El caso de Valls es tan insólito que roza el poltersgeist. La capital del Alt Camp tiene 24.000 habitantes. Y su museo, 2.000 obras de arte.

¿Cuál es el secreto del Museo de Valls? ¿Un grupo de mecenas? ¿Un ayuntamiento millonario que no repara en gasto cultural? ¿Patrocinadores? No. Se trata, por un lado, de persistencia, de no bajar nunca la guardia, de llegar por otras vías –básicamente, las relaciones humanas– donde no llega el dinero. Y, por otro lado, de no estirar más el brazo que la manga, de administrar extraordinariamente bien los escasos recursos, de evitar el dicho que reza «pan para hoy, hambre para mañana».

Joan Brotat, El carrito de flores, 1953.

Y todo ello, sin olvidar el factor humano. En este caso, limitado a la persona de Jordi París. París ingresó en el Museo en 1987, antes de que la pinacoteca abriera al público, en 1993, en el edificio de la Casa de Cultura. Y todavía es el único responsable, director, conservador, comisario… u hombre orquesta.

Jaume Mercadé, Cases de Valls, 1918.

El Museo de Valls se ha nutrido de generosas donaciones, como las del doctor Joan Estil·las, el empresario Francesc Rodon o el historiador del arte Daniel Giralt-Miracle. Este último, acaba de completar la donación de un fondo de 512 obras, 300 de las cuales obra gráfica.

Carles Collet, Guerrer, 1925.

Sí, se trata de un museo modesto, que ocupa la segunda y la tercera planta de la Casa de Cultura. No hay lujos, ni oropel museográfico, la iluminación pide una puesta al día, y de su web mejor no hablar… Pero su colección es un magnífico resumen del arte catalán –y vallense– de entre finales del siglo XIX y hoy día.

Joan Ponç, Blues, 1951.

Yo mismo recuerdo, a finales de los años noventa, a Jordi París adquiriendo en la subasta de Soler y Llach –donde yo dirigía el departamento bibliográfico– una tinta de Joan Ponç –Blues, portada de la revista Dau al Set– por tan sólo 1.500 euros. París estudia el mercado, calcula sus escasos recursos, tiene en cuenta las carencias de las colecciones del museo, y si todos los elementos son favorables, lleva a cabo la adquisición. La mayoría de las obras adquiridas estos últimos veinte años no supera la cifra de este Ponç, algo que dice mucho de las habilidades de Jordi París, pero también sobre el estado del mercado del arte catalán.

Domingo Soler Gili, Vista del carrer Gran de Gràcia.

Actualmente, podemos visitar la exposición «Obra de la colección. Las adquisiciones del Museo de Valls» abierta hasta el 26 de agosto. A finales de octubre se inaugurará la itinerancia de la exposición «Realismo(s) en Cataluña (1917 a 1936). Del Picasso clásico al Dalí surrealista», procedente del Museo Maricel de Sitges. Con motivo de esta o de cualquier otra exposición, siempre vale la pena una visita al Museo de Valls.

Francesc Galofré Oller, Nens jugant, c. 1900.

«Obras de la colección. Las adquisiciones del Museo de Valls»ocupa todo el espacio expositivo del museo. Está dividida, básicamente, en siete apartados: arranca con un preámbulo con obras vallenses anteriores al siglo XIX y pasa a la generación local del siglo XIX: Bonaventura Casas, Francesc Guasch Homs y Galofré Oller. De Galofré Oller, precisamente, hay dos óleos con elementos que el artista reutilizó en su famoso Bòria avall (1892) que, por otra parte, se conserva en el Museo.

Modest Urgell, Carrer II.

Hay una selección del mejor paisajismo catalán, de Martí i Alsina a Josep Obiols, pasando por el tarraconense Ignasi Mallol y por el vallense Jaume Mercadé. Mención especial merecen una Vista de la Calle Gran de Gracia, de Domingo Soler Gili, y dos pequeños, deliciosos, gouaches de Modest Urgell.

Joan Navarro, Jove regant una planta.

La década de los años veinte y treinta del siglo pasado constituyen una gloriosa galería de retratos, de Antoni Vila Arrufat, Marià Pidelasserra, Josep de Togores, Pere Pruna, Francesc Domingo, Josep Obiols, Manuel Humbert… Las vanguardias también tienen su cuota, en esta selección, con una escultura de Carles Collet –Guerrero, de 1915– y una increíble Composición cubista (c. 1916-1917) de Olga Sacharoff. Joven regando una planta, de Joan Navarro, es un buen ejemplo de ese retorno al orden que imperó al acabar de la I Guerra Mundial.

Olga Sacharoff, Composició cubista, c. 1916-1917.

Y ahora que se empieza a hacer justicia al arte de posguerra, la sección cronológica correspondiente del Museo de Valls saca pecho con obras de Joan Brotat como El carrito de flores (1952), Marc Aleu, Francesc Todó, Joan Vilacasas, Jordi Curós, Maria Girona y, por supuesto, Joan Ponç.

Francesc Artigau, La garita, 1973.

Una muestra de «oportunismo» del Museo de Valls se puede vislumbrar en la sección de fotografía: cuando Xarxa Cultural fue desmantelada y sus obras vendidas en subasta, París aprovechó para comprar a precios asequibles fotos de Pilar Aymerich, Leopoldo Pomés, Xavier Miserachs o Toni Catany. En otra ocasión, se adquirió obra de Pere Català Pic, que completa la colección de fotografías de Francesc Català Roca. Valls es un lugar clave, en la historia de la fotografía en Cataluña.

Perejaume, Migdia a Valls, 2009.

El recorrido concluye con las nuevas figuraciones de la década de 1970, y las generaciones de creadores surgidas con la postmodernidad: Francesc Artigau, Miquel Vilà, Gerard Sala y Serra de Rivera son seguidos de cerca por la ironía de Pep Duran Esteva, la nueva abstracción de Joaquim Chancho y Santi Moix, y las fotocomposiciones neodadá de Marcel Pey. En esta celebración no podía faltar, por partida doble, Perejaume. Su performática Migdia a Valls corona una muestra que es ejemplo de gestión acertada, buen hacer y amor incondicional al arte catalán.