Uri Geller irrumpió en mi vida en tres ocasiones. La primera, la noche del 6 de septiembre de 1975, cuando apareció en el programa de TVE Directísimo, conducido por José María Íñigo.

¿Quién no recuerda cómo aquel mago israelí nos invitaba a torcer cucharas y detener relojes con el poder de la mente? Él lo conseguía fácilmente, pero en mi casa seguimos las instrucciones y no se torció una sola cuchara. Tampoco detuvimos el reloj de la mesilla de noche.

Cuarenta años más tarde, haciendo investigación para mi libro Dalí i Barcelona, tropecé con un fragmento de las memorias de Amanda Lear, el/la célebre transexual que nunca ha admitido ser un/una transexual. En El Dalí de Amanda, nos explicaba cómo el pintor ampurdanés y el mistificador israelí habían coincidido en el hotel Ritz de Barcelona: «Dalí no se creía nada de eso, pero recibió a Geller, que delante suyo retorció algunos objetos metálicos. Su mirada penetrante de hipnotizador asustaba a Dalí, que no tenía ganas de convertirse en objeto de una experiencia parapsicológica. «Este patatuski es temible -me confesó-. Me aterroriza su mirada».

Efectivamente, en La Vanguardia del 10 de septiembre de 1975 podemos leer la convocatoria para el día siguiente, en El Corte Inglés de Plaza Cataluña, en un acto en el que «el fenómeno paracientífico más extraordinario de todos los tiempos» debía firmar ejemplares de su libro Mi fantástica vida.

Al descubrir aquella pista, busqué a Uri Geller en internet, y tropecé con su web https://www.urigeller.com. Fui al formulario de contacto y envié un mensaje. A los pocos segundos, me llegó la respuesta: «llámeme mañana al mediodía a este número…».

«Please, please, teach me this!»

Al día siguiente llamé y me respondió Uri Geller en persona. Entonces vivía en Londres. Me explicó que Dalí, en su suite del Ritz, había intentado torcer la cuchara pero que no lo logró, y que le suplicaba: «Please, please, teach me this!».

No olvidemos que Dalí había pintado la primera cuchara torcida de la historia del arte en 1932, en el óleo Symbole agnostique.

Uri Geller y su Cadillac.

Geller le dijo a Dalí que él también pintaba, desde que era pequeño. «Más adelante -me confiesa- mi obra evolucionó, muy influida por la de Dalí».

«En Nueva York coincidimos muchas veces -prosiguió Geller-. En una ocasión, encerrado en el baño del hotel St. Regis, Dalí trazó un caballo y desde fuera yo dibujé uno idéntico. Y me regaló una esfera de cristal, que he puesto como adorno de capó en mi Cadillac forrado con tres mil cucharas torcidas. Me dijo que aquella esfera había pertenecido a Leonardo da Vinci».

Leonardo da Vinci, Salvator Mundi, c. 1500. Louvre Abu Dhabi.

Última sorpresa. Por lo que me contó, su segundo apellido es Freud. Es descendiente de una prima del fundador del psicoanálisis. Uri Geller Freud! Si Dalí lo llega a saber …

Dos años después, Uri Geller me volvió a contactar. Se acababa de subastar una obra de Leonardo da Vinci, Salvator Mundi, por 450 millones de dólares -el precio más caro jamás pagado por una obra de arte-. Geller me explicó que la esfera de cristal que sostiene Jesús en el cuadro era la misma que Dalí le había regalado.

Al despedirnos, Uri Geller me hizo una extraña pregunta: «Are you happy, Richard?»

«Yes», mentí. Si los relojes se detienen y las cucharas se tuercen con el simple poder de la mente, ¿por qué no podía yo ser feliz, también?