Can Framis, de Barcelona, hasta el 16 de junio.